Una cabaña en Atitlán – C4 November 23
La nueva cabaña de Marco fue construida por Karl, un suizo a quien los lugareños llamaron “don Carlitos”, que la habitó por siete años. Karl la vendió a Michael, un canadiense retirado, quien la habitó por casi nueve años. Mientras atendía el huerto, Michael sufrió un paro cardíaco y murió. Lannie, su viuda, prácticamente remató la propiedad. Quería mudarse lo más pronto posible a un apartamento en Costa Rica, más sencillo de cuidar, siempre en clima cálido.
Una pared de piedra, con un rústico portón de madera, marca el inicio de la granja. Del otro lado de la pared, un bosque de pinos, pinabetes y árboles frutales, en cuyas sombra florece el café. Luego de un breve terreno con un ligero declive, se alcanza el área para las hortalizas, una galera que sirvió para las bestias, una terraza para secar el café, un minúsculo campo y un cobertizo para estacionar vehículos.
La cabaña se ubica a la izquierda, aprovechando el declive del terreno, y a la derecha hay una pequeña terraza, con una mesa y una churrasquera. La cabaña, con su techo a dos aguas recubierto por tejas, cuenta con tres niveles. La puerta principal se ubica en un costado de la cabaña y abre al segundo nivel, a la sala, cocina y comedor, frente al ventanal y balcón.
El paraje se encuentra en un pliegue de las faldas del Volcán San Pedro, en la playa opuesta a Panajachel. La cabaña no se divisa desde el lago porque se encuentra en una pequeña bahía y queda cubierta por el bosque. Desde el lago se distinguen las flores sobre el muro de piedra y el viejo muelle de madera.
Detuvo la marcha frente al portón de madera y esperó que el polvo se asentara. Cuando bajó para abrir el candado del portón, descubrió a un anciano indígena, sentado en una piedra, recostado contra el muro. La piel de su rostro se asemejaba a un trozo de cuero gastado. Su sonrisa acrecentó las arrugas alrededor de la boca, de los ojos. Apenas si contaba con unos cuantos pelos gruesos, a manera de bigote. Sus anchos pies parecían que estuvieran hechos de lodo y piedras. El pantalón, de una tela rugosa, en algún momento fue de un color verde oscuro, lucía remiendos y parches. La camisa fue blanca pero estaba tan percudida que no se podía distinguir si fue gris o café. Tenía un machete al cinto y un sombrero de palma viejo en la cabeza, que se quitó con timidez, de forma ceremoniosa.
Marco se bajó del auto. Se hizo un silencio incómodo. Tan sólo se escuchaba el ruido del motor, canto de pájaros en la distancia y la música pop del auto, una canción de los calabazos.
No importa lo que dejemos atrás/ Vale por lo que iremos,/ Ándate acostumbrando al dolor (ándate acostumbrando)/ Ándate acostumbrando que es mejor (ándate acostumbrando)
― Buenas tardes.
El anciano dio un par de pasos hacia el frente:
― Buenas tardes, patroncito.
Se encontraba de pie, con la vista fija, con el sombrero entre las manos. Marco pensó que le pediría trabajo o tal vez limosna. Pero el anciano le quitó las dudas:
― Me llamo Gregorio Chavajay, para servirle a usted.
― Mucho gusto. Soy el nuevo dueño de la cabaña.
― Mucho gusto. Estas milpas que usted está viendo, sí, esas meras, son de este servidor. También los sembradíos de café en el terrenito a mano izquierda. Sí, ahí donde lo ve, desde la carretera hasta la orilla del lago, colindando con su propiedad. Pues aquí me sorprendió usted, tomándome un mi descansito nomás. Estuve platicándole a la milpa un su poquito, limpiándolas de mala hierba, procurando que se den bonitas. Todavía falta para la tapisca, pero igual requieren de su cuidado.
