El diálogo de los cuerpos. La sexualidad en la literatura guatemalteca (Narrativa escrita por varones).

Antología comentada IEl diálogo de los cuerpos
de Juan Fernando Cifuentes Herrera
Guatemala: Editorial Palo de Hormigo, 2005. 276 págs.

El aporte cultural realizado por Juan Fernando Cifuentes Herrera al editar la presente antología no sólo conlleva audacia y un notable sentido de oportunidad, sino que también entraña una resonancia cuya hondura es aún imposible de dilucidar en una sociedad acostumbrada a murmurar mas no a debatir abiertamente sobre la sexualidad.

La cultura guatemalteca, me refiero principalmente a lo que se considera la tendencia predominante en la estrecha noción de lo que es cultura en Guatemala, ha sido represiva y no me circunscribo a la violencia evidenciada en la burda manifestación del poder público, cuestión abundantemente discutida, sino que al aterrante sistema de control y represión al que se somete la vida íntima e interior de los individuos, mecanismos con los que se subyuga a los sujetos en este Estado.

En tal sentido, este libro de Cifuentes sirve como texto articulador y diseminador de una inquietante subversión que puede establecer un nuevo horizonte en un campo semántico al cual habría que prestarle mayor atención: el del estudio de la masculinidad latinoamericana, más allá de los estrechos parámetros erguidos por los prejuicios sobre el machismo, asumido como normalidad unidimensional en el dominio discursivo hegemonizado por el feminismo.

Colaboran a acuñar este nuevo enfoque el extenso registro de categorías bajo las cuales se aglutina la pluralidad de textos examinados: desde la iniciación sexual hasta las parafilias, aunque estas últimas abordadas tan sólo tangencialmente. De hecho, la ausencia de reflexión escritural sobre experiencias sexuales cotidianas (como la masturbación o la cópula conyugal) y no tan cotidianas (como las orgías y la transexualidad) es también un indicativo de la estrechez con la que incluso la mayoría de los escritores nacionales han abordado la sexualidad en la tradición literaria guatemalteca, en donde se ha reproducido la diferenciación funcional entre hombres que laboran en lo público y mujeres que obran en la alcoba.
De esta suerte, se ha aceptado que la sexualidad, el erotismo y la cocina sea común en la poesía femenina y el drama nacional, las pretendidas épicas bélicas y la calle sea común en la narrativa masculina, reproduciendo así los esquemas de discriminación y exclusión que supuestamente se pretendían erosionar.
A pesar de complejas narrativas de inclinación erótica, como la trilogía Treinta años de mi vida de Enrique Gómez Carrillo, Mulata de Tal de Miguel Ángel Asturias y El tiempo principia en Xibalbá de Luis de Lión, es de notar la endeble tradición del erotismo en las letras nacionales. Lo anterior resalta en el que me atrevería a considerar el relato que cifra esta antología: La mala hembra de Carlos Wyld Ospina, una suculenta mirada hacia la interioridad de las trampas que representa el deseo cuando intenta satisfacer los anhelos de un ideario romántico en un contexto conservador.
Destaca la obsesión sobre la sexualidad que evidencia la producción narrativa publicada a principios de la primera década del siglo XXI, como se comprueba en textos como la novela corta Ruido de Fondo de Javier Payeras y el cuento Mr. Winston de Francisco Alejandro Méndez.
Sin embargo, si se trata de realizar una abstracción, es posible afirmar que los narradores guatemaltecos, por lo general, carecen de la sutileza requerida para ejercer con portento y delicadeza el arte del placer, la mutua implicación que deviene de proporcionarlo y recibirlo. El registro constante es sobre deseos irrefrenables, relaciones tormentosas, acoplamientos forzados o torpes embestidas; es decir, insatisfacción generalizada.
Los hombres en la dimensión letrada quedan retratados como parcos en el despliegue de las tácticas seductivas, mezquinos en prodigar caricias y en prolongar los besos, repentinos y fugaces en la acometidas sensuales. Son calientes para luego ser culpables. Instintivos y toscos. Brutales. Condenados a expiar la pulsión de sus deseos en las agrestes catacumbas de lo impronunciable
De ahí que se añore la actitud que emana de algunos textos de Gómez Carrillo, quien en la trilogía antes mencionada, nos refiere una atractiva confesión de sus múltiples enamoramientos que van desde la primera mujer, pasando por las letras y la bohemia, hasta culminar en un inquietante beso negro.
Pocos han gozado de la soltura y elegancia de Gómez Carrillo en su tratamiento de la sexualidad; por lo común, como sucede con las rancheras, los escritores se decantan en delirios de posesión violenta y fallida de la pareja que se asemeja a la relación simbiótica que han establecido con sus figuras maternas, elementos recurrentes en sus monólogos discursivos.
Precisamente porque la sexualidad es un tema tan amplio es que varias preguntas quedan abiertas: ¿en qué consisten nuestros deseos, aquellos que estamos dispuestos a exponer en público y aquellos que se ocultan en nuestra intimidad, esa tenebrosa cárcel del deseo? ¿Por qué son esas y no otras nuestras más recurrentes fantasías? ¿Por qué nuestra práctica amatoria, al menos la registrada en la escritura, es tan necesitada de demostrar, de alardear una seguridad afectiva a todas luces vulnerable y temerosa? Y, ¿a qué se puede deber nuestro miedo a alcanzar la intimidad, a evidenciar ternura, a mostrarnos seres necesitados de afectos, dispuestos al amor? ¿Qué significan nuestros gestos amatorios? ¿Qué significado tiene el limitado campo sobre el que se ejerce la sexualidad en la narrativa guatemalteca?
Una indagación reposada y decidida del imaginario sexual masculino se impone como tarea inmediata. La presente antología brinda una certera apertura retórica en un debate cultural que apenas comienza. El diálogo de los cuerpos. La sexualidad en la Literatura Guatemaltec (Narrativa escrita por varones) es pues una introducción apropiada a un tema complejo y vital, que proviene de un narrador competente, uno de los mejores conocedores de la tradición letrada nacional, probablemente el editor guatemalteco más destacado de la última mitad del siglo XX, Juan Fernando Cifuentes Herrera

1 comentarios

  1. Alejos Luis Jul 10

    Como diría una canción del Gran Silencio: “No sabemos amar”. Tengo pendiente la compra y lectura de esta antología.

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