Una cabaña en Atitlán – C6

san pedro laguna Una cabaña en Atitlán   C6

Aunque en los últimos días atravesó San Pedro La Laguna, a Marco le resultaba igual que Santa Clara La Laguna, San Pablo La Laguna o San Juan La Laguna, conjuntos de edificaciones, una calle por la cual transitaban autos, personas y animales. Alguien le dijo que San Pedro la habitaban personas de la etnia Tzutujil. Recientemente, el pueblo era frecuentado por los turistas que encontraban Panajachel demasiado turístico, artificial y Santiago, demasiado indígena, sin las mínimas comodidades (colchones sin pulgas, no era mucho pedir).

Para llegar a San Pedro, los turistas atravesaban el lago, pasaban al other side, experimentando el oleaje, aproximándose a los volcanes. Todo un trip. Los lugareños, en cambio, usan el camino a la carretera panamericana, que transitaba Marco. Sin mayor transición entre sembradíos y casas de adobe, la carretera se transformó en una calle que lo llevó al parque. Estacionó a un costado de la municipalidad. Caminar resultaría mejor.

Con los primeros pasos en la calle de tierra, flanqueada por casas de adobe, en la que transitaban algunos indígenas y unas bestias de carga, sintió que se había trasladado a una época anterior. Una delgada anciana, vestida con ropaje tradicional, con los pies descalzos, cargaba sobre su cabeza una tinaja de barro. Unas mujeres de cabello trenzado ofrecían verduras, arrodilladas en la banqueta. Un hombre jalaba, con un lazo de henequén, a un burro cargado de cebolla. Otro, con las manos a un costado de la frente, como si se estuviese jalando el pelo, cargaba a mecapal unos costales. (more…)

Una cabaña en Atitlán – C5

La cabaña de madera era cómoda y maximizaba el paisaje. Lannie, la viuda de Michael, le dejó algunos muebles (como las camas, un sofá, una mecedora, una mesa de madera con dos bancas en el balcón del segundo nivel, el escritorio y las estanterías para los libros), trastos, las cortinas y plantas, insistiéndole en que las cuidara. Pero Lannie la dejó vacía de los adornos que la convierten en un hogar.

Las paredes fueron despojadas de cuadros, fotografías, máscaras y otros arreglos, aunque permanecía su huella. Marco colgaría sus pequeños tesoros emocionales, fotografías o artículos que le provocaran buenos recuerdos. Los objetos decorativos semejaban trofeos personales pues manifiestan la conquista de un instante de felicidad.

Dejó sus maletas en la sala, se sentó en la mecedora y, sin sentirlo, se quedó dormido. Se soñó explorando un bosque. Una leve brisa refrescaba su rostro. Los tonos verdes y ocres colorearon su deambular onírico. Despertó unas horas más tarde. Tenía tres llamadas perdidas, pero no quiso contestarlas ni escuchar los mensajes. Mientras desempacaba se percató de un pequeño error: no se abasteció de alimentos. Tendría que dirigirse al poblado más cercano para cenar y comprar lo mínimo. (more…)

Una cabaña en Atitlán – C4

lago atitlan cabana Una cabaña en Atitlán   C4

La nueva cabaña de Marco fue construida por Karl, un suizo a quien los lugareños llamaron “don Carlitos”, que la habitó por siete años. Karl la vendió a Michael, un canadiense retirado, quien la habitó por casi nueve años. Mientras atendía el huerto, Michael sufrió un paro cardíaco y murió. Lannie, su viuda, prácticamente remató la propiedad. Quería mudarse lo más pronto posible a un apartamento en Costa Rica, más sencillo de cuidar, siempre en clima cálido.

Una pared de piedra, con un rústico portón de madera, marca el inicio de la granja. Del otro lado de la pared, un bosque de pinos, pinabetes y árboles frutales, en cuyas sombra florece el café. Luego de un breve terreno con un ligero declive, se alcanza el área para las hortalizas, una galera que sirvió para las bestias, una terraza para secar el café, un minúsculo campo y un cobertizo para estacionar vehículos.

La cabaña se ubica a la izquierda, aprovechando el declive del terreno, y a la derecha hay una pequeña terraza, con una mesa y una churrasquera. La cabaña, con su techo a dos aguas recubierto por tejas, cuenta con tres niveles. La puerta principal se ubica en un costado de la cabaña y abre al segundo nivel, a la sala, cocina y comedor, frente al ventanal y balcón. (more…)

Una cabaña en Atitlán – C3

guatemala Una cabaña en Atitlán   C3

Al iniciar el ascenso hacia San Lucas, lo embargó una sensación confusa. Se desprendía de la capital, como si hasta entonces la hubiera cargado cual caparazón. La ciudad se había convertido en un descomunal laberinto en donde, cual ratón de laboratorio, corría de un lado a otro, azotado por luces de colores, esquivando obstáculos y oprimiendo botones que igual le proporcionaban una recompensa o un choque eléctrico.

Si bien algunos poblados inspiraban nostalgia o algarabía, como Antigua o Livingston, la ciudad sólo le inspiraba una sensación de encierro. Acaso la frustración era el sentimiento que vinculaba a quienes habitaban aquella aglomeración de viviendas y comercios, entre lomas y barrancos, de calles sucias y estrechas.

