Una cabaña en Atitlán – C16

calles guatemala c16 Una cabaña en Atitlán   C16

Durmió  poco. Se marchó aún de madrugada. Manejó medio dormido hasta la altura de Chupol. En una de las curvas, se sintió despertar. “Qué raro es todo esto”, pensó despabilándose. Se detuvo a la altura del kilómetro 90. Desayunó entretenido en la lectura de las noticias, que le parecieron de acontecimientos suscitados en otros países, en un tiempo remoto.

Tras leer la entrevista con uno de los quince candidatos presidenciales, un oportunista que prometía cambiar “la fisonomía del país”, Marco observó a las muchachas indígenas que trabajaban ahí, atendiendo las mesas y cuidando de la pequeña huerta del restaurante. Le gustó la sonrisa de la más joven de ellas. Qué linda y simpática era la fisonomía de aquella muchacha, vestida con su tradicional traje y sus zapatillas de plástico. De ninguna manera cambiarla; en todo caso, apreciarla.

Entró a la capital a eso de las diez de la mañana mientras escuchaba “Gotas frías”, esa canción de La Gran Calabaza que tanto le gustaba: Es diferente vivir entre la gente que ves, pero no sentís/ No es accidente, esconderse a veces duele, ya me ha pasado a mí. (more…)

Una cabaña en Atitlán -C15

trafico losangeles c15 Una cabaña en Atitlán  C15

Dormitaba. Cuando se percató, una chica desnuda, ojos celestes, cabellera castaña clara, con un busto impresionante y un bronceado ejemplar lo observaba. Se sobresaltó. La chica tenía los brazos cruzados detrás de la espalda, la pierna derecha delante de la izquierda y mecía el cuerpo como una niña traviesa.

Hi!

Pensó que se trataba de una ensoñación.

― Hola.

― Ayer me diste curiosidad, casi nunca llegan extraños al grupo, y me quedé con las ganas de hablarte. Te vi aquí sentado y me dije a mí misma ¿por qué no? Y viene directo a presentarme – le comentó, en inglés. (more…)

Una cabaña en Atitlán – C14

lago atitlan c14 Una cabaña en Atitlán   C14

Volvió, a eso de las nueve de la mañana, extenuado y hambriento. Nunca se imaginó que le sería tan difícil avanzar sobre la mansa superficie del lago. Remar parecía una cosa sencilla, pero no lo era. Después de amarrar el bote al muelle, se dio un chapuzón. El lago estaba frío, despertaba los sentidos. Al salir, echó un vistazo hacia el predio vecino pero ni seña de los nudistas. Los hubiera esperado, pero padecía un hambre bárbara, descomunal.

Al llegar a la cabaña, puso el disco de Café Tacuba (porque esa misma noche encontré un amor), para escuchar música mientras preparaba un desayuno generoso y suculento (eres lo que más quiero en este mundo eso eres): huevos revueltos en salsa de miltomate, plátanos fritos y frijoles volteados acompañados de café con leche. Qué más puedo decirte, /tal vez puedo mentirte sin razón. Comió frente al ventanal, contemplando el hermoso paisaje matutino de Atitlán. Eres el tiempo que comparto, eso eres./Lo que la gente promete cuando se quiere ./ Mi salvación, mi esperanza y mi fe. (more…)

Una cabaña en Atitlán – C13

atitlan barca Una cabaña en Atitlán   C13

Se levantó sobresaltado, sudando. Tuvo una pesadilla. Afuera estaba oscuro. Pensó en la fogata, en unirse a la celebración pero no encontró el resplandor de la media noche. Se encaminó a la playa y no halló más que una pequeña embarcación solitaria. La desamarró, la abordó y remó con fuerza. Se adentró al Atitlán sumido en la neblina de la madrugada. Era como flotar suspendido en un sueño. Poco a poco llegaron las primeras.

Dejó de esforzarse y, debido a la niebla, no supo si la corriente lo llevaba o si permanecía en el mismo sitio. Se tendió en la barca. Parpadeó. Se quedó dormido. Despertó unos minutos, unos segundos, después. El ambiente se había despejado un poco pero no lo suficiente como para divisar las orillas del lago. Cerca, algunos indígenas, en pequeñas embarcaciones, se dedicaban a la pesca.

