Una cabaña en Atitlán – C22

atitlan volcanes Una cabaña en Atitlán   C22

Lo despertó una voz metálica que anunciaba el fin de los tiempos. Pensó que se trataba de una pesadilla. Pero no, una voz espantosa anunciaba que llovería fuego y piedras porque El Fin estaba cerca. Quiso ver de qué se trataba aquel relajo. Había dormido en el primer nivel. Le costó abrirse paso entre las personas dormidas o en el rudo proceso de despertar. El ambiente apestaba a humanidad y alcohol.

Sintió alivio cuando corrió la puerta de cristal y salió hacia la radiante mañana de domingo. Recién amanecía. En el jardín, abundaban las latas de cerveza, servilletas y bolsas de papalinas. Por supuesto que ninguno de quienes causaron dichos estragos lo ayudarían a limpiar.

En la pequeña bahía, divisó tres embarcaciones. En la proa de una de ellas, un hombre, el pastor Santos, hablaba por medio de un megáfono acerca del Apocalipsis, entremezclando palabras en su idioma nativo, el inglés y el español. Una hermosa joven indígena alzaba y sacudía una Biblia. Los feligreses entonaban himnos de alabanza con las manos en alto. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C21

lago atitlan balcon Una cabaña en Atitlán   C21

Mientras algunas parejas se quedaron en la playa en penumbra, la fiesta se reanudó en la cabaña. Las chicas entonaban a coro, como si tratara de un salmo religioso, una canción de Timbiriche. Se besaban entre ellas mientras se tomaban fotos. El alcohol comenzaba a hacer efecto. Marco se topó con Enrique en el balcón de madera, quien borracho, le hizo algunas observaciones sobre Atitlán que hubiera preferido no escuchar.

― Lo que hace falta es un plan de desarrollo turístico para convertir esta maravilla natural en otro Cancún. O sea, como Costa Rica, sólo que mejor, más organizado, menos pueblerino. Sí, traer un conglomerado de hoteles internacionales, un par de casinos y algunos centros nocturnos de prestigio, construir un aeropuerto cerca…

Enrique estaba inspirado. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C20

volcan toliman Una cabaña en Atitlán   C20

Antes del amanecer, se dirigió a la playa entre la penumbra y la niebla. Lo reconfortaba el olor a tierra húmeda, el rumor del apacible oleaje del lago de Atitlán. Trotaba como un animal, venado o jaguar. Se prometió escalar los volcanes cercanos, el San Pedro y el Tolimán, tan pronto como pudiera. Amanecía. La luz del sol inundaba la cuenca de Atitlán.

Regresó  satisfecho y vigorizado. Pasó a la cabaña a tomar un poco de agua y a comer un pan con lechuga, tomate, queso y un poco de aceite de oliva. Trabajó la tierra, cuidó del huerto, cortó la grama y atendió el jardín. A medio día, se dio un baño en el lago. Le pareció que estaba completamente solo en el mundo. No se escuchaba el menor ruido ni divisaba lancha alguna en el lago. Se acostó desnudo sobre su ropa, hasta que quedó seco.

Después se vistió y se dirigió a la cabaña. Almorzó una ensalada de lechuga, tomate, aguacate y cebolla y una pechuga de pollo asado. Se recostó para leer la “Vida en el campo y el horticultor autosuficiente” de John Seymour, pero se quedó dormido…  
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Una cabaña en Atitlán – C19

Llegaron al muelle de Santiago Atitlán. Cuando Marco estuvo en tierra, un niño indígena le ofreció una visita a Maximón. Marco había escuchado de San Simón, un muñeco de madera que visten con un traje oscuro y un sombrero de ala negra o con la vestimenta indígena de la localidad y un sombrero de palma. Dicen que se trata de una deidad ancestral, un ídolo híbrido, una expresión del sincretismo religioso, pero su culto siempre le pareció una farsa.

