Antologías de cuentos centroamericanos

AntologíasEn los últimos cinco años, han aparecido tres antologías de cuento centroamericano:

Pequeñas resistencias 2” preparado por Enrique Jaramillo Levi, publicado en Madrid por Páginas de Espuma en 2002; “Los centroamericanos”, preparado por José Mejía, publicado en Guatemala por Alfaguara en 2002 y “Tiempo de narrar” preparado por Francisco Alejandro Méndez, publicado en Guatemala por Editorial Piedra Santa en 2007.

Pequeñas resistencias contiene 60 cuentos (de igual número de autores), Los centroamericanos 21 cuentos y Tiempos de narrar 35 cuentos. Los únicos autores que aparecen en las tres antologías son Sergio Ramirez de Nicaragua, Rodrigo Soto de Costa Rica, Jacinta Escudos y Claudia Hernández de El Salvador.

Algunos aparecen en dos antologías, como Horacio Castellanos Moya, Rodrigo Rey Rosa y Víctor Muñoz, mientras que la mayoría de cuentistas aparece en una sola.

Los centroamericanos incluye autores importantes para inicios o mediados del siglo XX, mientras que Pequeñas resistencias 2 y Tiempos de narrar se concentran en el cuento contemporáneo. De cualquier forma, los autores que predominan son quienes nacieron entre 1940 y 1960.

Combinadas, las antologías permiten obtener una panorámica acertada del cuento en la región. Por supuesto que “no están todos los que son, ni son todos los que están”. En lo particular, me llama la atención el diverso registro de la realidad centroamericana que permite el cuento como género. Además, las antologías son tres iniciativas valederas para dar a conocer la literatura centroamericana.

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149 Responses

  1. lizbet dice:

    libros tontos

  2. Michelle dice:

    xfa denme los cuentos de esos de la telecundar***

  3. vianney diaz martinez dice:

    hola yo no se de cuentos pero lo hacen muy bien

  4. YULI dice:

    hola soy maestra de tele me acabo de incorporar x fa necesito esos cuentos
    el eterno transparente
    el miedo a los telegramas
    bocado de viento
    ¿quien invento el manbo?
    es muy importante para mi lo necesit para hacer un buen trabajo, pues la grilla esta dura x fase los voy a agradecer

  5. DIANA dice:

    PORFA AYUNDEME A ENCONTRAR
    EL ETERNO TRANSPARENTE
    EL MIEDO ALOS TELEGRAMAS
    EL BOCADO DEL VIENTO
    QUIEN INVENTO EL MAMBO

  6. MEMO dice:

    necesito el cuento “costumbre prematrimoniales“
    ayudenme a encontrarlo porfa

  7. Darkar dice:

    Hola ¿Quien sabe quien es el autor del cuento “EL MIEDO A LOS TELEGRAMAS”?

  8. putos dice:

    linda berron

  9. nitzia izaguirre dice:

    Hola chicos bueno yo eel cuento de quien invento el mambo & no locas por el mambo ai tuvieron un error bueno ese yo ya lo encontre pero los que me urgen son el eterno tranparente el medo a los telegramas & un bocado de viento pues ya que el de un bocado de viento sse lo encargaron a unos amigos & a i boy friends la semana pasada & stuvimos como tontos buscandolo por cielo mar & tieerra & no loencontramos que vendria siendo de arturo arias & es el que mas nos urgue alguien sabe donde encontrarlo

  10. carla amado dice:

    HOLA STOY EN LAS MISMAS, POR ESO NO PROGRESAMOS,QUE PENA QUE NOS CRITIQUEN Y QUE NO SEPAN CON QUE CARENCIAS TRABAJAMOS

  11. jose dice:

    envieme el cuento centroamericanos

  12. lupita dice:

    no encuentro por ninguna parte el libro el eterno transparente
    solicito informes sobre ello gracias

  13. hola estamos buscando el cuento el miedo a los telegramas
    solisito informacion

    GRACIAS

  14. oriana dice:

    me gusto el cuento etrno tranparente pero nesesitoel cuento teatral de ¿quien invento el mambo?pasame la pagina…..

