Las pesadillas que hablan December 2
Por Luis Fernando Alejos
Publicada originalmente: El Periódico, 2 de diciembre de 2004.
Ronald Flores, autor ganador del premio de novela Mario Monteforte 1999, presenta su más reciente obra “The señores of Xiblablá”
LFA: A grandes rasgos, ¿cuál podría ser la trama de “The señores of Xiblablá”?
RF: La novela se detona a partir del secuerto de una de las hijas de las familias más influentes del país. Eso hace que se inicien los procesos de búsqueda realizados por dos equipos distintos: uno nacional y otro transnacional.
Cada equipo tiene su propia lógica de búsqueda distinta y tiene, por lo tanto, resultados distintos. Es una novela policial, digamos, postmoderno. Quisiera que sea una novela de acción que se lea, de alguna forma, con facilidad, motivada por la intriga. Pero a la vez, es una novela literaria y eso implica…un lector distinto. Creo que uno de los principales aciertos es hacer un intentode novela noire (negra).
Guatemala tiene dos o tres novelas negras bastante buenas: El hombre de Montserrat, de Dante Liano, El cojo bueno de Rodrigo Rey Rosa y de alguna forma yo estoy consciente de eso. Las leí muy bien antes de empezar esta escritura, y otro libro que yo consulté con algún afán fue Noticia de un secuestro, de García Márquez, para no repetir los errorres que él “prodiga” en esa novela. Entonces, su temática es el secuestro, la violencia, los detectives, la búsqueda, policías, militares, criminales.
Porque yo pienso que lo mejor de la escritura (como nos ha enseñado Bataille) viene de combinarla con la criminalidad: el arte es, de alguna forma, transgresor. Cuando se olvida esto, es nada más que un ejercicio complaciente de las vanidades de quien lo ejerza y no un proceso de construcción, tanto del discurso como del silencio que puede emanar de esta reflexión oblicua.
LFA: Al explorar distintos sectores que componen la sociedad guatemalteca descrita allí, no se manifiesta la posibilidad de inocencia en casi ninguno de los personajes. ¿Esto forma parte de los rescoldos del conflicto armado (uno de los temas presentes) o es simple naturaleza humana?
RF: Creo que se ha sobrevalorado la inocencia, y toda esa búsqueda de ser inocente no es más que el reflejo de aceptar que ya no lo somos. Seguir persiguiendo el reencuentro con la inocencia que muchos piensan que es la tarea tanto de la civilización como del arte, es un esfuerzo en vano. Sin embargo, creo que puede haber cierta inocencia en la experiencia, ¿verdad?
LFA: ¿Cuán arriesgado es publicar una novela así de guatemalteca?
RF: Yo pensé que mi novela era esencialmente beliceña, pero… (risas). No sé a qué le llamés vos que sea “tan guatemalteca”.
LFA: En el sentido de los escenarios y las situaciones…
RF: Esos escenarios son dos cosas: una es que, muchas de las calles del centro y los escenarios que yo describo acá son los que yo recorría, con mucha insistencia, durante mi adolescencia.
En las tardes en que ya había terminado los deberes y mi mamá me dejaba salir a la calle, como yo vivía en el centro, pues iba a esos lugares y luego con mi papá, que era triatlonista, yo conocí mucho del país. Salíamos a bicicletear o a correr por todo el país. Y luego viene una estadía en Estados Unidos, dos años que no quise interrumpir.
Pues uno empieza a extrañar sus lugares. Había ya escrito mucho de la novela cuando me fui a Austin, y allí creo que hizo su labor la nostalgia, para recordar y fijar esos lugares que de lo contrario serían un lugar más de Guatemala. Si uno está aquí siempre, no se da la oportunidad de extrañarlo y hasta lo ve con fastidio.
Yo creo que la lejanía me permitió verlo un poco más dulce de lo que era (el país). Allí nos damos cuenta de que los lugares son falsos, porque están hechos de la convocación, de la conjura que hago a partir de la experiencia que había vivido, y una proyección a todas luces fabricada de lo que estaba construyendo mi nostalgia.
LFA: El poder juega un papel fundamental dentro de la novela. En cualquiera de sus contextos, se infiltra en el destino de cada uno de los personajes, inevitablemente pagan el precio del poder. ¿Cómo transfieres esta situación al escenario político actual?
RF: Yo creo que no tiene ninguna relación en absoluto. Una es obra de la imaginación y la otra es el resultado de la falta de ella.
LFA: En un momento determinado de tu carrera creías haberlo dicho todo, por lo menos en tu novela. ¿Esta es una condición por la que debe pasar todo literato?
RF: Es un proceso interminable y es como los traumas del psicoanálisis: eventos que aunque queramos y pensemos que nos hayamos librado de ellos, siguen espantándonos, siguen (con su presencia espectral) hechizando nuestras vidas, acechándonos, desde las sombras, desde el silencio o desde el lenguaje. La idea de que esas pesadillas no hablan, es falsa.

