Una cabaña en Atitlán – C12 December 18
ANDUVO POR EL EMPINADO SENDERO del Volcán San Pedro. Escalaba con soltura, sintiendo cómo su corazón bombeaba. Caminaba vigorosamente entre los sembradíos y los árboles. No quiso detenerse a descansar en el camino, ni en los trechos más empinados. En ocasiones, tuvo que saltar entre las piedras, como una cabra del monte.
En la cima, encontró a un anciano acurrucado entre las piedras. Dormía, o parecía dormir. Marco se entretuvo observando el hermoso paisaje que se apreciaba desde la cumbre. Atardecía. Cerró los ojos y se imaginó un ave. Era hermoso imaginarse pájaro en vuelo, inmerso en la naturaleza. De pronto, sintió que alguien lo observaba y se encontró con un simpático venado. El venado dio un par de brincos y desapareció.
Inició el retorno al atardecer. Mientras descendía, las sombras fueron alargándose y cayó la noche. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Se sentía contento de caminar. Cuando mucho, en la ciudad caminaba a la oficina o recorría un par de veces Pradera o Miraflores, vitrineando. Su vida era bastante sedentaria. No siempre fue así.
Durante años, tuvo la libertad de subirse a cualquier camioneta para ir al colegio o a la universidad, a las casas de sus compañeros, a visitar a su novia o a dónde fuera. Incluso agarraba camino hacia la Antigua, Tecpán, Pana o el Puerto de San José en las extraurbanas. Cuánto distaba aquel ajetreo de su situación actual. Alcanzó la playa y avanzó entre la arena y las piedras volcánicas por un bosque de pino y sembradíos de milpa. Caminar le encantaba, lo vigorizaba, aunque ya sentía el cansancio propio de la actividad física.
Tenía hambre y mientras se aproximaba a la cabaña pensaba qué platillo preparar con los ingredientes disponibles. Con música de Bacilos de fondo, se preparó na ensalada de lechuga y tomate, de la huerta, y unos fideos con ajo, mantequilla y albahaca.
Un olor a tabaco y Channel me recuerda el olor de su piel./ Una mezcla de miel y café me recuerda el sabor de sus besos.
Tomó sus platos y salió a cenan al balcón. La noche estaba espléndida, la luna crecía y las luciérnagas se extendían por el firmamento. Observar aquel magnífico espectáculo nocturno, con la música de los grillos de fondo, le pareció la recompensa ideal de su empeño diario.
El color del final de la noche me pregunta:/ ¿Dónde fui a parar? ¿Dónde estás?/ Que esto sólo se vive una vez.
Subió hacia su recámara, atento al rechinido de las gradas de madera. La recámara guardaba un ligero desorden. Se sentía tranquilo y manso. Su cuerpo le parecía más ligero que de costumbre. Se acostó con la intención de leer. Pero tras un día lleno de emociones, se durmió antes de terminar la primera página de lectura.
Se despertó a la media noche. Escuchaba tambores. Salió a la oscurana. El rumor lo traía el viento: sonaban las panderetas y el batir de un tambor, como la palpitación agitada del corazón de la noche. Divisó una fogata en el bosque, del otro lado del muro. Se aproximó con cautela, lo más que pudo. Entreveía cuerpos desnudos, bailando alrededor del fuego. Eran los nudistas que encontró en la playa. Hombres y mujeres por igual, en la penumbra de las llamaradas, fumaban, bebían y copulaban.
La escena era inquietante: la embriaguez comunal y el sexo colectivo. La conjugación de la pasión desbordada y la sensualidad. Marco sintió que usurpaba algo. Prefirió regresar a la cabaña, a pesar de la creciente curiosidad que lo asediaba. Sus pasos fueron lentos, forzados. Cuando alcanzó la cabaña, dudó. Por fin, cerró la puerta y subió las gradas. Se acostó y, al contrario de lo que esperaba, concilió el sueño al poner la cabeza en la almohada.



Fabián Fuentes Dec 18
Se parece un poco a la temporada pasada de Trueblood….. sera de esperar el siguiente capitulo.