  15. plis ayudenme a buscar el cuento ” bocado de de viento” se los agaradesere mucho.
    besos

  16. quisiera saber sobre el libro bocado de viento y tener imformacion porque no la encuentro si
    gracias

  17. quisiera saber sobre los cuentos centoamericanos saber mas de ellos gracias por su conprencion

  18. brenda dice:

    garras no hallamos nada de cuentos

    ya suban uno que otro

    hay se los dejo de tarea jajajajajaja

  19. tere dice:

    el eterno transparente esta en la pagina de mundohispano.com
    espero les sea util

  20. pedro dice:

    no encuentro cuentos centroamericanos ayudenme no

  21. michhell dice:

    plis busco el libro de shania “busco “

  22. IME dice:

    BUSCO EL CUENTO DE “EL MIEDO A LOS TELEGRAMAS”

  23. alvita dice:

    hola alguien sabe donde puedo encontrar los cuentos centroamericanas plis ayudenme m e urge…………………

  24. amayrani dice:

    saben donde puedo encontrar el cuento de el eterno transparente
    es muy urgente

  25. karo dice:

    soy karo quiero que alguin me diga en que paguina para buscar cuentos centroamericanos pormis es que nesecito ha cer mi trabajop apiadense de mi plis y seran mis salvadores ok…………

  26. victor dice:

    no encuentro el cuento bocado de viento de arturo arias

  27. yazmin dice:

    ihola si alguien sabe donde puedo encontrar los cuentos centro americanos que me diga donde xfis.

  28. MIGUE7 ANGE7 dice:

    para todos los que desean el material para telesecundaria ( de primer grado segundo o tercero)
    El eterno trarsparente,quien invento el mambo…..etc.,etc.etc. ( aparecen todos juntos por grados…puedes dar clic en ver o descargar)

    entra a: google
    escribe: cuentos centroamericanos telesecundaria
    selecciona: el docente de telesecundaria descarga de
    materiales.
    te aparece todo lo de los cuentos.
    por favor si conoces a otro maestro pasa la clave.
    no seas egoista.me costo mucho lograrlo.los que saben, no quieren decirlo.

  29. cecilia dice:

    necesito el cuento bocado de viento ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡forfisss

  30. alexia zorra dice:

    yo ya lo encontre pero no se como pasarlo a una carpeta para imprimirlo

  31. esmeralda dice:

    aver si me pueden mandar una pagian de internet
    o el cuento kien invento el mambo

  32. blanca dice:

    oigan yo tengo el libro pero no puedo ponerlo en el internet lo siento….

  33. noemi dice:

