Una cabaña en Atitlán – C1 November 9
Marco descubrió “un pequeño paraíso privado” en un apacible remanso del Lago de Atitlán. (Pensaba que sería el lugar ideal para dedicarse a escribir, su anhelo secreto). El lunes en la reunión de la agencia de publicidad lo anunció como si se tratara del mítico reino de El Dorado o la Fuente de la Eterna Juventud y no una simple granja con una cabaña de madera. Por eso presentó su renuncia irrevocable.
A sus compañeros, café en mano, no les tomó por sorpresa. Siempre hablaba de romper las ataduras y lanzarse a vivir al natural. Mientras desarrollaba el concepto de “aventura” en los anuncios, Marco discurría sobre posibles viajes por Europa, India, Asia, aunque fuera Sudamérica. Añoraba dedicarse al nomadismo, vagando sin rumbo, escribiendo, entregado a “los placeres que las demás culturas nos ofrecen”. Los amigos hasta le daban cuerda. Los relajaba escuchar las ensoñaciones de un creativo yuppie con inclinaciones hippies. El apego por aquel ideal romántico los divertía.
Pero ninguno le creía aquellas historias de evasión, oscilando entre la aventura nómada y el aislamiento ermitaño. Lo tomaban como una aspiración bohemia que se confiesa, bajo los efectos de las copas, para compensar la irremediable frustración diaria, los pagos a fin de mes, los líos con las mujeres. No eran mentiras ni exageraciones sino un desahogo, un anhelo imposible, como algunos hablan de acostarse con Shakira o Scarlett Johansson.
Esta vez Marco… ¡realmente había perdido un tornillo! Un silencio pegajoso se expandió por la sala de juntas mientras asimilaban la absurda deserción de su forma de vida. Según ellos, los publicistas y los mercadólogos son los pioneros de la modernidad, pues promueven la libertad, las oportunidades, la renovación y el consumo. Combaten por obtener, consolidar y ampliar segmentos, franjas, posiciones, shares.
El mercado es un campo sensual, que estimula los sentidos por múltiples pulsiones eróticas. El intercambio motivado por las más intensas emociones conforma las relaciones establecidas por capricho o necesidad, entre los caprichos de la demanda y las limitaciones de la oferta (la deprimente paradoja humana: los deseos son infinitos; los recursos para satisfacerlos, no). La naturaleza les sirve para relajarse, descansar y usarla mil veces como ideal. Al afirmar la utopía primitivista, le asestaba un golpe (¿contundente?, ¿inútil?) al ethos de sus amigos.
Sospechaban que, más que una renuncia, presenciaban un suicidio. Marco cometía un gesto innecesario, improductivo y soberbio, como el de un artista. Durante el breve silencio, sopesaron la valoración que le adjudicaban: señas particulares, ninguna; cabello negro, ligeramente ondulado; un metro setenta de altura. Coleccionaba comics, películas, revistas y música. Le gustaba la parranda y el fútbol. Lo consideraban un buen creativo pero tal vez sólo era un pobre diablo.
Abandonaba la vida cómoda, privilegiada, dinámica, cosmopolita, que le permitía conocer personas (algunas interesantes, todas influyentes), conectar mujeres (hermosas, en la plenitud sexual), para refundirse en el culo del mundo por un sueño pasado de moda. ¿Cómo se permitía saltar hacia atrás en la evolución progresiva de la humanidad, para perseguir el trasnochado anhelo de los hippies?
Con una absurda cara de felicidad, Marco les contó que ese mismo día “alzaba vuelo”. Enrique, el dueño de la agencia, lo vio con una seriedad que paralizó a todos, pues consideraba que el trabajo no era un juego ni un pasatiempo sino una guerra abierta contra múltiples enemigos. El contraste resultó conjetural: uno, vestía una camiseta, pantalones flojos, sandalias, un tanto despeinado, una barba de tres días y una expresión de completo relax y el otro, afeitado al ras, con el cabello engominado, una corbata de seda y una expresión de absoluta seguridad en sí mismo. A punto de cumplir treinta, Marco simbolizaba lo mejor de los creativos emergentes. A mediados de sus cuarenta, Enrique era un empresario innovador, capaz de ser responsable y cumplido, sin abandonar cierta irreverencia y frescura juvenil. Entre ambos, el resto: inquietos, parranderos, de veintitantos, abriéndose camino por el mundo.
