Stripthesis July 9
Por Eduardo Blandón
Publicado en Periódico La Hora 
Desde que Ronald Flores ganó el Premio Monteforte Toledo en el año 1999 ya es costumbre ver su nombre en los diarios y sus libros en las librerías. Ronald es un escritor tenaz, perseverante y con talento para escribir. Nos lo ha demostrado en constantes ocasiones y cada vez lo hace mejor.
El año pasado escribió “Stripthesis” y este año incluso ha escrito un ensayo de análisis político (me parece), sin contar, por supuesto, sus apariciones como prologuista de libros, columnista, catedrático universitario y conferencista.
Con “Stripthesis” el autor demuestra una gran facilidad para la escritura. Su obra es lineal, tiene coherencia, continuidad, sentido e ilación. Es una obra que, desde la escritura, hay poco o nada que reprochar. Denota cuidado, escrúpulo y mucha revisión. Es evidente que el escritor tiene buen oído musical y por consiguiente un buen sentido del ritmo y la melodía.
Por otro lado, aunque el argumento de la novela no es nada del otro mundo (un engaño, una traición a la que es sometido el protagonista de la obra contada por una tercera persona), la construcción de la historia es impecable y no deja cabos sueltos. La descripción de los personajes -que no son muchos- es bastante interesante y es difícil no tomar posición respecto a ellos.
Veamos los personajes. Por un lado está la que cuenta la historia del protagonista central. Una profesora universitaria, rata de biblioteca, sabihonda, hermosa y con un ego digno de los grandes.
Ella lo sabe todo, lo interpreta todo y siempre tiene opinión de las cosas. Una mujer arrogante a la que una pequeña experiencia le sirve para citar toda la historia de la filosofía: Platón, Aristóteles, Locke, Kant, Schopenhauer, Kierkegaard, Marx, etc. Es una enciclopedia viviente. Insoportable. Aburrida y con poco sentido del humor.
El otro protagonista es Lázaro Tormes. Un patojo de 27 años que llega a los Estados Unidos a doctorarse. Casado con dos hijos y con una vida sexual desbordante (digna de esa edad). Compagina la disciplina alemana con la lujuria quizá italiana o japonesa. Habla francés, inglés, alemán, portugués y hasta latín y griego. Pero a la par de tanta preparación académica es un lector consagrado de revistas pornográficas y un visitante asiduo de lugares de bajo mundo. Las putas son su afición aunque no queda claro si también le gustan los hombres.
Los dos personajes, dignos sólo de una novela, se juntan para que ella sea la asesora de tesis de él. Una combinación extraña dada la calentura de él y la frialdad de ella (aunque no pierde tiempo enseñando sus propiedades y tentando a los hombres). Ella no quiere asesorarlo, pero termina cediendo por razones que no se conocen.
En realidad debe decirse, quizá con justicia, que mientras más se avanza en la novela más se van pareciendo los personajes. Tormes se va volviendo más locuaz y a aquella le va gustando e interesando más en el mundo de lo porno.
¿Pero qué trata de defender la novela? ¿Qué es lo que muestra? Creo que son buenas preguntas. Por una parte, la obra parece revelar no a dos personajes antitéticos, como parecieran a simple vista, sino a seres demasiados humanos cada uno angustiado en sus cosas y quizá interesados ambos en una: lo erótico.
Debe decirse que hay un discurso que trata de explicar el fenómeno de la pornografía, su interpretación en la vida humana y el interés que suscita en los hombres desde temprana edad el cuerpo femenino.
Asimismo, hay una crítica subrepticia de ella hacia el feminismo. No acepta esas formas exageradas que toman posición de manera fanática y a veces irracional y absurda.
Hay otro elemento interesante y es la conclusión a la que llega el personaje principal luego de su decepción amorosa: “Después de todo, el amor es una ficción en que queremos creer por más elusiva y engañosa que sea, la ficción que nos permite conciliarnos con la realidad, es una de las manifestaciones atenuadas del odio, una mierda, un milagro.
Tormes dejó de llorar y se descubrió el rostro para decirme con una lucidez triste, desde la devastación más desgarradora que alguna vez he visto: Es verdad. El amor es una ficción”.
¿Es ésta la conclusión a la que quiere llegar Flores? Habrá que preguntárselo. De cualquier manera, la obra, como se ha visto, apunta en varias direcciones.
Dado que la protagonista no para de hablar, juzgar y tomar posición, nos transmite un universo interesante y reflexivo. Uno de ellos, que también me parece relevante, es su concepción sobre las cosas que acaecen en la vida.
Ella deja entrever prácticamente en que nada sucede al azar, sino de manera planificada. Nada es coincidente, todo sucede por necesidad. Ésta es una filosofía inaugurada desde los griegos en la que se apostaba (lo hacían los estoicos) en que el “logos” o la mente divina había ordenado el mejor de los mundos.
Igualmente, me encantó la expresión que dicta que “la vida es un lienzo”. Un lienzo en que cualquiera, al menos al que nosotros dejemos, le pega un brochazo o una pincelada. Así, al final de la vida, qué tendremos: un cuadro bello u horrible, pero un cuadro gastado y lleno de color.
Para terminar, lo único que le hace falta a la obra es un poco más de sentido del humor. Es una novela muy seria, el humor es escaso y la formalidad de sus personajes a veces aburrida. Hay para todos los gustos.
Puede ser que a algunos les resulten más digeribles y simpáticas las largas reflexiones o intervenciones de la protagonista, a mí tanta sabihondez a veces me hacía bostezar.
De cualquier forma, con todo, no dejo de recomendar la obra. Es breve, sustanciosa y nos acerca al imaginario de una mente “sui géneris” (por lo interesante) de Ronald Flores.