    son muy buenos

  34. DaRdO dice:

    ¿Quién invento el mambo?
    —Le aseguro, señora, que no estoy vendiendo Biblias ni nada por el estilo. Yo soy el Rey del mambo.
    —¿El Rey de qué?
    —Del mambo, señora, ¡del mambo!
    —¿Y éso qué es?
    La mujer mira con sospecha al hombrecito que le ha tocado la puerta, con apremio de amigo. Solamente protestantes y sinvergüenzas se atreven a golpear la puerta de gente decente a las diez de la mañana un sábado, cuando ella se ocupa de hervir la ropa sucia y asolear colchones.
    —Es música, señora, música que está arrasando en México, Cuba y ahora aquí en Panamá.
    Los ojos detallan el saco que parece pertenecer a alguien mucho más alto, los pantalones amplios, ajustados en el tobillo, dándoles aspecto de ropa de harem, la cadena de oro colgada hasta la rodilla, los ojos redondos, vivaces y el bigote a lo Fu-Man-Chú. En los pies, zapatos adornados por unas hebillas grandotas y ¡tacones! ¡Dios Santo, tacones!
    —¿Qué clase de música es esa?
    —Música para bailar, señora. Música con ritmo, y alegría, para menear el cuerpo y olvidar las tristezas, música para todas las edades, para todos los pueblos, ¡música! Música de la mayor, en si menor, do sostenido, blancas, corcheas, fusas… Aquí está todo, señora, permítame una demostración, —le enseña el abultado portafolio que lleva bajo el brazo.
    —¡Ah! ¿Es que vende libros de música? Sinceramente no estamos interesados. Mi hija estudia en el Conservatorio Nacional y todos sus libros los compramos en el Almacén Mckay, allá por la Catedral. No creo que la dejen tocar el mambo que usted ha inventado. En realidad a nosotros solamente nos gusta la música clá-si-ca, —lo recalca para estar segura de ser entendida— música de verdad, la de los grandes compositores, Schuman, Bach, Chopin y sobre todo Rachmaninoff. Somos miembros fundadores de la Sociedad Pro-Arte Musical y mi hija asiste a conciertos desde que tenía cinco años. Así que, con su permiso, tengo mucho que hacer.
    El hombrecito la detiene con un gesto imperioso, antes de que le tire la puerta en las narices.
    —¡No! Tampoco estoy vendiendo libros de música, señora. Permítame presentarme. Mi nombre es Dámaso Pérez Pradoff —una sonrisa ilumina sus ojos redondos que parecen bailar en la cara redonda— Escuche usted: El martes comienzo un “show” con mi orquesta en el Hotel Internacional por una semana y necesito ensayar unos arreglos, pero en ese lugar, de día, no es posible acercarse al piano. Hay gente en el comedor a todas horas. Me distraen, me piden autógrafos —la fama tiene sus problemas— en fin, no puedo estudiar ni crear. Usted me entiende, ¿verdad, señora? Una persona culta como usted sabe bien que nosotros los artistas de música de verdad necesitamos absoluta tranquilidad. El camarero jefe me informó que él había oído que en esta casa tenían un piano nuevecito, recién traído de Europa, que es el mejor que hay en toda la ciudad y me he atrevido a venir hasta acá a suplicarle que me deje usarlo por unas cuantas mañanas para ensayar. Le pagaré bien, le aseguro, —añade al ver la cara de asombro de la mujer.
    Isabel no ha conocido a nadie que se vista así, con esa cadena largota y los pantalones de pachuco; solamente los ha visto en las películas mejicanas que dan en el “Variedades” y tiene la vaga impresión de que todos son maleantes o por lo menos, marihuaneros.
    —Bueno, es que… no sé qué decirle, señor Pradoff, francamente no podría… no sé…
    —Cinco dólares por día señora, por tres horas de uso.
    —No es el dinero, comprenda usted, pero no lo conozco y no sé si mi esposo estaría de acuerdo. ¿Cómo es que dice que se llama, Pérez Pradoff? ¡Qué nombre más raro!
    —Nada tiene de raro, señora. Es el nombre de un compositor que ya es famoso en otras latitudes y muy pronto lo será en este bello país, si solamente me da una oportunidad de practicar en su piano.
    Habla y gesticula y se empina en los tacones y hasta se persigna con un enorme crucifijo que le cuelga de una gruesa cadena de plata en medio del pecho; el gesto la impresiona; después de todo, un individuo capaz de adornarse con una cruz de Obispo no puede ser un maleante y acaba por acceder a su petición, aunque siempre le queda cierta desconfianza hacia el desconocido. Lo deja pasar y se arrepiente enseguida, pero es demasiado tarde. El hombrecito se apodera del piano, con un deseo que no deja lugar a dudas de su apremio en ensayar el mambo.
    Abre la tapa que se desliza con facilidad y con una mano acaricia las teclas, asegurándose de paso que todas están a tono; para arriba y para abajo, dos o tres veces, los dedos se encaraman por las negras con una agilidad asombrosa, como el niño que encuentra su juguete favorito: Sol, acorde, escala, trino. Satisfecho, se quita la levita, acomoda los papeles y con el lápiz detrás de la oreja comienza su trabajo, sin darse por enterado del asombro de doña Isabel, que desde una esquina de la sala procura asegurarse de que es ella la propietaria de tan divino instrumento…
    —Y por favor, señor Pradoff, ni se le ocurra poner nada húmedo sobre la tapa; es un mueble muy fino, traído especialmente de Nueva York para mi hija, que algún día será una gran pianista y no de mambos, puedo asegurarle.
    Pero el otro, ensimismado en su música no le hace el menor caso y la mujer termina por retirarse a la cocina de mala gana, no sin antes advertirle a la empleada que no le quite el ojo de encima al señor Pradoff, porque no está segura de sus intenciones.
    Es sábado por la mañana: En el patio, los chiquillos juegan, celebrando el día de asueto, las mujeres lavan la ropa de la semana y asolean colchones manchados de orín por los muelles del bastidor. Los del cinco duermen, porque la fiesta de anoche se prolongó hasta la madrugada; un radio en el vecindario toca a todo volumen el “swing”de moda, en la avenida los buses pasan a gran velocidad arrastrando el polvo de un verano seco.
    El sonido empieza a elevarse poco a poco, entre vacilaciones y acordes sin consecuencia, como un llanto quebrado, indeciso, opaco.
    ¿Y a éso le llaman ahora música? —piensa la mujer en la cocina todavía molesta por su momento de debilidad.
    Busca y rebusca armonía, la tonalidad exacta, el lápiz ágil dibuja y borra garabatos negros en el pentagrama, que crece y engorda, irritando a los del cinco que se han levantado con un tremendo dolor de cabeza, porque la juma les dura.
    —¿Ya comenzó la flaca a machacar el piano? No hay derecho…
    En la cocina, la mujer reza entre dientes para que el marido no regrese temprano, porque está segura de su enojo al encontrar al hombrecito compositor, rey de esa música detestable, aporreando el piano de su hija que tanto dinero le costó traer desde Nueva York. En la sala, la búsqueda cesa. Cerrando los ojos, el compositor se estira, abre y cierra los dedos con regocijo y ataca el teclado con el brío reservado para las grandes funciones. Fluye el ritmo y el sonido que se cuela por la puerta despertando a los perros que dormitan al sol. Los del cinco, negociando un café con manos temblorosas se asombran que la flaca tenga tamaña energía, pero al segundo compás se dan cuenta de que tiene que ser otro el pianista. Los chiquillos en el patio dejan de jugar a la rueda, los buses detienen su marcha veloz y hasta el “swing”, vencido, retira sus sonidos al otro lado del Canal.