Su amistad parecía perfecta. Sin embargo, la relación se desgastó: desde el manejo doméstico de la agencia hasta la decisión de Enrique de encargarse de la campaña política de uno de los candidatos a presidente. Nadie lo discutía: el candidato era un idiota pero invertiría millones en su descabellada ambición. Enrique no lo consideraba un compromiso político sino que como un producto más a impulsar (resultaba demasiado fácil compararlo con un detergente; en todo caso, con un purgante).
Marco tenía múltiples tareas: las reuniones con los clientes, coordinar con los creativos, las encargadas de las cuentas y tráfico (la quiniela futbolística y la competencia por Marilú, la nueva recepcionista).
― No te preocupes – dijo Enrique con una calma ejemplar: Te pido únicamente que le indiques a Rodrigo cómo quedan los pendientes… ¡Felicidades, Rodrigo! Ahora serás director del área creativa. Aura, haga el cálculo de los servicios profesionales prestados por Marco hasta el día de hoy, prestaciones y demás. Luego me pasa el cheque correspondiente para que lo firme lo más pronto posible. Creo que hablo por todos, ha sido un gusto trabajar con vos. Nada más espero que atiendas la fiesta de despedida que organizaremos en tu honor y te deseo buena suerte.
Enrique le dio un abrazo de dos palmadas en la espalda y el rostro volteado. Algunos se asustaron al ver su expresión de hipocresía o disgusto. Marco efectuó una ronda de abrazos y se retiró a despejar su oficina.
Álvaro se quedó pensando en la amistad de casi seis años, surgida en la universidad, en las parrandas, en los sábados de fútbol. Perdía un alero. Ignoraba la motivación de la renuncia, pues se había distanciado de Marco, Rodrigo y los demás. Álvaro iniciaba un noviazgo serio. Conoció a Beatriz una noche en la que bebieron más de lo recomendable. Pasaron a desahogarse a un motel, antes de llevarla a casa para que retornara al papel de niña mimada, con expresión de inocencia y castidad.
Algo tan común en la clase media del país: la personalidad desdoblada, el rostro social y los gestos privados, entre el fingir y el gozo (el fingir gozo o el gozo de fingir). Cuando la ilusión se agotaba, cada cual regresaba a su tribu: Beatriz con sus amigas del colegio y Álvaro con sus amigotes, con quienes salían en busca de chicas y, por lo general, tan sólo lograban emborracharse . A veces se metían con unas mujeres que no conseguirían trabajo ni de espantapájaros. Con el primer trago, perdían el control de calidad; hasta les decían Power Rangers, porque se agarraban con cada fiera. El peor era Estuardo, director de tráfico, quien se acostaba con las vendedoras ambulantes, entradas en años y/o en carnes, que llegaban a ofrecer sus productos a la agencia. Ejercerían la promiscuidad hasta que los alcanzara el matrimonio (por las buenas o por dejar embarazada a la chica de turno) o por algo inexplicable, como le sucedía a Marco.
En una salida reciente, entre la penumbra y música estridente, mientras bebían, Marco se quejó de sentirse “quemado” (burnt out).
― El cuerpo me pesa como nunca. Hasta las rodillas me duelen. Me la paso comiendo, aunque no tenga hambre. Ya ni le encuentro sabor a la comida. No engordo sólo porque me enfermo del estómago a cada rato. Padezco insomnio. Ya ni las pastillas para dormir me hacen efecto. Me las tomo y sólo me dan dolor de cabeza. He perdido el apetito sexual, aunque no del todo. Tengo mis episodios, por ejemplo, ayer, después de bailar, estaba con una jovencita y no le pude hacer nada. Mi cuerpo estaba como entumecido y eso que no estaba ebrio. Simplemente estoy agotado.