Escuchó un chapoloteo. Remó hacia aquel sonido. Seis ancianas y tres muchachas se encontraban metidas hasta la cintura en el agua. Acaso lavaban ropa, pero lo hacían sin quitarse el huipil o la falda. Una muchacha, de una larga cabellera negra sin trenzas, levantó la mirada: sus ojos eran negros, redondos, profundos y expresivos. (more…)

Una cabaña en Atitlán – C12

volcan sanpedro Una cabaña en Atitlán   C12

ANDUVO POR EL EMPINADO SENDERO del Volcán San Pedro. Escalaba con soltura, sintiendo cómo su corazón bombeaba. Caminaba vigorosamente entre los sembradíos y los árboles. No quiso detenerse a descansar en el camino, ni en los trechos más empinados. En ocasiones, tuvo que saltar entre las piedras, como una cabra del monte.

En la cima, encontró a un anciano acurrucado entre las piedras. Dormía, o parecía dormir. Marco se entretuvo observando el hermoso paisaje que se apreciaba desde la cumbre. Atardecía. Cerró los ojos y se imaginó un ave. Era hermoso imaginarse pájaro en vuelo, inmerso en la naturaleza. De pronto, sintió que alguien lo observaba y se encontró con un simpático venado. El venado dio un par de brincos y desapareció.

Inició el retorno al atardecer. Mientras descendía, las sombras fueron alargándose y cayó la noche. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Se sentía contento de caminar. Cuando mucho, en la ciudad caminaba a la oficina o recorría un par de veces Pradera o Miraflores, vitrineando. Su vida era bastante sedentaria. No siempre fue así. (more…)

Una cabaña en Atitlán – C11

playa panajachel Una cabaña en Atitlán   C11

Se puso un pantalón de corduroy y una camisa de franela. Preparó un café y se sentó en el sofá de la sala, frente al ventanal, intentando leer. Al cabo de unos minutos, abandonó la lectura.

Salió a caminar a la playa del lago, a experimentar la naturaleza en vivo y a todo color. La tarde era esplendida. Había un poco de niebla, pero qué podía esperar en pleno altiplano más que un ambiente templado y melancólico.

Cuando llegó a la playa le hubiera gustado encontrar a Nelly y el resto de nudistas, pero no estaban. Tan sólo las piedras volcánicas y la arena negra.

Caminó hacia el oriente. Sin prisa, a paso lento, dejando que el paisaje se adentrara en él.

Una cabaña en Atitlán – C10

lago atitlan c10 Una cabaña en Atitlán   C10

Pasó la mañana trabajando en el huerto. Le agradó encontrar que cada planta tenía un rótulo con su nombre y que el anterior propietario elaboró un pequeño instructivo para su cuidado. Lo hizo para quien cuidó el huerto durante un viaje de tres semanas a Londres, según se leía en dicho instructivo. Además, la viuda le dejó un libro precioso: “Vida en el campo y el horticultor autosuficiente. Guía ilustrada” de John Seymour.

Se sentía feliz. Estaba ahí: labrando la tierra, erradicando la maleza, cultivando su huerto. Apegado a la naturaleza. Simple. Básico. A eso de las once de la mañana, percibió el efecto del sol en la piel y cansancio. Pensó descansar en la cabaña, pero estaba sucio de tierra y sudor, lodoso. Prefirió un chapuzón en el lago. Al aproximarse, escuchó música y risas. Hablaban en inglés. Distinguió una voz masculina y el sonido de tambores, panderetas y guitarras. Al llegar a la playa, no encontró a nadie. Caminó hasta el borde del muro y se asomó al terreno vecino.

Un grupo de gringos o europeos se relajaban acostados y desparramados en la arena, tomando el sol sobre unas toallas enormes. Estaban completamente desnudos. Algunas parejas jugaban volley-ball en el lago. Lo festivo y espontáneo de la escena lo sobrecogió. ¿De qué manera llegaron hasta esta playa? ¿Habían estado ahí el día anterior? La desnudez de los cuerpos, la naturalidad del espectáculo lo maravillaba. Nadie podía verlos. Se trataba de un lugar privado, oculto en aquel recoveco del lago. La bahía pasaba desapercibida incluso para las embarcaciones que transitaban rutinariamente por el lago. (more…)

Una cabaña en Atitlán – C9

atardece panajachel Una cabaña en Atitlán   C9

Regresó a la cabaña al atardecer. Se aprovisionó de lo básico. Viajaría a la ciudad el jueves y entonces compraría lo suficiente para establecer una pequeña despensa. Al observar las tonalidades del firmamento, abandonó lo que hacía ante el espectáculo que brindaba la última claridad del atardecer. Se recostó en la mecedora del balcón para apreciar el evento trivial y portentoso. El sol se ocultaba, como todos los días. Sin embargo, cada día, se trataba de un acontecimiento único, irrepetible.