    ¿Quién inventó el mambo que me provoca?

    La gente se acoda en las ventanas y los balcones se llenan de oídos temblorosos y pies que cosquillean por encontrar pareja. En la cocina, doña Isabel escucha mientras le implora a Bach en silencio que la proteja de la tentación que el sonido levanta en su cuerpo. La dueña del piano llega sudorosa, interrumpido el juego, con ojos de asombro que recogen la imagen del pianista. Parado, baila y mueve el cuerpo al compás de la música alucinante, que sus dedos arrancan del piano, apoyándose en el pedal, a veces con delicadeza y otras con fuerza, mientras su figura se agiganta en cada nota.

    …que a las mujeres las vuelve locas.

    —“La postura correcta para tocar el piano es con el torso erecto, los codos ligeramente alzados, los dedos curvos, la cabeza fija en el pentagrama y la punta del pie derecho sobre el pedal”, —recuerda las palabras de la maestra enseñándola tocar las aburridas sonatinas, que en nada se parecen a esta maravillosa cascada de sonidos que levanta el hombrecito de pie frente al instrumento con los dedos estirados, listos para atacar las teclas.
    Termina el ensayo y se despide cortés, ofreciendo el pago que Isabel rechaza.
    —Se trata de un artista, aunque sospecho que no muy bueno. Sabes, Camilo, no te enojes, pero regresa mañana. Si, ya sé que es domingo, pero me rogó tanto y además lo mandó el dueño del Hotel. Es por culpa del piano nuevo, todo el mundo está hablando de eso, dicen que fue una extravagancia comprar un instrumento tan caro y con la guerra acabadita de pasar. Yo sé que somos la envidia de gente que no tiene la menor educación ni sabe nada de música. El señor Pradoff sólo estará aquí una semana y no creo que venga todos los días; no te preocupes que lo vigilaré de cerca para que no se lleve nada. No estoy segura si es cubano o qué, pero se viste muy raro, como en las películas mejicanas y hasta usa tacones. ¡Dios nos ampare, a lo que está llegando el mundo!
    Y regresa al día siguiente acompañado de otro que, como él, parece extraído de una cinta de celuloide y ése empuña la trompeta y se disculpa diez veces antes de entrar, sin darse por aludido del malhumor de la dueña de la casa que le recuerda al pianista que su negocio es con uno solamente, ya totalmente arrepentida de su generosidad. El hombrecito habla y gesticula rodando los ojos redondos en su cara redonda y termina por convencerla una vez más.
    El vecindario está alerta pero no deja de sorprenderse del sonido de los dos instrumentos que se disputan el ritmo con un desdoblamiento de acordes que acaba por vencer la timidez de la gente que, en los balcones y el patio, baila sin importarles el bochorno del mediodía. La rosacruz del tres cierra las ventanas de su apartamento, murmurando vagas amenazas en contra de los que así se atreven a perturbar la paz del domingo dedicado a la búsqueda de vibraciones especiales de la psiquis.
    Los ágiles dedos recorren el marfil y el pie acaricia el pedal; los labios gruesos del trompetista soplan el metal, saturando el ambiente de notas y la avenida se llena de gente que estira el pescuezo para ver a través de las ventanas al rey de la armonía y el ritmo. En el apartamento de los Bermúdez la gente se cuela por todas las puertas, ansiosa de conocer a los artistas que se menean casi tanto como los bailarines.
    —O terminan pronto o los boto de aquí —protesta el señor Camilo, sordo a la melodía por su carácter agrio.
    —Le agradezco, señora, el favor que nos ha hecho. Completamos el trabajo y no tenemos necesidad de regresar. Espero que no haya sido mucha molestia y quiero verla con su familia en mi show. Si se identifica en la puerta tendré el placer de ofrecerle una mesa en “ringside” el martes, día del estreno.
    —Muchas gracias señor Pradoff, le agradezco su invitación, pero nos será imposible asistir. Esa noche hay un concierto en el Teatro Nacional de un pianista polaco que interpretará los preludios de Rachmaninoff y como usted comprenderá…
    Los ojos de la niña se humedecen de tristeza y sentada al piano, le dice adiós al rey del mambo con una temblorosa sonatina.

