Una cabaña en Atitlán – C2

ciudad guatemala Una cabaña en Atitlán   C2Marco salió de la agencia a media mañana, sin despedirse. No tenía por qué hacerlo. No se mudaba al otro extremo del mundo. Sólo a una distancia suficiente para pensar que se trataba de un área remota, situada en un período histórico anterior a la modernidad. Además, sus compañeros de trabajo planificaban una fiesta de despedida en su honor.

Los rumores sobre su partida se esparcieron con normalidad. Algunos retrataban la fuga como el preludio de un suicidio, una homosexualidad reprimida o a un romance con una gringa millonaria pero anciana. Imposible contrarrestar el vendaval de chismes, en particular porque la mayoría se deleitaba especulando con la vida ajena, un aderezo a los sinsabores cotidianos. Para los compañeros, que estuviera agotado no era razón suficiente. Siempre había algo más. Algo. No importaba qué.

Marco se llevó las fotos, los libros y una pequeña bolsa con afectos personales. Su huella en la agencia se reducía a eso. De la casa, un par de maletas con ropa, libros, música y la computadora portátil. No necesitaba más.

Por comodidad o indolencia, aún vivía con sus padres, en una casa con jardín y árboles frutales, en el barrio de Ciudad Vieja. El abuelo paterno la estableció en un campo en las afueras. Con el crecimiento de la ciudad, los baldíos se convirtieron en residencias, comercios, restaurantes y hasta en el campus de la universidad más prestigiosa del país. Buscaba emanciparse. Ocupaba la habitación del fondo, frente a la pileta, donde sus abuelos guardaron enseres y cachivaches. Pero no gozaba como soltero. Vivía pendiente de regresar temprano o de avisar si pernoctaba en otro lado, tras lo cual siempre se sentía culpable. Esa situación le resultaba incómoda, forzada, sin alternativa.

Marco aún dependía de sus padres, casi como una criatura de brazos. No era el único. La mayoría de sus amigos, adultos ya, con empleos, título universitario, aún viven con sus padres, estancados en los roles de la infancia, apegados a la rutina doméstica, pendientes de las caricias de mamá y los regaños de papá, quienes les enseñan a no abandonar el nido: “para qué vas a ir a pagar renta, si aquí siempre tenés tus frijolitos”. Las mamás les hacen la comida, les lavan la ropa, les tienden la cama. Los nenes hasta le piden dinero a su papá. Nunca, o casi nunca, pagan la luz, el agua, el servicio de extracción de basura o un supermercado.

Aportan nada y lo esperan todo. Hasta los estudiantes de la Marroquín, no tienen ningún reparo en demandar el subsidio paterno. Una hipocresía similar aqueja a los de la católica Landívar o de la protestante Gálvez, pues prácticamente conviven con sus parejas, sin habitar con ellas. Copulan en el asiento trasero del carro, en los moteles y cohabitan los fines de semana en que visitan Antigua, Pana o la playa. Pero se comportan como los inocentes niños y niñas de papi y mami que aún no son capaces de valerse por sí mismos.

Algunos siguen con sus papás después de casarse. Llevan a su cónyuge a vivir a la habitación que ocupan desde la infancia, a la cama con sábanas de Superman o Batman, en la casa que a veces también comparten con sus abuelos, cuñados y concuños, el denso nudo de la parentela, la compleja maraña de las relaciones entrecruzadas.

Marco quería romper con esa dependencia y establecer una sana distancia con sus padres y demás familia. No entendía quién le autorizó a sus tías, tíos, primas, primos, abuelitas, a meterse en sus asuntos. En la interminable hermenéutica de los hechos cotidianos, la disección minuciosa de las vidas ajenas, nunca se apegaban a la realidad sino que esparcían, con impunidad y desparpajo, suposiciones, fantasías, elucubraciones y delirios. Nadie les pedía opinión ni consejo, pero los emitían con una insistencia y un autoritarismo desesperante. Con las novias se llevaba a cabo el más riguroso escrutinio.

