Una cabaña en Atitlán – C7 December 2
Marco entró al mercado buscando un comedor. Quería evitar esos restaurantes para turistas que ofrecen hamburguesas, papas fritas, emparedados, pizzas o crepas de banano y nutela. A padre le gustaba comer en los mercados de los pueblos que visitaban.
Generalmente, no pasaban de dos o tres puestos de comida, de mesas con mantel de plástico, bancas de pino, platos, pocillos y cubiertos de peltre lavados (más bien, desaguados) en baldes de agua jabonosa y secados con una toalla raída, sartenes de peltre sobre el polletón de adobe.
Esos comedores populares, con una pequeña reproducción de San Judas Tadeo, trenza de ajos y herradura colgadas en alguna pared, ubicados en poblaciones de provincia, como Pachulum, Todos Santos, San Rafael Pie de la Cuesta, San Juan Ostuncalco, Senahú, Joyabaj, Colomba Costa Cuca y tantos otros.
En su adolescencia, le avergonzó comer en los mercados porque creía que era cuestión de shumos, como llamaban sus compañeros, sintiéndose superiores, a los indígenas que intentaban asimilar hábitos ladinos o a los mestizos de extracción humilde. Buscaba la aceptación de sus compañeros, quienes ejercían todo tipo de presión para moldear la conducta de sus pares. Existía una completa categorización de descalificaciones, que abarcaba desde los niños bien, los hijos de papi, los fresas, los wannabe, los caqueros, los chafas, los shumos, los choleros y no se agotaba ahí.
Los compañeros competían por denigrar a los demás de la forma más incisiva, veloz y humillante. Los más leves insultos caracterizaban defectos personales como pasmado, choyudo, bajado del tapanco, huevón. Los apelativos con que se trataban eran racistas, homofóbicos, excrementicios o la combinación de éstos.
En términos racistas, lanzaban la palabra indio con desprecio para denotar que el aludido pertenecía a lo que se consideraba el estrato más bajo de la sociedad, lo que expresaba la pulsión por conservar el orden social impuesto durante la colonia, cuando los indígenas fueron obligados a servir a los europeos emigrados y sus descendientes.
Luego se producían las adjetivaciones que ampliaban el significado peyorativo que pretendían imponer, como indio relamido o igualado, que sancionaba negativamente las aspiraciones de ascensión social. Algunos respondían soy pobre pero al menos no soy indio, gesticulaban alguna mueca ofensiva con las manos, como ojitos de cangrejo o extendían y separaban los dedos con vigor y patetismo.
En términos excrementicios, el apelativo común era cerote, no adjudicado como función, transitoria y circunstancial, de que alguien en algún momento dado se comportara como tal sino como la condición intrínseca de su ser: sos un cerote, frase factual, inapelable. En términos homofóbicos sus compañeros usaban la palabra pisado, que aludía al que ha permitido que otro lo pise, es decir, tenga relaciones sexuales con él. Sin embargo, el peor insulto aludía su procedencia genética. Decir tu madre… a secas, implicando con esa frase cortada y agresiva que la progenitora ejercía la prostitución y el compañero insultado era el resultado de la relación ilícita de la madre con un cualquiera, era el peor de los insultos, ocasionaba peleas.
Mientras cursaba quinto primaria, Marco relató sobre sus domingo en familia y fue el hazmerreír de esa semana. Les contó que su padre los llevó en camioneta a pasear al zoológico, que caminaron hasta un Pollo Campero, que comieron, tipo picnic, en la grama del arriate central de la Avenida Las Américas. Lo llamaron cholero, shumo, indio y lo singularizaron con saña. Como no podía pelear contra todos, se aguantó en silencio, hasta que se ensañaron contra alguien más. Qué triste era todo aquello, la agresividad, la violencia nominativa, los apodos, la presión de grupo y la discriminación hacia los individuos.
Durante años, calló lo que hacía en familia. Ocultaba que le gustaba: pasear por la ciudad, subirse a las camionetas, ir a sextear o al estadio, acostarse en la grama de los arriates de la Avenida Reforma o Las Américas, echarse un su buen vaso de atole de elote y tostadas de guacamol en el Obelisco o en la Plaza Berlín, almorzar en Pollo Campero después de las compras en Paiz, pasar un domingo en el IRTRA de Petapa, de Aguascalientes, darse una vuelta al lago de Amatitlán o a la Antigua. Si por eso lo molestaban sus compañeros y le decían shumo, pues que lo hicieran. Allá ellos y la diversión que se perdían.
Por fortuna, no todos eran así. Muchos de sus compañeros compartían la misma condición y trataban de ignorar el trato denigrante. Años después, le dolió que esos prejuicios adolescentes en contra de lo indígena y lo popular fundamentaran las prácticas publicitarias del país, la vertical y pronunciada segmentación de los grupos sociales a partir de su capacidad adquisitiva.
Nunca lo vio tan claro como cuando realizó una propuesta publicitaria para una compañía de seguros. Se reunieron en el penthouse de un edificio de Reforma. Asistieron Enrique y Marco, por la agencia, y el gerente general, el director de mercadeo, el director financiero, el director administrativo y la secretaria de junta directiva. El spot que produjo Marco presentaba una familia tipo B, mamá, papá y la parejita de niños, acostados un domingo en la mañana, dormitando, contentos, seguros.
A los clientes les gustó el concepto pero pidieron que cambiara a los actores, quienes eran mestizos, de piel morena clara y cabellos negros pues representaban a cabalidad el grupo objetivo de la campaña publicitaria. Marco defendió su propuesta pero la respuesta del gerente general lo dejó helado. El gerente, quien nació en Guatemala pero que se presentaba como italiano por su abuelo, le indicó:
― El anuncio está bien, muchacho. Pero los actores deben ser blancos y rubios. Recuerda que no se trata de reflejar al grupo objetivo sino de los valores a los que aspiran.
Sin mostrarse descortés, le respondió:
― Mi propuesta es una campaña aspiracional. El concepto es el sentimiento de seguridad, respaldo, unión, que brinda una familia. Que esa familia sea blanca, rubia, que sean europeos, criollos, mestizos o indígenas, es lo de menos. Pero que la gente entienda que esta empresa los va a respaldar de una manera confiable y segura…
El gerente de la compañía de seguros, con una mueca de fastidio, caminó hacia la puerta. Había tenido suficiente. Dos de sus directores lo siguieron. Antes de salir, se volteó y le dijo a Enrique:
― La propuesta me parece magnífica. Ya dije lo que pensaba y espero que se hagan los cambios que solicité. Cuando los tengan hechos, quiero que se los enseñen a Manuel para que los apruebe. Platicamos cuando esté todo listo, Enrique.
Se hicieron los cambios y la campaña salió al aire, pero lo sucedido lo afectó profundamente. A partir de ese día, se percató del mensaje subyacente en los anuncios televisivos, en los diarios y revistas. Personas rubias, de ojos claros predominaban en la publicidad dirigida a las mayorías mestizas, indígenas, de piel bronceada, ojos oscuros y cabellos negros o castaños. ¿A qué se debía eso? ¿Por qué tenía que ser así?
Para Marco lo aspiracional era lo contrario: compenetrarse cada vez más en el interior del país, ahondar en las raíces de la cultura nacional, expresar la diversidad étnica, la riqueza misma del país. Pero eso no se lo enseñó la universidad ni su profesión. Su padre se lo enseñó recorriendo el país, sintiéndose tan guatemalteco como cualquiera, sabiéndose parte de la gente humilde del país.