  35. DaRdO dice:

    EL ETERNO TRANSPARENTE

    LINDA BERRÓN

    Cuando quiso introducir la llave en la cerradura,
    comprobó sorprendida que no entraba. Trató
    nuevamente, pero no pudo. Probó con las demás llaves
    y tampoco. Observó con detenimiento la cerradura,
    ¿la habrían cambiado?, parecía la misma de
    siempre, como la puerta, como la casa. También la
    llave plateada y redonda era la misma. ¿Habrían
    tachado la cerradura?
    Tocó el timbre con larga insistencia, dos, tres
    veces. La muchacha abrió, impaciente y malencarada.
    Sin decir nada, dio medio vuelta y se fue a la cocina.
    Todo parecía estar en su lugar. Guardó la llave en
    la cartera.
    En el jardín, los niños jugaban con el perro. La
    tarde estaba soleada. Alejó la incertidumbre de sí y se
    acercó a darles un beso. No le hicieron mucho caso.
    Se sentó en la mecedora para disfrutar un rato de
    la frescura del corredor. Los heléchos colgaban sin
    una gota de brisa.
    Empezó a oscurecer lentamente. Al rato llegó su
    marido. Protestaba por el calor, las presas del tráfico
    y la reunión que tenía a las ocho de la noche.
    – ¿Cómo entraste a la casa? -preguntó seria.
    Él la miró extrañado.
    – ¿Cómo voy a entrar?, como siempre. ¿Qué es esa
    pregunta tan rara?
    – ¿Abriste vos mismo la puerta? -insistió con la
    misma gravedad.
    – Claro que no. La muchacha me abrió. Oime, ¿qué
    te sucede?
    – Yo no pude abrir la puerta. La llave no entraba en.la
    cerradura.
    – Seguro era otra llave.
    – No, era la misma de siempre.
    – ¿Comemos ya ? Tengo una reunión a las ocho -le
    dijo desde el comedor.
    Deyanira, sin pensar más en el incidente, pero sin
    olvidarlo tampoco, continuó con la rutina vespertina.
    Al día siguiente por la mañana, se levantó la primera
    como de costumbre. Supervisó que los niños
    estuvieran listos a las siete, hora en que pasaba el
    microbús a recogerlos.
    Cuando terminó de arreglarse, se fue a poner los
    zapatos azules de tacón bajo y comprobó que le quedaban
    enormes. Se los calzó una y otra vez pero siempre
    se le salían al caminar. Se probó los negros, los
    marrones, los tenis. Todos le quedaban grandes.
    Su marido se afeitaba concentrado en la imagen
    del espejo.
    – ¡Qué raro, todos los zapatos me quedan grandes de
    pronto! -le dijo con tono inseguro.
    – ¿Te estás haciendo pequeña? -preguntó divertido.
    Deyanira regresó al dormitorio. Miraba, perpleja,
    los pares de zapatos que se había probado repetidas
    veces.
    -Es increíble -decía en voz baja mientras rellenaba
    las puntas de los zapatos azules con algodón.
    Desayunaron en silencio. Deyanira no se atrevía a
    hablar de algo que parecía tan absurdo y sin embargo
    tan inquietante.
    Se despidieron con un beso y cada uno marchó a
    su trabajo.
    Deyanira caminaba costosamente: trataba de aferrarse
    con los dedos contraídos a la suela bamboleante
    de los zapatos.
    Al bajar del bus, el zapato derecho salió despedido
    y flie a parar al caño. El agua sucia empapó el algodón.
    Ahora cojeaba al arrastrar el zapato para que no
    se saliera.
    Respiró aliviada cuando llegó al edificio de la
    empresa donde trabajaba. Al acercarse a su oficina,
    comprobó que estaba abierta. Se extraño porque sólo
    ella tenía llave.
    Abrió la puerta y se encontró en su escritorio a
    una mujer desconocida que tecleaba la máquipa de
    escribir.
    – Disculpe —dijo.
    – ¿En qué le puedo servir? —respondió la mujer con
    excelentes modales.
    Titubeó. Nunca se le había dado bien la defensa del
    territorio.
    – Disculpe -repitió-, ¿quién es usted?
    La mujer siguió sonriendo.
    – Marta, para servirle.
    ¿Y qué está haciendo aquí?
    – Soy la secretaria personal de don Julián, respondió
    más seria.
    – No es posible, la secretaria de don Julián soy yo, ésta
    es mi oficina, hace casi seis años…
    – ¿De qué está usted hablando? ¿Es una broma? —preguntó
    airada poniéndose de pie. Aquella mujer parecía
    hablar en serio. No le quedaba más remedio que
    explicar lo evidente.
    – Mire, yo he sido la secretaria de don Julián desde