“Me contaron que un muchacho de la capital se había hecho con la propiedad de don Mike, que tan bueno que era. Yo lo estimaba mucho a don Mike. Una gran persona, viera usted. Pero ya se nos adelantó. Ahorita ya está tranquilo, descansando y uno todavía está aquí, mire pues, trabajandito un su poco porque no hay de otra. Mucho gusto, pues, no quiero entretenerlo. Que le vaya bien. Ahí nos estamos viendo”.
Marco le tendió la mano con amabilidad. El anciano se la estrechó con formalismo. Se sorprendió de lo áspera que era la mano del anciano, de lo sucia que estaba, de la mezcla de amabilidad y desconfianza que evidenciaron.
― Marco, para servirle.
Dijo su nombre como para quitarse la vergüenza. Era un campesino y no un pordiosero como pensó. Abrió la puerta.
― No tenga cuidado. Entre nomás. Yo cierro.
Se subió al auto y lo puso en marcha. Se detuvo unos segundos para cerciorarse que el anciano cumpliera. Por el retrovisor, observó cómo cerraba el candado. Se sintió mal. ¿Por qué motivo desconfió de aquel anciano inofensivo? Era lo más frecuente en Guatemala, un país tan enfrentado, tan desconfiado. Pero era justamente lo que debía cambiar, ¿pero cómo? ¿Por dónde empezar?
La incomodidad cedió a la sensación de bienestar. El bosque le quitaba el resuello y la anticipación del panorama del lago lo emocionaba. El aire mezclaba el aroma de los pinos con albahaca. Se imaginó pasando el resto de sus días absorbiendo la belleza de aquel paisaje.
Cuando bajó del auto, se detuvo para contemplar la huerta. Conjeturó dónde sucedió el apacible deceso del canadiense y realizó una comparación inevitable. Se vio sufriendo un paro cardíaco mientras hablaba con un cliente en la agencia, la mano derecha asiendo con angustia el mouse, la vista perdida en la intermitencia del cursor en la pantalla de la computadora, la nariz golpeando el teclado. La muerte de Michael fue bella y simple. Un hombre labrando la tierra, atendiendo los cultivos, frente al volcán San Pedro, de espaldas al lago de Atitlán. Marco cerró los ojos y se concentró para escuchar el latido de su propio corazón. Lo sintió como un animal vivo dentro de su pecho.



E. Cárdenas Nov 24
“El anciano dio un par de pasos hacia el frente:
― Buenas tardes, patroncito.”
“― Me llamo Gregorio Chavajay, para servirle a usted.”
Eso parece tomado de una película mexicana del S. de oro. O de una novela de Mario Monteforte, que es casi lo mismo.
Pero yo también quiero leer más.
Atte.
Manolo Nov 24
Gracias por los enlaces. Que lastima que hayan 80 pp en un reporte sobre la violencia en Guate. Esta escena me recuerda un post futuro (post post) que he tenido en mi cabeza para el blog de Rudy. El titulo tentativo The Gatekeeper. Solo para que no digas que te estoy copiando pues.
Ronald Nov 24
@Cardenas, Ni me había dado cuenta pero talvez haya algo de eso
@Manolo, I can’t wait to read The Gatekeeper
E. Cárdenas Nov 30
Buen día. Entiendo que no se haya dado cuenta, y hace tiempo que me parece que es así, desde que conocí sus libros, Ronald.
Lo que no entiendo es que le de risa, porque yo me refiero a los prejuicios sobre las clases sociales y los grupos étnicos que usted describe en sus novelas, a la forma en que lo hace.
Slds.
Ronald Nov 30
@ Cárdenas, no me río de su comentario. Al contrario. Creo que tiene razón y su comentario me simpatiza, no lo rechazo sino que lo acepto. Ya ve, uno intenta vencer los prejuicios y termina reproduciéndolos, a pesar de sus mejores intensiones. ¿Qué nos queda más que seguir intentando superarlos? De nuevo, gracias.