Sólo les faltaba someterlas al detector de mentiras. Marco sospechaba que las investigaban (siguiéndola, examinando su historial crediticio, circulando su nombre en la red de comadres). Marco buscaba desprenderse de aquel horripilante entramado de parientes, que se entregan al chisme y a hacerle la vida imposible a cualquiera que no ejerza sus prejuicios y cumpla sus deseos. Tan sólo quería sentirse libre, tranquilo, en paz.

Pasó a despedirse de su madre, quien aún se encontraba en la cocina. Todos los días salía a “hacer mandados”. Prefería caminar que subirse a las camionetas o usar auto. Deambulaba ligeramente encorvada, con los brazos pegados al torso, la mano derecha apretando el viejo monedero, con el suéter azul de siempre y las viejas zapatillas. Su madre, como tantas otras señoras, fungía como reportera del vecindario, canales de la información que constituyen el DNA de la vida citadina, con sus pequeñas intrigas y grandes angustias, escasa en satisfacciones y abundante en frustraciones. Demoró el abrazo. No estaba muy contenta de que Marco se mudara al “medio de la nada”. Preferiría que renunciara, pero que se quedara en la ciudad.

― Ay, mi’jo – le dijo mientras se secaba las manos en el delantal: Usted tiene el derecho de hacer lo que considere mejor. No me tome a mal. Si yo lo que quiero es que sea feliz. Con tal de que no se olvide de su mamaíta y me venga a ver, no hay problema. Espero que me llame para saber cómo le va, si hay algo en que lo podamos ayudar.

Culpaba de la decisión a alguna muchacha, pero se lo calló, censurando el comentario sarcástico porque resultaría contraproducente. Su padre, el doctor, estaba en el hospital cuando Marco se marchó. Salió de casa, metió las cosas al todo terreno y… desertaba; más bien, se emancipaba. Necesitaba salir de aquel enredo de calles, edificaciones y vehículos. Pocas cosas le enfadaban tanto como quedar atrapado en el violento tráfico de las horas pico, bocinazos, insultos, choques y peleas.

En su auto, tomó la 4 calle y dobló en Reforma, para despedirse del toro petrificado a medio bulevar, frente al Ministerio de Relaciones Exteriores. La Reforma, esa calle que, curiosidad nominativa, une Los Próceres con el CACIF, pasando frente al Ministerio de la Defensa; o bien, señas más amables, de las Américas al Estadio, pasando por el Jardín Botánico. Escuchaba el disco de Malacates Trébol Shop, el Ska enérgico de los muchachos de trajes negros y corbatas flojas…

“Toqué y toqué el portón que no se abrió,/ otra puerta se cerró, y arranqué sin pensa / qué es lo que iba a pasar, ya no sé a quién más buscar…”

Malacates fue lo mejor que le pasó a la lacrimosa música pop guatemalteca. Al recorrer la historiografía del pop local, a Marco le gustaban algunas de esas tonadas melancólicas de Alux, empalagosas de Arjona y depresivas de Bohemia, pero prefería el ritmo alegre y desenfadado de Malacates que tomaba el rompimiento como oportunidad y no como el preludio de un suicidio emocional. Lástima que se habían dedicado más a producir gingles para una cerveza que a generar canciones propias. Pasó frente a la estatua de Montufar (el monumento al ocio) y la de Miguel Ángel Asturias (a la obesidad). En la rotonda del Obelisco, enfiló hacia el occidente. El Bulevar Liberación era una vía aprisionada por el tráfico.

“Y cansado de buscar amores y perdido en un mar de ilusiones/ sin dinero ni con quién estar, es el precio que debo pagar/ por confiar en promesas vacías, he perdido hasta mi propia vida/ y ahora me quedo en un bar, esperando que llegue el final…”

Observó dos de sus creaciones (“panorámicas efímeras”) en vallas gigantes: la primera, frente al monumento de Tecún Umán, el héroe indígena semi-oculto bajo un paso a desnivel; la otra, unos cien metros antes del puente de Pamplona. Ambas transmitían el concepto “rompe con lo establecido”. Recordar el proceso creativo que lo llevó a diseñarlas mientras circulaba por el Bulevar Liberación fue una bella ironía. Tan bella como la sonrisa de Julia, la joven que posó para la fotografías, horas antes de terminar en sus brazos, susurrándole cuestiones que ninguno de los que la veían en ese anuncio hubiera imaginado.