Entre Mixco y San Lucas en la carretera hacia el occidente comienza lo que los citadinos llaman, con autosuficiencia y cierto dejo metafísico, “el interior”. Así denominan todo el territorio del país, a excepción de la ciudad, considerada el centro en esa antojadiza segmentación del ser nacional. Si el sentimiento común en el centro es la frustración, caracterizada por la escena del tráfico o el bus aglomerado; en el campo es la inmovilidad, ejemplificada por los sembradíos o las vacas pastando. Se trataba de una dinámica extraña y no siempre dicotómica, entre la actividad frustrada de la urbe y la energía en potencia de la provincia, entre la concentración citadina y la dispersión rural. (more…)

Una cabaña en Atitlán – C2

ciudad guatemala Una cabaña en Atitlán   C2Marco salió de la agencia a media mañana, sin despedirse. No tenía por qué hacerlo. No se mudaba al otro extremo del mundo. Sólo a una distancia suficiente para pensar que se trataba de un área remota, situada en un período histórico anterior a la modernidad. Además, sus compañeros de trabajo planificaban una fiesta de despedida en su honor.

Los rumores sobre su partida se esparcieron con normalidad. Algunos retrataban la fuga como el preludio de un suicidio, una homosexualidad reprimida o a un romance con una gringa millonaria pero anciana. Imposible contrarrestar el vendaval de chismes, en particular porque la mayoría se deleitaba especulando con la vida ajena, un aderezo a los sinsabores cotidianos. Para los compañeros, que estuviera agotado no era razón suficiente. Siempre había algo más. Algo. No importaba qué.

Marco se llevó las fotos, los libros y una pequeña bolsa con afectos personales. Su huella en la agencia se reducía a eso. De la casa, un par de maletas con ropa, libros, música y la computadora portátil. No necesitaba más.

Por comodidad o indolencia, aún vivía con sus padres, en una casa con jardín y árboles frutales, en el barrio de Ciudad Vieja. El abuelo paterno la estableció en un campo en las afueras. Con el crecimiento de la ciudad, los baldíos se convirtieron en residencias, comercios, restaurantes y hasta en el campus de la universidad más prestigiosa del país. Buscaba emanciparse. Ocupaba la habitación del fondo, frente a la pileta, donde sus abuelos guardaron enseres y cachivaches. Pero no gozaba como soltero. Vivía pendiente de regresar temprano o de avisar si pernoctaba en otro lado, tras lo cual siempre se sentía culpable. Esa situación le resultaba incómoda, forzada, sin alternativa.

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Una cabaña en Atitlán – C1

lago atitlan Una cabaña en Atitlán   C1

Marco descubrió “un pequeño paraíso privado” en un apacible remanso del Lago de Atitlán. (Pensaba que sería el lugar ideal para dedicarse a escribir, su anhelo secreto). El lunes en la reunión de la agencia de publicidad lo anunció como si se tratara del mítico reino de El Dorado o la Fuente de la Eterna Juventud y no una simple granja con una cabaña de madera. Por eso presentó su renuncia irrevocable.

A sus compañeros, café en mano, no les tomó por sorpresa. Siempre hablaba de romper las ataduras y lanzarse a vivir al natural. Mientras desarrollaba el concepto de “aventura” en los anuncios, Marco discurría sobre posibles viajes por Europa, India, Asia, aunque fuera Sudamérica. Añoraba dedicarse al nomadismo, vagando sin rumbo, escribiendo, entregado a “los placeres que las demás culturas nos ofrecen”. Los amigos hasta le daban cuerda. Los relajaba escuchar las ensoñaciones de un creativo yuppie con inclinaciones hippies. El apego por aquel ideal romántico los divertía.

Pero ninguno le creía aquellas historias de evasión, oscilando entre la aventura nómada y el aislamiento ermitaño. Lo tomaban como una aspiración bohemia que se confiesa, bajo los efectos de las copas, para compensar la irremediable frustración diaria, los pagos a fin de mes, los líos con las mujeres. No eran mentiras ni exageraciones sino un desahogo, un anhelo imposible, como algunos hablan de acostarse con Shakira o Scarlett Johansson.

Esta vez Marco… ¡realmente había perdido un tornillo! Un silencio pegajoso se expandió por la sala de juntas mientras asimilaban la absurda deserción de su forma de vida. Según ellos, los publicistas y los mercadólogos son los pioneros de la modernidad, pues promueven la libertad, las oportunidades, la renovación y el consumo. Combaten por obtener, consolidar y ampliar segmentos, franjas, posiciones, shares.

El mercado es un campo sensual, que estimula los sentidos por múltiples pulsiones eróticas. El intercambio motivado por las más intensas emociones conforma las relaciones establecidas por capricho o necesidad, entre los caprichos de la demanda y las limitaciones de la oferta (la deprimente paradoja humana: los deseos son infinitos; los recursos para satisfacerlos, no). La naturaleza les sirve para relajarse, descansar y usarla mil veces como ideal. Al afirmar la utopía primitivista, le asestaba un golpe (¿contundente?, ¿inútil?) al ethos de sus amigos. (more…)

Guatemalan Journey by Stephen Connely Benz

guatemalan journey Guatemalan Journey by Stephen Connely BenzGuatemalan Journey (1996) by Stephen Connely Benz, based on his experiences in the country as a Fulbright Scholar from 1988 to 1990, provides a relentless accurate view of Guatemala. Divided in two almost equal halves, “Guatemala City” and “Roads and Texts”, part narrative, part essay, this intense travel journal by Benz is able to capture the complete ironic predicament of a country that lives in a permanent effort to evade its reality.

As an outsider wandering through the beauty, the mystery and the misery of Guatemala, Benz provides an independent view, at times sarcastic, angry or even sad, but always precise and honest. His writing is not a simplistic, one-dimensional rant but a complex, well thought-out reflection, usually offering a historical perspective on conflictive or divisive issues. At looking at (or better yet, examining) Guatemala, Benz is also looking at his own country, and the paradoxical relationship between the two.

Even if I doubt that some of the situations happened exactly as described, such as the conversation about Menchu or over Election Night at the American Club, they were certainly possible, since we’ve all heard about or lived through similar situations. Some of his findings are hard to face but facing reality has never been easy. (more…)