Una cabaña en Atitlán – C3

guatemala Una cabaña en Atitlán   C3

Al iniciar el ascenso hacia San Lucas, lo embargó una sensación confusa. Se desprendía de la capital, como si hasta entonces la hubiera cargado cual caparazón. La ciudad se había convertido en un descomunal laberinto en donde, cual ratón de laboratorio, corría de un lado a otro, azotado por luces de colores, esquivando obstáculos y oprimiendo botones que igual le proporcionaban una recompensa o un choque eléctrico.

Si bien algunos poblados inspiraban nostalgia o algarabía, como Antigua o Livingston, la ciudad sólo le inspiraba una sensación de encierro. Acaso la frustración era el sentimiento que vinculaba a quienes habitaban aquella aglomeración de viviendas y comercios, entre lomas y barrancos, de calles sucias y estrechas.

Entre Mixco y San Lucas en la carretera hacia el occidente comienza lo que los citadinos llaman, con autosuficiencia y cierto dejo metafísico, “el interior”. Así denominan todo el territorio del país, a excepción de la ciudad, considerada el centro en esa antojadiza segmentación del ser nacional. Si el sentimiento común en el centro es la frustración, caracterizada por la escena del tráfico o el bus aglomerado; en el campo es la inmovilidad, ejemplificada por los sembradíos o las vacas pastando. Se trataba de una dinámica extraña y no siempre dicotómica, entre la actividad frustrada de la urbe y la energía en potencia de la provincia, entre la concentración citadina y la dispersión rural.

A partir de San Lucas, la carretera se adentra en territorio indígena, la parte del país en donde predominan los descendientes de las poblaciones precolombinas. El ascenso culmina en la meseta de Milpas Altas, antaño poblada de niebla y sembradíos. La familia de Marco solía frecuentar el mercado de San Lucas por un elote asado con limón y sal, acompañado por tostadas con fríjol, salsa o guacamol, un vaso de arroz en leche, atole de haba, elote o plátano. En el camino, entre cerros y ziguanes, abunda la milpa, el brócoli, la lechuga, el repollo, los breves bosques de pinos y pinabetes, aquellas intensas variaciones del verde. En la distancia, un volcán, las nubes, el azul celeste del cielo en el altiplano.

El lento descenso hacia Chimaltenango, pasando por El Tejar, la larga planicie de Patzicía hasta las proximidades de Tecpán y el lento ascenso de la entrada de Santa Polonia hasta las cumbres de Chupol. Los bosques de pino alternan con las parcelas de maíz, repollo o güicoy; las tradicionales casas de adobe y bajareque entre las nuevas construcciones de doble altura, financiadas por las remesas; los escuálidos caballos, las famélicas ovejas, los tristes perros.

Le gustaba el tramo entre Chupol y Cuatro Caminos, el andar en la cresta de los cerros, los instantes en que se divisaba el azul de Atitlán en la lejanía y las montañas de El Quiché como un oleaje telúrico cuyo movimiento se dilata a lo largo de los siglos. Atitlán es el centro del altiplano, ubicado en el lado izquierdo del mapa, una especie de corazón que bombea la energía emocional, originaria, hacia el resto del territorio.

Se imaginaba que recorría una pintura campestre. A veces, el agresivo conducir de los pilotos de los autobuses extra-urbanos por la estrecha cinta asfáltica le hacía pensar en una alargada pista de carritos locos. No obstante, le encantaba observar la variedad de cultivos en las laderas de los cerros. Existía cierta semejanza entre las pequeñas parcelas y los tejidos indígenas tradicionales. Si bien las mujeres realizaban los trazos en su vestuario, los hombres hacían lo propio en los sembradíos; ambos labrando con sus manos una obra de arte, un huipil multicolor para cubrirse a sí mismos, para cubrir la tierra.