Julia, aparte de una mirada dulce y un busto generoso, tenía dos niños de padres diferentes y andaba con un tipo rudo, de ocupación sospechosa. Marco no quería complicarse ni siquiera por una mujer encantadora. Julia era especial. Sin embargo, como ella habían miles, con distintos niveles de educación, provenientes de todas las zonas de la capital, de los más variados poblados de provincia y del resto de países centroamericanos. Chicas hermosas y soñadoras, aspirantes a modelos, en pos de fama o confort. Todas se morían por aparecer en la portada de Amiga en una valla publicitaria, en un anuncio de televisión, larger than life, bellas, sensuales, glamorosas y sonrientes.

Anhelan ser admiradas sobre el escenario de la vida pública representando el papel de la joven hermosa que tiene al mundo a sus pies, distinto de lo que sucede en la penumbra del mundillo del espectáculo en un país pequeño con aspiraciones cosmopolitas. Muchas de ellas, a altas horas de la noche, de rodillas, dedicadas a sus grandes aspiraciones, en la lenta espiral descendente de modelo para revista a edecanes en las ferias cantonales, ropa ajustada y oscuras ojeras…

Durante cinco tardes lluviosas, hizo posar a Julia para las imágenes comerciales. Ante la cámara en reposo, acarició la piel desnuda y se estremeció con Julia, generosa para el placer. Luego Marco le puso fin al asunto. Al mes, aún recibió un par de llamadas a media noche de Julia, ebria y solitaria.

“Si tú te vas, es porque debe pasar, lo que pasó/ ya no me importa más, si tú te vas, ya no me importa más/ porque mañana, en otros brazos voy a estar…”

Distinguió las pasarelas del Guarda, como lagartijas atravesadas sobre el bulevar. La doble pasarela funcionaba como un mercado de pulgas suspendido sobre el tráfico. Debajo, se atollaban los buses como una torpe manada de rinocerontes. Hacía un siglo, el Guarda fue la garita que resguardaba la capital, ahora es un extenso mercado informal, el mega-mall de la mercadería pirata.

El Trébol, un pequeño Times Square, con la valla que, cuando no anuncia el auto del año, promociona al candidato de los grupos tradicionales, el rostro agigantado con la sonrisa torva de quien codicia el poder. Frente al hospital Roosevelt, los campos de fútbol más tristes de la ciudad, un tierrero en medio de basureros, rodeados de las cantinas y prostíbulos, no por coincidencia situados a la par de las Facultades de Medicina y Psicología de la Universidad de San Carlos.

Tomó por la Roosevelt hacia Mixco, pasando frente Tikal Futura, la galera del Hiper Paiz, el Comercial Peri-Roosevelt, el legendario Omni, que Marco conocía bien, ubicado en el Túnel del amor, como llamaban a ese trecho donde abundan los moteles discretos. Tarde o temprano, todos los noviazgos y los encuentros casuales conducen hacia el Omni, el juego de espejos a través del vapor del baño turco, un centenar de habitaciones diseñadas de manera estrambótica según la cartografía estereotipada del erotismo…

Ahora sólo quería alejarse, abandonar la ciudad, lo más pronto posible.

3 comments

  1. Cristián Nov 12

    cuando este concluido quiero hacer comentarios mas largos, pero por el momento, me sigue gustando mucho el relato, adelante… creo que es disección generacional lo que estas exponiendo, muy de uno creo yo.

  2. Ronald Nov 12

    Cristián, gracias por seguir leyendo. No sé si es disección generacional. Es tan sólo una ficción ;) Saludos!

  3. Jessie Nov 23

    Me gusta la mezcla entre lo geográfico y lo temporal; de esa forma, se puede notar el influjo de lo Pop y lo histórico en la Generación de los Peter Pan. Me llama la atención la no referencia a la Del Valle.

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