Una cabaña en Atitlán – C13 December 22
Se levantó sobresaltado, sudando. Tuvo una pesadilla. Afuera estaba oscuro. Pensó en la fogata, en unirse a la celebración pero no encontró el resplandor de la media noche. Se encaminó a la playa y no halló más que una pequeña embarcación solitaria. La desamarró, la abordó y remó con fuerza. Se adentró al Atitlán sumido en la neblina de la madrugada. Era como flotar suspendido en un sueño. Poco a poco llegaron las primeras.
Dejó de esforzarse y, debido a la niebla, no supo si la corriente lo llevaba o si permanecía en el mismo sitio. Se tendió en la barca. Parpadeó. Se quedó dormido. Despertó unos minutos, unos segundos, después. El ambiente se había despejado un poco pero no lo suficiente como para divisar las orillas del lago. Cerca, algunos indígenas, en pequeñas embarcaciones, se dedicaban a la pesca.
Escuchó un chapoloteo. Remó hacia aquel sonido. Seis ancianas y tres muchachas se encontraban metidas hasta la cintura en el agua. Acaso lavaban ropa, pero lo hacían sin quitarse el huipil o la falda. Una muchacha, de una larga cabellera negra sin trenzas, levantó la mirada: sus ojos eran negros, redondos, profundos y expresivos.
El tono de su piel era el de la miel dorada, el color que anhelan las mujeres que se tienden al sol para broncearse. Le pareció la mujer más bella que jamás había visto. Marco trabajó con la mayoría de modelos de prestigio en la capital, con las muchachas que representaban al país en los certámenes internacionales de belleza. Ahora descubría la belleza en una indígena de Atitlán.
De pronto, vio una multitud que se adentraban en el lago y ocupaba la playa. Cantaban y alzaban las manos, se sumergían en las aguas mientras un hombre leía la Biblia. De un lado del muelle, se agrupaban los hombres y, del otro, las mujeres. La joven hermosa formaba parte de aquella ceremonia religiosa. Ahora la veía en el agua, con los ojos cerrados, levantando las manos, orando por otra muchacha, que lloraba y se estremecía. Los feligreses, desde la playa y dentro del lago, cantaban himnos de alabanza.
Desembarcó para observar lo que sucedía. Se acercó a un niño indígena, quien presenciaba la ceremonia sentado sobre una piedra. El niño vestía unos pantalones de manta raídos y una camiseta percudida. Estaba descalzo.
― ¿Qué pasa? – le preguntó.
El niño lo observó de pies a cabeza.
― Otro evento más del pastor Santos. Le gusta bautizar a la gente, meterla con todo y ropa al lago. Pareciera ser que cada vez tiene más seguidores, pero a veces son los mismos de siempre que vuelve a bautizar. Es que hay quienes les gusta todo eso. Tal vez hasta lo necesitan: meterse al agua con todo y ropa, cantar las alabanzas, sacudirse, llorar, desahogarse. A mí me gusta venir a ver porque por lo menos me entretengo un rato.
Marco le preguntó a qué se dedicaba:
― Pues, nada. Trabajo de lo que sea, de lo que caiga. En estos días, estoy aquí visitando una mi hermana y entonces me pongo a vender la prensa cuando la trae el bus de la mañana. En veces, subo a los Encuentros, a Godínez o bajó a Patulul, a Cocales, para ofrecer mangos verdes, naranjas o jocotes en bolsita, con pepitoria, limón y sal. También salgo a ver qué pesco, a cortar leña, a cortar café. Los fines de semana lavo carros frente al parque. Antes también lustraba, pero dejé mi caja de lustre encargada en una casa en Santa Lucía y no he tenido tiempo para ir por ella.
― ¿Cuántos años tenés?
― Saber. Yo digo que unos diez pero quién sabe.
― Y, ¿no vas a la escuela?
― Ya fui y no me gustó. Saqué mi tercero primaria y ya con eso. Para qué más. Perdedera de tiempo. Estarse ahí sentado todo el tiempo, sin decir nada ni hacer nada, escuchando que la maestra lo regañe a uno, eso no me gusta. Prefiero andar viendo qué hago, cómo gano unos mis centavitos, que metido en la escuela para que me pegue la maestra. En la escuela se aprende a estarse quieto, pero eso no sirve. Uno tiene que ser chispudo. Si no es así nomás.
“Quedarse quieto y callado es lo que le dicen a uno pero mire al pastor Santos, cómo habla. Ni para de hablar ni se queda quieto. A medio mundo le habla de lo mismo. Sale de gira, anda de un lado para el otro, de aquí para allá. Dicen que se ha recorrido el altiplano y la boca costa y le ha ido bien. Empezó sin un centavo, igual que yo, lustrando zapatos y vendiendo prensa y ahora ya se hizo del templo, casa en el pueblo, casa en la capital, terrenos, ganado, un doble tracción del año, de puro andar hablando”.
Ahora fue el niño quien le preguntó:
― Y vos, ¿qué? ¿También sos turista?
― Más o menos.
― Ah, ya sé. Sos de la capital – puntualizó el niño con desdén: Puro de la capital. Mañoso y caquero, lo más seguro.
El señalamiento le pareció irrefutable y simpático.
― Más o menos.
― No digo pues. Cabal. Puro de la capital. Ni chicha ni limonada. Mejor, sabés qué, ahí nos vemos.
El niño salió corriendo por una brecha que se perdía entre los maizales, moviendo los brazos como si fueran las alas de un pájaro.