Pocos kilómetros después de Chupol, se encuentra una serie de tiendas de artesanías, pequeñas galeras de block y láminas entre la carretera y los sembradíos. Marco no resistió la tentación de detenerse a husmear. Se bajó del auto y caminó hasta la entrada, en donde tenían unos baldes con duraznos, nísperos, manzanas y unas cubetas con una flores blancas llamadas cartuchos o lirios. El piso de tierra estaba húmedo, la temperatura era ligeramente fría y el ambiente olía a madera recién cortada.

“Buenas tardes” dijo pero nadie respondió. Caminó entre los sencillos muebles de madera, recubiertos o a medio recubrir con tinte oscuro, como sillas, mecedoras, mesas, estantes, trinchantes, armarios o espejos y una variedad de muñecos de jirafas, tigres y monos. También exhibían camionetas extra-urbanas de juguete, pelotas de tela y morrales de lana. Algunas máscaras colgaban en una pared.

Aquello distaba de los muebles de madera prensada, tapicería psicodélica y los adornos adquiridos en los supermercados que acostumbran los hogares de la clase media capitalina. El diseño interior de dichos hogares por lo regular se compone de una amalgama de los adornos en descuento en Hiper Paíz y regalitos adquiridos en tiendas 9,99, la máxima expresión de la rebaja del gusto estético. La mayoría prefiere esa estridente línea ornamental que equipar su casa con muebles sencillos, hechos en el país. Alguna vez se sorprendió en los hogares clase medieros ante lujosos trinchantes con los horrorosos juguetes de plástico que regala McDonald’s, ante una pared decorada con una toalla estampada con unos perros jugando billar o las espantosas muñecas que colocan sobre un rollo de papel higiénico.

― ¿Qué se le ofrece? – le dijo una voz melodiosa, proveniente del interior de la tienda.
― Estoy curioseando nomás. Muchas gracias.

Marco levantó una máscara rústica, que asemejaba un guerrero jaguar:
― ¿Qué cuesta esta máscara?
― A ver, ¿cuál decís? – dijo una joven mientras se levantaba de una silla, cuyo asiento estaba casi a ras del suelo.

La joven no pasaba de los quince años, tenía una larga trenza y vestía el traje tradicional de la región. Su rostro era simpático, agraciado, enmarcado por el vistoso colorido del huipil. Al acercarse, observó la máscara que sostenía. Dio el precio. Marco retornó la máscara a su sitio y la muchacha se sonrío.
― ¿Qué pasó? – preguntó Marco.
― Me da armonía… quienes no van a comprar nada siempre preguntan el precio de esa máscara.

Se sintió avergonzado.
― Ve pues.
― Eso hacen los capitalinos – aclaró la joven: La mayoría de las veces los gringos pasan y se llevan un su recuerdo, una máscara, una jirafa, aunque sea algo sencillo como un ramo de flores. Pero los capitalinos sólo pasan, trastean y nos dejan sus preguntas.

6 comments

  1. Manolo Nov 20

    Where are the hyperlinks? Just kidding. I’ve been wanting to comment with you a phrase that came out of my mouth when trying to explain the “situation” of Guatemala and the “war”: “It was like playing cowboys and indians, but just with the indians”… but really… all we do is leave them with our questions.

  2. Manolo Nov 20

    You may use this picture for this chapter:
    http://picasaweb.google.ca/lh/photo/Qf7Fe_TGDRYW0XiE_zdC9Q?authkey=Gv1sRgCNa_gJmS7NDHhgE&feat=directlink

  3. Ronald Nov 20

    Manolo, I know! I could’t find any that really suited the narrative, other than links to pictures. But this is no illustrated book. And your quote was kind of racist! Dude, you got to relax the cowboy in you! LOL. Thanks for the link and the footnote! Can you imagine if you could leave your comment at the end of chapters in other books? I would have loved to! Thanks again for your comments!

  4. mariano cantoral Nov 22

    Muy entretenido relato. Saludos R.

    M.

  5. Eduardo Juarez Nov 25

    Muy bueno maestro. Olí los colores, saboree el frio, sentí los colores y vi la contradicción.

    Felicitaciones

    Eduardo Juárez

  6. Ronald Nov 25

    Mil gracias por tu comentario, Eduardo!

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