Conjeturas del engaño (La muerte de Eduardo Torres)

Por: Eduardo Blandón
publicado en periódico impreso La Hora, diciembre de 2004.

ima eduardoblandon.miniatura Conjeturas del engaño (La muerte de Eduardo Torres)No soy especialmente admirador de las novelas negras, esas en donde hay asesinatos, trama, suspenso y largas investigaciones. No me gusta buscar culpables, encontrar pistas y formularme hipótesis. Pero la novela de Ronald Flores, aunque eso parece indicar el título, es diferente.

Es evidente que se busca saber quién mató a Eduardo Torres pero esto no es lo principal de la novela, sino el pretexto para construir un mundo humano, demasiado humano, con personajes caracterizados por la perversidad y miseria. Justo como el nuestro. Eduardo Torres, dice el autor, es un intelectual. Como intelectual desea la gloria, los premios y el reconocimiento.

Pero se frustra al no encontrarlos. Ronald desvela la falsedad de muchos intelectuales que dicen vivir de “amor al arte”, más allá del bien y del mal, y de quienes dicen no importarles el dinero. Falso, nos hace pensar Flores, en el fondo, los artistas e intelectuales, como todos, son ambiciosos, pero lo ocultan con mucha erapia casi repiténdose constantemente sus propias mentiras hasta creérselas.

El novelita retrata, asimismo, las penas del escritor quien después de escribir obras con algún reconocimiento, no pueden redactar ni media página. Ante semejante sequedad no hay sino maldiciones al cielo, inseguridad personal y pérdida del sentido de la propia vida. Porque, ¿qué queda más allá de lo que uno supuestamente pude hacer y no hace? ¿Qué ocurre después del desengaño? Sólo vergüenza y desprecio.

Y para el desprecio los amigos son unos especialistas. Como zopilotes, luego de la desgracia, los amigos acuden para burlarse y para concluir que en verdad no se era tan próspero o inteligente como uno parecía. “Al final, era un pinche mortal”, concluyen. Así, a la muerte de Torres, se reconoce que el hombre tenía más enemigos que amigos.

“Eduardo Torres (era un) conservador disfrazado de progresista”, sostiene uno de los personajes. Otro afirma que “era un poeta deplorable, un narrador pésimo, un crítico desatinado y una persona miserable”. Muy pocas dirán cosas mejores que éstas.

La típica vida silvestre y primitiva por la que tienen que sobrevivir los artistas. Un mundo de personajes muy inteligentes, creativos e interesantes, pero también antropófagos. Eduardo Torres también es el personaje que duda constantemente sobre su quehacer cotidiano. Se interroga si en verdad ha valido la pena hacer lo que hace.

Se pregunta si no habrá errado su profesión, si valía la pena ser escritor y profesor universitario. Torres es el hombre frente a la incertidumbre en la plenitud de los días, cuando se mira hacia atrás y ve que su vida, en resumidas cuentas, es miserable (al menos económicamente hablando). También hay crisis cuando no se alcanza lo apetecido.

Cuando se mira alrededor a invididuos más talentosos. Cuando se miran jóvenes exitosos, con glorias tempraneras y al confrontarse sólo se ven obras medianamente queridas. Torres se siente desmoralizado cuando no llega el premio Nobel y sus premios no alcanzan la suerte más allá de las propias fronteras.

Como se ve, la reflexión de Ronald es interesante y sólo se puede asimilar si la lectura se hace sin prisas para tratar de acercarse a lo íntimo de sus personajes. Y el personaje de Torres es magnífico, es egoísta, miserable, aprovechado y malamente político. ¿Quién ha dicho que los intelectuales son buenos políticos? Torres es un aprovechado cuyas jugadas son malamente elaboradas, poniendo a la vista de todos no sólo sus torpezas sino sus mezquindades personales.

La novela parece sugerir que aún y cuando los intelectuales sean especialistas en lecturas políticas y se aprendan de memoria la obra de Maquiavelo, estos siempre son torpes en este tipo de oficios.

El egoismo de los intelectuales queda calcado en la vida de un personaje que no hace sino realizar su propia voluntad. Así Torres se desaparece, se refunde en una biblioteca, entre escritorios, con un cigarrillo y hace aquello que cree ser la última maravilla del mundo. Los demás estorban, sobran, para realizar “la obra”. ¿Sexo? Para eso existe el onanismo o simplemente una llamada telefónica. Sin compromisos porque deben entender (las bellas damas) que simplemente “así es el artista”.

Con un tipo semejante, es lógico que el artista deba morir solo, aislado y muy despreciado. Poco comprendidos por mortales que viven menos con los ojos al cielo y mucho más con los pies puestos en la tierra. A Torres, nadie lo quería, ni su ex mujer, ni su profesor auxiliar, ni nadie. Ni siquiera se menciona si tiene hijos, quizas ni los haya tenido.

La novela de Ronald Flores, como queda advertido hasta aquí, es interesante. Me gusta su arquitectura, la fuerza de su expresión y su brevedad. Es menos tortuosa y con una construcción menos rebuscada que la última que aquí comenté (The señores of Xiblablá). Creo que cada vez mejora más y ahora le veo “más diablo”, como él mismo dice, que antes. También hay espontaneidad en su escritura y eso beneficia enormemente al lector.

Ronald se caracteriza, a mi manera de ver, por ser un escritor franco y directo. No teme expresar sus sentimientos y pone, como patojo a veces imprudente, el dedo en la llaga. Es asimismo un escritor inteligente, tenaz y con deseos de comerse el mundo. Bueno para hacer lo que hace. Auguro, como he hecho anteriormente, los mejores éxitos en su oficio de novelista.

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