Una cabaña en Atitlán – C5

La cabaña de madera era cómoda y maximizaba el paisaje. Lannie, la viuda de Michael, le dejó algunos muebles (como las camas, un sofá, una mecedora, una mesa de madera con dos bancas en el balcón del segundo nivel, el escritorio y las estanterías para los libros), trastos, las cortinas y plantas, insistiéndole en que las cuidara. Pero Lannie la dejó vacía de los adornos que la convierten en un hogar.

Las paredes fueron despojadas de cuadros, fotografías, máscaras y otros arreglos, aunque permanecía su huella. Marco colgaría sus pequeños tesoros emocionales, fotografías o artículos que le provocaran buenos recuerdos. Los objetos decorativos semejaban trofeos personales pues manifiestan la conquista de un instante de felicidad.

Dejó sus maletas en la sala, se sentó en la mecedora y, sin sentirlo, se quedó dormido. Se soñó explorando un bosque. Una leve brisa refrescaba su rostro. Los tonos verdes y ocres colorearon su deambular onírico. Despertó unas horas más tarde. Tenía tres llamadas perdidas, pero no quiso contestarlas ni escuchar los mensajes. Mientras desempacaba se percató de un pequeño error: no se abasteció de alimentos. Tendría que dirigirse al poblado más cercano para cenar y comprar lo mínimo.

Ignoraba cuál de los dos poblados, si San Pedro La Laguna o Santiago Atitlán, le quedaba más cerca. Dispuso ir a San Pedro para afianzar el sentido de pertenencia para lo que ya era su camino a casa. Mientras transitaba por aquel viejo y polvoriento trayecto, una especie de cicatriz en las faldas del volcán, reflexionó sobre su decisión impulsiva. Si hace una semana, una lectora de las líneas de la mano le hubiera dicho que se mudaría hacia Atitlán, se hubiera reído.

Aunque acostumbró al ambiente de la agencia, ya no soportaba trabajar para una organización semi-esclavista. Por ejemplo, Laura, la directora de edición para los spots televisivos, una muchacha dulce y recién graduada, pasaba el día entregada a los rushes, editando imágenes y sonido por un sueldo miserable, mientras que Enrique llegaba un par de horas pero ganaba tanto que hasta se compró un yate nuevo para relajarse en el Caribe, porque el anterior lo usaba en el Pacífico.

En la agencia, la división social del trabajo era básica y feudal: el amo siempre salía ganando. Los trabajadores parecían encomendados a su cuidado, como en el viejo orden colonial. Marco se fue percatando de las fisuras que separaban las distintas clases sociales y etnias en la pirámide organizacional de las empresas. Por lo general, los dueños de las agencias de publicidad y de las empresas asistieron al mismo colegio, crecieron en las mismas zonas exclusivas. Los directores asistieron a los colegios religiosos de clase media y vivían en colonias. El resto de los empleados provenían de los barrios populares.

Los amos se cuidaban entre sí, contratando a sus familiares o a sus compañeros de aula. La publicidad se limitaba a conservar y extender los privilegios ya existentes. Se acostumbró a aquella disparidad de actitudes, las diferencias entre los salarios, el abismo entre los resultados, la asimetría con que se recompensaba el esfuerzo, la dedicación y la creatividad en la agencia. Llegó a pensar que dicha incompetencia era normal.

Pero en vez de acomodarse, asumió una creciente rebeldía. Un día sustituyó el rótulo de su oficina “Director creativo” por “Reciclador aburrido”. El criterio de los clientes no le permitía crear, tan sólo cometer variaciones. Fue un signo de protesta que pronto superó. Una mañana lo quitó sin más. Era una ironía innecesaria. “Crear” para ellos se limitaba a realizar actualizaciones periódicas de lo viejo, chapuces, nada arriesgados, como ponerle palabras a un anuncio locutado.

La publicidad tan sólo exploraba el estrecho imaginario del pensamiento conservador del país. La mayoría de anuncios se orientaban a las amas de casas y parecían reducirse a un catecismo ilustrado, generado por gente incapaz de proponer nada audaz y mucho menos innovador. En una entrevista en prensa, Pablo Gómez, un afamado publicista, confesó que “intentaba” escribir un libro que titularía “Todo lo que sé de publicidad me lo enseñó mi abuelita”. Patético, realmente.

Marco adoptó una actitud en donde todo le resbalaba. Recubrió su sensibilidad artística con la gruesa piel de los rinocerontes. En algún momento, se impermeabilizó ante la injusticia, ante el dolor y el sufrimiento ajeno, ante las necesidades de afecto y reconocimiento de los demás. Se volvió un auténtico pelex. ¿En qué momento se volvió tan insensible?

Con tristeza, se fue contagiando de cinismo, una actitud que le disgustaba. Luchaba contra la indiferencia y soberbia. El gesto de levantar los hombros o lavarse las manos no era para él. No podía ser que tan pronto abandonara las cuestiones que le importaban y lo motivaban a crear. Buscaba mantener una actitud humilde, de servicio y comprensión a los demás. A pesar de los reveses de la vida, Marco batallaba por mantener la inocencia para mantenerse en el lado hermoso y auténtico de la vida. Consideraba imprescindible conservar su nobleza infantil, aquella curiosidad inaugural. Durante semanas estuvo a punto de renunciar. “Qué más da”, se decía al despertar, mientras permanecía en cama. Le dio por escuchar a Arjona.

El ser un animal nocturno era una bella rutina,/ conquistar a chicas del jet set o a mujerzuelas de esquina,/ si es que no son la misma cosa,/ con diferencia de precio…

“La agencia está bien para mientras” se repetía para retornar a la oficina después del almuerzo y no abandonar las cosas tal y como estaban, las órdenes de trabajo y los memos regados sobre el escritorio, la lista de llamadas pendientes, el computador encendido.

No volver jamás a su diminuta oficina, que lo apartaba del resto del personal que contaba sólo con un pequeño cubículo, como loros en su estaca. Por más que Enrique lo intentara convencer del privilegio de tenerla, la oficina de Marco ocupaba el espacio de un armario. En un closet inhabilitado se acondicionó un breve sofá, el escritorio y una silla, la ventana hacia el patio, a donde llegaba la empleada a lavar el trapeador. El ruido nunca faltaba. El zumbido del fax, de las conversaciones en los cubículos, de la música que rebotaba en las paredes le llegaba como un rumor magnificado y confuso. En ese momento, encontrándose a casi doscientos kilómetros de distancia, lo apresó una especie de nostalgia por aquel ruido desesperante. La sensación le produjo náusea. Detuvo el auto, lo apagó, se bajó y dio unos cuantos pasos por la carretera desierta.

Su mirada escaló el volcán, se clavó en el azul intenso del cielo, en las nubes, en el lago, en los cerros circundantes. Lo rodeaba la paz de la naturaleza, aunque sentía su propia marea agitada, convulsa. Extendió los brazos y lanzó un alarido. Quería llorar, desahogarse, alcanzar la calma. No le sería fácil desintoxicarse del malestar que le causaba la ciudad en el alma.

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