Sin embargo, nunca lo había visto. Por curiosidad, se dejó guiar por el niño, quien vestía una camisa tradicional, desabotonada, sobre con una playera desteñida que decía “I Love NY”, un pantalón tradicional y un par de tenis Nike, tan gastados que dejaban ver los dedos de sus pies. Portaba un walkman colgado a la cintura con sus respectivos audífonos. Otros niños se acercaban a los turistas a ofrecerles paseos.

Lo condujo a donde esperaban una docena de turistas y les anunció, en inglés, que lo siguieran. El niño indígena guiaba a esas personas cuyos rostros estaban cubiertos de bloqueador solar, que hablaban idiomas extranjeros y usaban una cámara al cuello. Marco sonrió cuando se percató del cambio de grupo: de los indígenas en la lancha a los extranjeros en las calles de Santiago Atitlán. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C18

santiago atitlan Una cabaña en Atitlán   C18

Marco llegó a San Pedro a media mañana del viernes. Jessica era una chica encantadora, la invitó a la cabaña y ella le prometió visitarlo.

Estacionó cerca del parque y caminó por el pueblo. Siguió la pendiente de las calles, dejándose llevar hacia el lago. Aumentaban los cafés y hospedajes para turistas, todos con nombres pintorescos, bohemios o extranjeros. En el muelle, un muchacho anunció que la lancha para Santiago Atitlán estaba por salir. No conocía ese pobaldo. “Por qué no”, se preguntó y se encaramó en “Ninfa”, una frágil embarcación llena de indígenas.

Conversaban en su propio idioma. Marco entendía algunas palabras, pero no se sentía extraño. A bordo de la lancha, se creía miembro de su mismo grupo, como alguien que compartía sus circunstancias y suerte. Cruzaban las mismas agitadas aguas, el mismo viento golpeaba sus rostros, tenían el mismo destino. No sabía cómo ellos lo veían a él, pero le importaba poco. Lo conocían tanto como él a ellos. Nadie podía negar aquella sensación de fraternidad que experimentaba en silencio. Su rostro irradió tranquilidad y una reposada alegría. Acaso eso percibieron quienes lo rodeaban, porque le sonreían de vuelta. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C17

roosevelt c17 Una cabaña en Atitlán   C17

Durante la sobremesa, su padre lo interrogó: qué buscaba, hacia dónde iba. Le preocupaba la decisión que tomó “a la ligera”. Deshacía el camino que transitaron los abuelos, quienes migraron del campo. Sus historias eran una suerte de épica doméstica, de quien llega “sin un centavo entre la bolsa” y, después de muchos sacrificios, amasaban una pequeña fortuna.

― No me explico cómo puedes estar renunciando a todo esto…

El reclamo de su padre trasladaba más consternación que regaño. Era un buen médico, un hombre honesto pero quien había sacrificado mucho y gozado poco, siempre atado a la clínica, al hospital, al sufrimiento ajeno. Su padre le pareció envejecido y confundido por la decisión que su hijo tomaba.

Marco le compartió su ilusión por vivir en contacto con la naturaleza. Se dio cuenta que no podría consolarlo con eso. Su padre había identificado que la felicidad radicaba en la estabilidad, la religión católica, el éxito profesional y la familia integrada. Pertenecía a otra época. Para calmarlo, le dijo: Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C16

calles guatemala c16 Una cabaña en Atitlán   C16

Durmió  poco. Se marchó aún de madrugada. Manejó medio dormido hasta la altura de Chupol. En una de las curvas, se sintió despertar. “Qué raro es todo esto”, pensó despabilándose. Se detuvo a la altura del kilómetro 90. Desayunó entretenido en la lectura de las noticias, que le parecieron de acontecimientos suscitados en otros países, en un tiempo remoto.

