El extraordinario hombre común

Los arrieros del agua Los arrieros del agua. Carlos Navarrete. Guatemala:Editorial Cultura, Magna Terra Editores, 2005; 149 páginas.

Los arrieros del agua de Carlos Navarrete (1931) ofrece un registro vérnaculo de la vida de Reinaldo, un mil oficios que transita por el extenso mundo de la provincia hace no muchos años; específicamente el altiplano que vincula Chiapas con Guatemala.

Varias personas han destacado similitudes en la técnica narrativa de “Los arrieros del agua” de Navarrete con “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. Salvando las distancias, la anterior afirmación puede ser cierta si se considera el esfuerzo por honrar el habla y idiosincracia popular, sin tomar distancia de ella sino más bien honrándola.

Lo que verdaderamente sorprende de este relato es la forma en que Navarrete sostiene esta intensa y profunda voz narrativa, el artificio en que consiste captar por escrito una de las miles de variantes del habla popular (sería un error pensar que el habla popular es siempre la misma; al contrario, hay miles de registros, se trata de un extenso campo matizado). Es tal el grado poético del relato que con frecuencia se olvida que se trata de una de entrevista transcrita, del testimonio vuelto ficción.

Conozco algunos artículos académicos de Navarrete y siempre me pareció aburrida su obsesión por incluir en éstos la transcripción de documentos históricos. Así que me acerqué a Los arrieros del agua con cierta desconfianza. Sin embargo, este relato me entretuvo de sobremanera. Además me hizo pensar mucho en el abuelo de mi abuela paterna, un vendedor ambulante que tuvo su centro de operaciones en Comitán, Chiapas. Pocas veces he disfrutando tanto con la lectura de un libro inesperado.

A continuación, transcribo los primeros tres párrafos de la novela:

“Cuando vi que los bailadores saltaban dando gritos, con la sonaja en la mano y el sudor chorreándoles bajo la máscara, sentí como si me fuera a morir de repente y todo lo vivido se me acumulara de golpe.

‘Y ahora para qué – me dije, medio escondido en una esquina–; para qué diantre seguir con la fiesta si ya se te acabó lo principal’. Por no djear me fui siguiéndoles mientras del parque allegaba el ruido de las chinaminas y de todo el jolgorio que traía el viento.

Me acerqué a la puerta del corralón donde los parachicos le tupían al baile, y al oír los vivas que le lanzaban al santo me sentí más peor y regresé a mi casa a beberme un cartón de cerveza para hacerle engaño al coraje” (pág. 15).

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