Una cabaña en Atitlán – C9

atardece panajachel Una cabaña en Atitlán   C9

Regresó a la cabaña al atardecer. Se aprovisionó de lo básico. Viajaría a la ciudad el jueves y entonces compraría lo suficiente para establecer una pequeña despensa. Al observar las tonalidades del firmamento, abandonó lo que hacía ante el espectáculo que brindaba la última claridad del atardecer. Se recostó en la mecedora del balcón para apreciar el evento trivial y portentoso. El sol se ocultaba, como todos los días. Sin embargo, cada día, se trataba de un acontecimiento único, irrepetible.

Cuando las sombras se hicieron espesas, entró a la cabaña y guardó las compras. Se preparó un café y subió al tercer nivel. Salió al pequeño balcón para contemplar el vuelo intermitente de las luciérnagas, el firmamento pardo como una tortilla morena, la noche de Atitlán.

Le costó conciliar el sueño. La cama era cómoda, pero se sentía extraño por el profundo silencio que le rodeaba. Ningún motor aceleraba en la distancia. Ningún bocinazo. Ningún avión aterrizaba en las cercanías del vecindario. Aún no se adaptaba a la apacible melodía de la naturaleza: el persistente canto de los grillos, el discreto rumor del viento en la copa de los árboles, el latido del corazón dentro de su pecho, el latido constante de su corazón, el latido una y otra vez…

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