Hay temporadas en que las agencias brotan hasta debajo de las piedras. Cualquiera habilita una línea telefónica, compra dos computadoras Apple, mesas de pino, alquila una oficina en el Edificio El Centro o en Géminis y alucina que tiene una agencia. Un día contratan anuncios de página entera en los diarios, activan su webpage y al otro ni rastro. Algunos escalan rápido y pronto ganan buen dinero como creativos, socios o dueños. Muchos no aprenden a manejar el stress y se queman. El agotamiento era una etapa predecible. En los negocios: o pisan el acelerador o, quien acelere, los pisa…
En pocos años, Marco trabajó en más de cien campañas, ascendió rápido de copy a director creativo y se le agotaron las fuerzas. No sabía qué hacer con tanto dinero y tan pocas energías, con tantas expectativas sobre su trabajo y ya sin sentir la más mínima inspiración. De un comercial a otro, entró en la crisis too fast, too soon, un cortocircuito inevitable. En medio de aquella tormenta personal, pensó que la solución era marcharse lo más lejos posible de la furia de los negocios, antes que consumiera la más intima fibra de su alma. Cortar por lo sano y procurar la paz espiritual en el manso reposo de una cabaña situada en las orillas del hermoso lago de Atitlán. Para sanar, su alma necesitaba un ambiente puro, o al menos eso creía.



ivanmendoza Nov 9
Me gusta. Me gusta porque de alguna forma entendí las situaciones, por conocidos o porque me reconocí en alguna de ellas.
Como diría @omarvelz en su libro “Es una pizca de anormalidad en un mundo normal. Una exquisitez a la vista.”
Ronald Nov 10
Ivan, me alegre que te guste. Ojalá te guste el resto. Saludos!
Cristián Nov 10
Hola vos, ya se que tiene que terminar mal la historia por las reglas del cuento chejovianas y todo, pero ese es el R. Flores que yo leí alguna vez hace años, relato ágil, habilidoso y hablando, sin entrar al lenguaje común, del día a día de nosotros yuppies (en el relato es una agencia de publicidad y Marco un creativo, pero puede ser en un hospital, oficina de abogados o un banco) y definitivamente identifico, con sus diferencias, las actitudes de nosotros clase media y la desesperación del éxito y tan relativo que este es.
Adelante, que bueno volver a encontrar un relato por aca.
Saludos,
Ronald Nov 10
Cristián, gracias por tu comentario y talvez tu vaticinio se cumpla. Ojalá te guste el resto… Saludos!
Juan Pablo Dardón Nov 10
Sabroso. En espera de más!
Ronald Nov 10
Gracias, Juan Pablo. Saludos!
javier Nov 11
chilero
Mario Nov 11
Me gusta la posibilidad que tenés para que las intertextualidades puedan ser más directas a través de un link. Esperamos el resto de los capítulos. Un abrazo.
Ronald Nov 11
Precisamente, Mario. Gracias por tu comentario y resaltar los links. Después de escribir con links, una hoja de papel (incluso papel web) me parece so last century. Saludos!
Juan Murillo Nov 11
Qué bueno que lo publicaste Ronald. Encontraste casa para los demás?
Jessie Nov 15
¡Interesante! Me llama la atención, sobre todo, el ejercicio de intertextualidad cibernética. Entonces, una lectura se multiplica y, más que leer una novela, se está leyendo una ideología completa. (¡oh, Scarlett Johansson!)
Ahorita le entro al siguiente capítulo…
¿Qué pasará entre Marco y Álvaro?
¿Por qué el jefe aceptó la renuncia tan fácilmente?
¿Cómo la campaña para el partido político afectó las relaciones internas de la agencia de publicidad?
chan, chan, chan…
omarvelz Jan 8
Recuerdo que nos comentaste este proyecto en la reunion de Lectores Chapines del año pasado, pero recién ahora me entero que ya va bastante avanzado.
Me gustó como ha iniciado y seguro que en nada me pongo al día.
Saludos Ronald y gracias por compartir esto con nosotros.