Una cabaña en Atitlán – C6 November 30
Aunque en los últimos días atravesó San Pedro La Laguna, a Marco le resultaba igual que Santa Clara La Laguna, San Pablo La Laguna o San Juan La Laguna, conjuntos de edificaciones, una calle por la cual transitaban autos, personas y animales. Alguien le dijo que San Pedro la habitaban personas de la etnia Tzutujil. Recientemente, el pueblo era frecuentado por los turistas que encontraban Panajachel demasiado turístico, artificial y Santiago, demasiado indígena, sin las mínimas comodidades (colchones sin pulgas, no era mucho pedir).
Para llegar a San Pedro, los turistas atravesaban el lago, pasaban al other side, experimentando el oleaje, aproximándose a los volcanes. Todo un trip. Los lugareños, en cambio, usan el camino a la carretera panamericana, que transitaba Marco. Sin mayor transición entre sembradíos y casas de adobe, la carretera se transformó en una calle que lo llevó al parque. Estacionó a un costado de la municipalidad. Caminar resultaría mejor.
Con los primeros pasos en la calle de tierra, flanqueada por casas de adobe, en la que transitaban algunos indígenas y unas bestias de carga, sintió que se había trasladado a una época anterior. Una delgada anciana, vestida con ropaje tradicional, con los pies descalzos, cargaba sobre su cabeza una tinaja de barro. Unas mujeres de cabello trenzado ofrecían verduras, arrodilladas en la banqueta. Un hombre jalaba, con un lazo de henequén, a un burro cargado de cebolla. Otro, con las manos a un costado de la frente, como si se estuviese jalando el pelo, cargaba a mecapal unos costales.
Experimentó una profunda sensación de desubicación. Se llevó la mano al cinto. Con alivio, comprobó que cargaba su teléfono móvil. Marcó la primera llamada perdida, ni siquiera se fijó de quién se trataba. El móvil funcionaba como una señal de su vinculación con lo más avanzado de la tecnología, al alcance de la mano las veinticuatro horas del día. El aparato le ofrecía el confort de no sentirse a la deriva, perdido en medio de la nada. Sin esperar que le contestaran, colgó. Había superado su ansiedad. Pensó en el atascadero de la ciudad y observó su entorno, aquel pueblo situado en las márgenes del lago de Atitlán, el portentoso espectáculo de la naturaleza circundante. Estaba donde quería estar. Suspiró.
Apenas escuchaba la música distante, el pegajoso ritmo del reggeaton, la canción en la que Daddy Yanky enfatizaba, iracundo, libidinoso, gesticulante, lo que pasó, pasó. Esa música latina que reciclaba y afectaba el imaginario del rap, de la marginalidad urbana de los Estados Unidos, en su mezcla de ritmos afro-estadounidenses y caribeños con el pop. Un espacio de confluencia para la insatisfacción postmoderna, de los adolescentes inconformes que querían tenerlo todo (dinero, éxito, mujeres), lo más pronto posible. Su imagen proyectaba ese cruce de sentimientos: querían ser tomados en serios y gesticulaban como primates, usaban trajes elegantes con gorras de beisbolista, una adolescencia sibarita y lujuriosa. La imagen actual del American Dream de los latinos: Daddy Yanky (“rompe, rompe”).
La calle fue invadida por unos niños en harapos que se perseguían unos a otros, riendo y gritando en su idioma materno, Tzutujil lo más probable, pero Marco en verdad no poseía un criterio para distinguirlo de los otros idiomas indígenas. Toda su vida los había escuchado, en particular cuando iba al mercado o a traer las tortillas. Alguna vez se inscribió en una clase de Quiché, en la escuela de idiomas de la Universidad de San Carlos. Asistió a dos clases antes de que las cancelaran por falta de alumnos para aprender el idioma indígena mayoritario.
Mientras se marchaba se detuvo frente a un aula en donde enseñaban francés: cientos de estudiantes, apuñuscados, repetían al unísono una misma palabra, gesticulando de una manera exagerada para lograr la pronunciación correcta. Le pareció una escena salida de un campo de concentración o de una película cómica, un europeo frente a un centenar de mestizos que intentaban imitarlo, pero no pudo reírse porque se sentía triste.
En un contexto diferente, Marco experimentaba un nuevo desajuste. Esta vez no se encontraba en el campus universitario, alejado de las aspiraciones idiomáticas de sus coetáneos sino que en una calle de San Pedro La Laguna, en pleno territorio indígena. Los niños correteaban cerca de él. A pesar de la pobreza de sus vestimentas, estaban contentos. Le brotaba una sonrisa de lo más hondo de su ser. La felicidad de los niños indígenas, carcajeándose, se le contagiaba.



Manolo Nov 30
Gracias por el soundtrack. Para un mix academico sobre el reggeatton pueden escuchar Dem Bow legacies.Por algun motivo el estudio ethnomusical de dicho ritmo me recuerda tu Stripthesis.