Cuando las sombras se hicieron espesas, entró a la cabaña y guardó las compras. Se preparó un café y subió al tercer nivel. Salió al pequeño balcón para contemplar el vuelo intermitente de las luciérnagas, el firmamento pardo como una tortilla morena, la noche de Atitlán.

Le costó conciliar el sueño. La cama era cómoda, pero se sentía extraño por el profundo silencio que le rodeaba. Ningún motor aceleraba en la distancia. Ningún bocinazo. Ningún avión aterrizaba en las cercanías del vecindario. Aún no se adaptaba a la apacible melodía de la naturaleza: el persistente canto de los grillos, el discreto rumor del viento en la copa de los árboles, el latido del corazón dentro de su pecho, el latido constante de su corazón, el latido una y otra vez…

Una cabaña en Atitlán – C8

cocina guatemalteca Una cabaña en Atitlán   C8Entró al mercado de San Pedro La Laguna con una sensación de infancia: la tibieza de la mano de su padre en la suya. En los tramos, se desplegaban las frutas y verduras de temporada en canastos, los granos básicos en costales y las flores en tinajas de barro o cubetas de plástico.

Habían puestos de veladoras y estampas, música, ropa, maletines y zapatos. En el tramo de los comedores, varias muchachas se le aproximaron para ofrecerle: “pollo empanizado, tostadas, dobladas, salpicón, carnita asada, rellenitos, pase adelante joven, qué va a llevar…”

Se sentó en una banca de madera, las ollas recubiertas, frente al polletón de cemento. Se distrajo observando la similitud entre la joven que le recitaba el menú con entusiasmo, de pie, a su lado, vestida con un pantalón de mezclilla, una blusa blanca, un delantal y la anciana indígena, apacible, sentada, detrás de las ollas, luciendo un huipil tradicional, un tanto descolorido por el uso, bajo la gabacha. Las diferencias en el vestuario casual de la joven y tradicional de la anciana, expresaban un dilema cultural y una profunda distancia generacional.

Pidió huevos revueltos y plátanos fritos y se puso a tomar el atole de elote que le sirvieron de inmediato. Le agradaron las tortillas morenas, de maíz negro, para acompañar sus alimentos. Le recordaban las visitas al altiplano durante su infancia cuando comía paches, tamales, tamales de chipilín, de cambray, tamalitos y pishtones. Observó a la joven de piel morena y sonrisa agradable, quien se doblaba, a un costado de los canastos, para escribir en un cuaderno. (more…)

Una cabaña en Atitlán – C7

mercado atitlan Una cabaña en Atitlán   C7Marco entró al mercado buscando un comedor. Quería evitar esos restaurantes para turistas que ofrecen hamburguesas, papas fritas, emparedados, pizzas o crepas de banano y nutela. A padre le gustaba comer en los mercados de los pueblos que visitaban.

Generalmente, no pasaban de dos o tres puestos de comida, de mesas con mantel de plástico, bancas de pino, platos, pocillos y cubiertos de peltre lavados (más bien, desaguados) en baldes de agua jabonosa y secados con una toalla raída, sartenes de peltre sobre el polletón de adobe.

Esos comedores populares, con una pequeña reproducción de San Judas Tadeo, trenza de ajos y herradura colgadas en alguna pared, ubicados en poblaciones de provincia, como Pachulum, Todos Santos, San Rafael Pie de la Cuesta, San Juan Ostuncalco, Senahú, Joyabaj, Colomba Costa Cuca y tantos otros.

En su adolescencia, le avergonzó comer en los mercados porque creía que era cuestión de shumos, como llamaban sus compañeros, sintiéndose superiores, a los indígenas que intentaban asimilar hábitos ladinos o a los mestizos de extracción humilde. Buscaba la aceptación de sus compañeros, quienes ejercían todo tipo de presión para moldear la conducta de sus pares. Existía una completa categorización de descalificaciones, que abarcaba desde los niños bien, los hijos de papi, los fresas, los wannabe, los caqueros, los chafas, los shumos, los choleros y no se agotaba ahí. (more…)