Libros de Wingston

Lista de libros de WingstonWingston Gonzalez es uno de los poetas guatemaltecos que más admiro. Aparte de comentar algunos temas en este blog, ha contribuido el siguiente. Gracias Wingston.

Anoche mismo revisé mi microscópica biblioteca y me puse a revisar algunos de los textos que tengo aún acá en San Marcos, y me encontré con que la mayoría de ellos (contrario a lo que yo mismo llegara a creer) no provienen de librerías de la ciudad capital, sino de los que me han regalado mis amigos, las editoriales y los que he conseguido en las ferias de libros que llegan acá.

De estos últimos algo te voy a contar. Aunque quisiera detenerme más a hablar de eso, pero imagínate qué aburrido resultaría para sus lectores que comenzara a rebuznar, así que: Ahí les van los cuarenta librones.

Son cientos. Sus vidas cenicientas y sus mutiladas ansias de gloria se quedaron para los días todos sosteniendo la luz caliente, la lluvia y hasta a veces las estrellas. Libros que cambian vidas. Parece a primera vista el slogan que cualquier empresa editora de superación personal quisiera tener.


Pero las ferias de libros, acá, fuera de la metrópoli y de toda unidad mínima de adquisición de bibliografía más o menos respetable, son lo único que añade entusiasmo a los días. Conseguir libros interesantes en San Marcos (en tantos lugares pasa lo mismo) es, si no una misión imposible, el más hermoso de los suplicios.

Ya desapareció la única librería donde encontrabas estantes hasta el techo, llenos todos; donde podías hablar con la señora de este o de aquel porque los había leído; y más, donde uno tenía la confianza suficiente como para llegar con sus libros ya leídos y hasta subrayados y salir, otros; nuevecitos o no tanto: pero otros.

Y así hasta la eternidad. Bueno, eso creíamos. No fue así: de algo se tiene que comer, dijo la señora que atendía y de la noche a la mañana ya no estaba. En los cinco años que he estado acá, he comprado, vendido y cambiado decenas, muchísimos, y se diría que con tantos libros que he conseguido en esas ferias no cabe ya ni un gusano en mi cuarto. No es así.

Anoche conté los volúmenes que se quedaron (algunos los he regalado, vendido, prestado y quemados otros) y hay como setenta y tres. Y como está de moda eso de hacer listas y reseñas, comparto cuarenta de los libracos que han cambiado mi vida y que he encontrado (dónde más) con algunos de esos libreros a los que tan cínicamente he saqueado:

Los Europeos , de Henry James, El Señor Presidente , de Asturias, la locura en Mrs. Candwell habla con su hijo, de Camilo José Cela, El Coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, Pobre Negro de Gallegos, la antología mínima de poesía de Pessoa que editó EDUCA, que por cierto, fue mi primer encuentro con tan lúcido poeta, Narraciones de Antón Chéjov.

Los Hermanos Karamazov, de Dostoievski, o La Metamorfosis de Kafka, son de esos libros que uno encuentra en cualquier feria, cualquiera. A cinco, diez, como máximo quince quetzáles. Aunque también hay otros. Otros no tan comunes; de esos que uno encuentra por pura casualidad o de los que se compran más por curiosidad que por otra cosa.

Por ejemplo Desgracia y Esperando al los bárbaros de J.M. Coetzee (¿así se escribe, verdad?), La sima de babel de un tal Joseff Szuffa, Cristo versus Arizona, la más intensa novela de Camilo José Cela con la que me topado, Nada de Carmen Laforet, el hermoso homenaje que Saramago le rinde a Pessoa en El año de la muerte de Ricardo Reis o su Manual de pintura y caligrafía, La tercera palabra, de Alejandro Casona, Los Muchachos de antes y Los Compañeros, Marcos Antonio Flores.

La casa de las bellas durmientes, Kawabata Yasunari, Kitchen, Banana Yoshimoto, El lector, Bernhard Sshlink, Canción de Salomón, Toni Morrison, Caracol Beach, Eliseo Alberto, Auto de fe, Eugenio Montale, Oh Banalidad de Enrique Noriega, Trópico de Cáncer, Henry Miller, El ahorcado, Simón Pedroza, un librito amarillo de Javier Payeras llamado Radical 2001.

Las flores del mal (que quede claro que Baudelaire no es mis preferidos, pero no todos los días uno se lo topa a diez quetzales), Sara Sonríe de último de Víctor Muñoz (había comprado una antes que presté a un muchacho que estudia en el INMO de San Marcos), El fuego de cada día, de Octavio Paz en una excelente edición, América de Kafka o una excelente selección de ensayos sobre Cardoza y Aragón que me prestó el poeta Marvin García, encontrado también en tales bodegas de despojos. 33

Ah, y por cierto, libros con dedo que me ¿señalaron?, bueno, iniciaron en el camino de la poesía: Poesía, de un desconocidísimo Hugo Polar, 65 juegos florales de Quetzaltenango; lo menciono porque ahí se publicó Los fusibles fosforescentes de Alfonso Fajardo, poemario que me impulsó a escribir.

Lectura del desierto de René Leiva, que había encontrado en una biblioteca de Tacaná y no pude ni prestar ni alquilar y menos llevarme ilegalmente; y que encontré ya casi en agonía en una de esas dichosas ferias, Menos mi vientre de Eduardo Suárez del Real, El tigre en Casa de Eduardo Lizalde, La plumas de la serpiente de los Nuevo Signo, y hasta la primera edición de Signo XX de Margarita Carrera, firmado para una Esperancita Ojín en 1987.6

Y hay más. Seguro. Pero no creo necesario mencionar los otros veintitrés. De los que ya no está ni digamos…

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