    hace seis años. No sé lo que usted pretende, no sé si
    es una broma de mal gusto, vea, este es mi escritorio,
    el florero, la fotografía de mis hijos…
    Y Deyanira enmudeció al ver la fotografía de un
    atractivo muchacho en el lugar donde habían estado
    sus dos hijos montados en un subibaja.
    – Es Andrés, mi novio, —añadió contundente la
    mujer.
    – ¡Pero no puede ser! ¡Vamos a preguntarle a Elvira, la
    señora de la soda, o a Sonia, la recepcionista, o a don
    Julián, a quien usted quiera!
    – Mire, me parece que usted está loca. Yo trabajo aquí
    desde hace tres años y nunca la he visto en esta oficina.
    No sé cómo se sabe los nombres de Elvira y
    Sonia, pero todo esto me parece sospechoso. Por
    dicha ya llegó don Julián, lo voy a llamar.
    Deyanira miró la puerta de la oficina de don
    Julián. El lo explicaría todo. ¿O no? ¿Y si no lo hacía?
    Se sentó en una silla, los ojos fijos en aquella puerta.
    Era una niña esperando un examen, o al dentista.
    Un hombre muy alto, don Julián Vallejo, se detuvo
    frente a ella, la mirada insolente y curiosa.
    – Don Julián -murmuró Deyanira.
    – Buenos días, señora —le dijo con distancia.
    – Don Julián -continuó-, esta joven dice que es su
    secretaria…
    – Efectivamente, Marta es mi secretaria.
    – Pero don Julián, yo soy Deyanira, he sido su secretaria
    desde hace seis años. Empecé a trabajar con usted en el
    edificio viejo, antes de pasarnos. Las facciones de don
    Julián se suavizaron un momento al contemplar la
    angustia de aquel rostro.
    – Mire, señora, usted está equivocada. Seguro me
    confunde con otra persona. Yo no la conozco a usted
    ni ha trabajado nunca en esta empresa que yo recuerde.
    ¿Por qué no se va a su casa y descansa? ¿Por qué
    no va al médico?
    Bajó la mirada. Tenía unas ganas infinitas de llorar.
    – Hágame caso, señora, vayase y tranquilícese. Don Julián
    le dio la espalda y se perdió en la luminosa oficina.
    La secretaria la miraba sin triunfalismos.
    Deyanira se levantó y arrastrando el zapato derecho
    lo más airosamente que pudo, salió a la calle.
    Colgando de la barra del autobús, permaneció con la
    mirada fija en ima mancha amarillenta del vidrio. No
    pensaba nada, excepto que era imposible pensar nada.
    Se bajó del autobús cuidando de no dejar perdido
    ningún zapato. Ya había caminado unos cincuenta
    metros cuando percibió que se había pasado
    de parada, que su casa quedaba muy lejos, que
    tendría que caminar cuesta arriba más de un kilómetro.
    Estaba muy cansada. Con paso cada vez más lento
    y fatigado llegó a la vía del tren. Allí se detuvo largo
    rato mirando a lo lejos. La añoranza de los rieles cuajó
    dolorosamente en su cerebro, un algodón duro en el
    mediodía canicular.
    El microbús escolar llegó a la casa al mismo tiempo
    que ella. Vio a su hijo mayor correr hacia el jardín
    pero no vio al pequeño.
    – ¿Qué se hizo Pablo? —le preguntó.
    El niño se volvió a mirarla.
    – ¿Cuál Pablo? -contestó.
    – Tu hermano, ¿quién va a ser?
    – Yo no tengo hermanos.
    La puerta de la casa se abrió en ese instante y el
    chiquillo se perdió en ella como una exhalación.
    Deyanira quedó inmóvil frente a la muchacha que
    la miraba con desconfianza.
    – ¿Qué se le ofrece?
    Junto a ella apareció otra mujer.
    – ¿Quién es, Dorita?
    – No sé, —refunfiíñó, y se fiae.
    – ¿Qué desea?, -preguntó sonriente la mujer.
    Deyanira miró sus dientes separados, su cabellera
    alborotada, sus ojos claros. Preguntó por preguntar,
    por pura inercia.
    – ¿Quién es usted?
    – Vera de Martínez
    – ¿La esposa de Luis Alberto Martínez?
    – Así es.
    Deyanira dio la vuelta despacio y atravesó el
    pequeño jardín mirando al suelo.
    Un automóvil se detuvo en ese momento frente
    al portón y Luis Alberto Martínez descendió
    apresurado. Desde la acera vio a una mujer que
    salía de su casa, la mirada ensimismada en sus
    zapatos azules.
    Observó con atención que, a medida que avanzaba,
    se iba haciendo cada vez más pálida y transparente,
    hasta que desapareció.

