Una cabaña en Atitlán – C10

lago atitlan c10 Una cabaña en Atitlán   C10

Pasó la mañana trabajando en el huerto. Le agradó encontrar que cada planta tenía un rótulo con su nombre y que el anterior propietario elaboró un pequeño instructivo para su cuidado. Lo hizo para quien cuidó el huerto durante un viaje de tres semanas a Londres, según se leía en dicho instructivo. Además, la viuda le dejó un libro precioso: “Vida en el campo y el horticultor autosuficiente. Guía ilustrada” de John Seymour.

Se sentía feliz. Estaba ahí: labrando la tierra, erradicando la maleza, cultivando su huerto. Apegado a la naturaleza. Simple. Básico. A eso de las once de la mañana, percibió el efecto del sol en la piel y cansancio. Pensó descansar en la cabaña, pero estaba sucio de tierra y sudor, lodoso. Prefirió un chapuzón en el lago. Al aproximarse, escuchó música y risas. Hablaban en inglés. Distinguió una voz masculina y el sonido de tambores, panderetas y guitarras. Al llegar a la playa, no encontró a nadie. Caminó hasta el borde del muro y se asomó al terreno vecino.

Un grupo de gringos o europeos se relajaban acostados y desparramados en la arena, tomando el sol sobre unas toallas enormes. Estaban completamente desnudos. Algunas parejas jugaban volley-ball en el lago. Lo festivo y espontáneo de la escena lo sobrecogió. ¿De qué manera llegaron hasta esta playa? ¿Habían estado ahí el día anterior? La desnudez de los cuerpos, la naturalidad del espectáculo lo maravillaba. Nadie podía verlos. Se trataba de un lugar privado, oculto en aquel recoveco del lago. La bahía pasaba desapercibida incluso para las embarcaciones que transitaban rutinariamente por el lago.

Marco se acercó con curiosidad, de manera espontánea, a la congregación nudista. No podía disimular su curiosidad y leve excitación. Dos muchachas rubias, de ojos azules, un poco regordetas y un rubio alto y

fornido le salieron al encuentro.
― Hello, my friend. ¿Qué haces por acá?

Marco, por apreciar la desnudez de las muchachas, no contestó de inmediato. El rubio lo señaló con el dedo índice y vociferó en un español tajante:
― Tienes que irte, amigo. Esta es una playa privada. Vete. No puedes estar aquí. Vamos. Andando.

Levantó las manos en señal de paz. Atrás del rubio (las muchachas lo abrazaban, acariciándolo, y observaban a Marco con curiosidad) vio que uno de los hombres portaba una metralleta, lo que le pareció extraño pero no improbable.
― Entiendo. No quiero ningún problema. Pero, déjame explicarte, soy el nuevo dueño de la propiedad vecina. No quiero interrumpirlos ni causarles problemas. Tan sólo voy a nadar un poco.

Una de las chicas lo tomó del brazo mientras le decía al rubio, en inglés:
― Oye, Steve, no te portes así con nuestro nuevo vecino. Se ve que es un buen chico. Míralo. Está, cómo, como sin saber qué diablos hacer. Imagínate. Sales a dar una vuelta en tu nueva propiedad y, wham, sin aviso previo ni nada, te encuentras con un grupo de nudistas. ¿No te parece regio?

La chica ladeó la cabeza en un gesto casi infantil. Marco pensó que estaba borracha o en onda. Steve se cruzó de brazos y lo observó. Su mirada tenía algo turbio.
― Más vale que sea verdad lo que dices, amigo. El viejo Michael nos caía bien, nunca se metió con nosotros. Nos dejaba en paz que es todo lo que buscamos, créeme.
― Yo no quiero ningún problema con ustedes. Es más, déjame presentarme: Marco, para servirte.

Varios de los nudistas se rieron y regresaron a lo que hacían antes del incidente: charlar entre sí, leer alguna revista, tocar guitarra o simple y sencillamente tomar el sol con la mayor de las tranquilidades, acariciando a quien estuviera cerca.
El rubio le estrechó la mano.
― Perdona. Soy Steve y esta muchacha guapa es Andrea.
― Yo soy Nelly – le dijo la otra muchacha: ¿Quieres zambullirte en el lago? Quítate la ropa. Apúrate. Vamos. El agua está estupenda.

Se quedó quieto por algunos segundos. Dudaba desnudarse frente al grupo de extraños. Nunca había estado en un campo nudista. Además, la playa nudista de Atitlán le había parecido un mito rural, una utopía del amor libre. En los sesentas, varias oleadas de hippies llegaron ahí para desprenderse del mundo y fumar hierba. Surgieron ciertas historias de gringas jóvenes y hermosas que se bañaban desnudas en las playas de Panajachel al finalizar la tarde. En la medida en que Panajachel, el poblado indígena, se fue convirtiendo en Pana, la meca del turismo mochilero, esa leyenda fue cobrando cierta ubicuidad y se trasladó “por ahí”, un punto de cruce entre las áureas y las azabaches cabelleras y los níveos y los bronceados cuerpos.

Ahora una chica le insistía que se desvistiera. Detrás, veía nudistas diseminados por la playa. La mayoría de veintitantos, algunos treinteañeros y pocos cuarentones. Las muchachas eran promedio; sólo un par parecían salidas de la Playboy Mansion. Se le presentaba algo distinto en su vida. Se despojó de sus últimas prendas y corrió hacia el agua de la mano de Nelly. Aunque al principio le costó acostumbrarse a la excitación que provocaba la voluptuosidad expuesta, a la naturalidad con la que asumían sus cuerpos desnudos y las caricias eróticas, la pasó a pedir de boca.

Aprovechó para charlar, entre el lago, tendidos sobre el pasto tomando el sol, con varias de las chicas y un par de los jóvenes extranjeros. Intentando asumir que estar desnudo era lo más normal del mundo, les contó acerca de su renuncia a la publicidad. Para ellos, su decisión fue templada (“cool”) o radical o un viraje súbito en el surfing de la vida. Sin embargo, fueron reservados acerca de lo que hacían en Atitlán. Estaban más interesados en tomar el sol que en conversar.

Entrada la tarde, un viento frío descendió por el oeste, tornando el nudismo en una actividad un poco menos divertida. Los nudistas se retiraron por un sendero. Cuando Nelly le indicó que no podía invitarlo pues se dirigían hacia la casa, a Marco le pasaron mil cosas por la mente. Pero sólo consideró despedirse y regresar a la cabaña.
― Está bien por hoy. Tal vez nos vemos mañana.
― Tenlo por seguro – le aseveró la joven, dándole un fugaz beso en los labios.

La playa quedó vacía y silenciosa; arena, piedras volcánicas y el leve rumor del oleaje.

Comentario