Tras leer la entrevista con uno de los quince candidatos presidenciales, un oportunista que prometía cambiar “la fisonomía del país”, Marco observó a las muchachas indígenas que trabajaban ahí, atendiendo las mesas y cuidando de la pequeña huerta del restaurante. Le gustó la sonrisa de la más joven de ellas. Qué linda y simpática era la fisonomía de aquella muchacha, vestida con su tradicional traje y sus zapatillas de plástico. De ninguna manera cambiarla; en todo caso, apreciarla.

Entró a la capital a eso de las diez de la mañana mientras escuchaba “Gotas frías”, esa canción de La Gran Calabaza que tanto le gustaba: Es diferente vivir entre la gente que ves, pero no sentís/ No es accidente, esconderse a veces duele, ya me ha pasado a mí. Leer más »

Una cabaña en Atitlán -C15

trafico losangeles c15 Una cabaña en Atitlán  C15

Dormitaba. Cuando se percató, una chica desnuda, ojos celestes, cabellera castaña clara, con un busto impresionante y un bronceado ejemplar lo observaba. Se sobresaltó. La chica tenía los brazos cruzados detrás de la espalda, la pierna derecha delante de la izquierda y mecía el cuerpo como una niña traviesa.

Hi!

Pensó que se trataba de una ensoñación.

― Hola.

― Ayer me diste curiosidad, casi nunca llegan extraños al grupo, y me quedé con las ganas de hablarte. Te vi aquí sentado y me dije a mí misma ¿por qué no? Y viene directo a presentarme – le comentó, en inglés. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C14

lago atitlan c14 Una cabaña en Atitlán   C14

Volvió, a eso de las nueve de la mañana, extenuado y hambriento. Nunca se imaginó que le sería tan difícil avanzar sobre la mansa superficie del lago. Remar parecía una cosa sencilla, pero no lo era. Después de amarrar el bote al muelle, se dio un chapuzón. El lago estaba frío, despertaba los sentidos. Al salir, echó un vistazo hacia el predio vecino pero ni seña de los nudistas. Los hubiera esperado, pero padecía un hambre bárbara, descomunal.

Al llegar a la cabaña, puso el disco de Café Tacuba (porque esa misma noche encontré un amor), para escuchar música mientras preparaba un desayuno generoso y suculento (eres lo que más quiero en este mundo eso eres): huevos revueltos en salsa de miltomate, plátanos fritos y frijoles volteados acompañados de café con leche. Qué más puedo decirte, /tal vez puedo mentirte sin razón. Comió frente al ventanal, contemplando el hermoso paisaje matutino de Atitlán. Eres el tiempo que comparto, eso eres./Lo que la gente promete cuando se quiere ./ Mi salvación, mi esperanza y mi fe. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C13

atitlan barca Una cabaña en Atitlán   C13

Se levantó sobresaltado, sudando. Tuvo una pesadilla. Afuera estaba oscuro. Pensó en la fogata, en unirse a la celebración pero no encontró el resplandor de la media noche. Se encaminó a la playa y no halló más que una pequeña embarcación solitaria. La desamarró, la abordó y remó con fuerza. Se adentró al Atitlán sumido en la neblina de la madrugada. Era como flotar suspendido en un sueño. Poco a poco llegaron las primeras.

Dejó de esforzarse y, debido a la niebla, no supo si la corriente lo llevaba o si permanecía en el mismo sitio. Se tendió en la barca. Parpadeó. Se quedó dormido. Despertó unos minutos, unos segundos, después. El ambiente se había despejado un poco pero no lo suficiente como para divisar las orillas del lago. Cerca, algunos indígenas, en pequeñas embarcaciones, se dedicaban a la pesca.

Escuchó un chapoloteo. Remó hacia aquel sonido. Seis ancianas y tres muchachas se encontraban metidas hasta la cintura en el agua. Acaso lavaban ropa, pero lo hacían sin quitarse el huipil o la falda. Una muchacha, de una larga cabellera negra sin trenzas, levantó la mirada: sus ojos eran negros, redondos, profundos y expresivos. Leer más »