    SPERO LES SIRVAN DE ALGO LOS 2 CUENTOS 😀

  36. rosa dice:

    no encuentro el cuento “bocado de viento”

  37. rosa dice:

    ayudenme porfas no sean gachos

  38. monse dice:

    no encuentro el libro vocado de viento por fa envienmelo a mi correo antes del lunes

  39. lezlye dice:

    qe buena onda gracis no se quien eres pero muchisimas gracias

  40. ahtziri gonzales mora dice:

    me gustan jejeje

  41. leonela dice:

    porfa mandenme el cuento de bocado de viento me urge 🙁
    acuerdense el bocado de viento sale 🙂

  42. leonela dice:

    bocado de viento sale

  43. Rafael dice:

    el cuento del eterno transparente esta en la pagina de cuentosgratis.com pero ustedes sabran en donde puedo encontrar los siguientes libros:
    1.-EL MIEDO A LOS TELEGRAMAS
    2.-BOCADO DE VIENTO
    3.-QUIEN IVENTO EL MAMBO
    X FIS NO LOS ENCUENTRO

  44. julissa dice:

    no encontre el cuento de bocado de viento de arturo arias

  45. brenda dice:

    x fa necesito la reseña de la “estrategia del escorpion” me urge!!!!

  46. abrahan dice:

    no se nada de eso a yudenme x fa ok ?????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????

  47. kk dice:

    jajja yo vi eso en 2 de secundaria

  48. eli dice:

    quiero el cuento de bocado de viento donde lo encuentro