Una cabaña en Atitlán – C14 December 28
Volvió, a eso de las nueve de la mañana, extenuado y hambriento. Nunca se imaginó que le sería tan difícil avanzar sobre la mansa superficie del lago. Remar parecía una cosa sencilla, pero no lo era. Después de amarrar el bote al muelle, se dio un chapuzón. El lago estaba frío, despertaba los sentidos. Al salir, echó un vistazo hacia el predio vecino pero ni seña de los nudistas. Los hubiera esperado, pero padecía un hambre bárbara, descomunal.
Al llegar a la cabaña, puso el disco de Café Tacuba (porque esa misma noche encontré un amor), para escuchar música mientras preparaba un desayuno generoso y suculento (eres lo que más quiero en este mundo eso eres): huevos revueltos en salsa de miltomate, plátanos fritos y frijoles volteados acompañados de café con leche. Qué más puedo decirte, /tal vez puedo mentirte sin razón. Comió frente al ventanal, contemplando el hermoso paisaje matutino de Atitlán. Eres el tiempo que comparto, eso eres./Lo que la gente promete cuando se quiere ./ Mi salvación, mi esperanza y mi fe.
Ponderó dormir una siesta. Se confundía entre la responsabilidad o la culpabilidad (A veces pienso que tú nunca vendrás, pero te quiero y tengo que esperar). Pero se convenció que para librarse de ese rígido conjunto de prejuicios y determinaciones había abandonado la ciudad (Ay, amor divino, pronto tienes que volver). Su vida en el campo no se regiría por absurdos criterios competitivos. Buscaba desprenderse de la ciudad y no lo lograba. Aún se angustiaba por su carrera profesional; eso lo enojaba, lo ponía tenso o apesadumbrado.
Apagó la música, subió y se acostó. Necesitaba descansar. Durmió a pierna suelta. Entresueños, vio a la hermosa muchacha indígena, quien derramaba agua sobre su cabeza mientras pronunciaba una plegaria, un cántico, algo que él no lograba comprender. Despertó después de medio día. Tomó una larga ducha. Mientras se preparaba una comida ligera, divisó una pareja entrando a su jardín desde la playa. No lograba distinguir si eran dos mujeres, o una mujer y un hombre de cabello largo. Desaparecieron detrás de unas matas. No vio más. Mientras devoraba sus alimentos imaginaba qué cosa hacían en su jardín. Pensarlo, lo inquietaba.
La campanilla de su teléfono móvil lo distrajo. Sonaba con necedad. No se levantó de la mesa. Tan sólo se rió, con alivio, un tanto incómodo. A cada timbrazo, se liberaba de un acondicionamiento conductual que hubiera hecho las delicias de Pavlov. Algo así nunca hubiera ocurrido en la ciudad, pues respondía velozmente como si el celular fuera el revólver en un duelo del Oeste. Llevaba varios días sin el molesto pero útil aparato colgado a la cintura. Lo había abandonado en un rincón de la cabaña. Que siguiera ahí. Cuando estuviera en la ciudad, devolvería las llamadas que se le antojaran.
Al terminar de lavar los platos, salió por un poco de leña. Hizo el fuego, se preparó un café y se sentó al balcón. Pasó la tarde apreciando la belleza de Atitlán: el cielo espléndido, los cerros circundantes, el manso oleaje del lago. Para eso estaba ahí.



Cristián Dec 28
falta un poco de sexo, droga y vino, usando de soundtrack a Bohemia…