Una cabaña en Atitlán -C15

trafico losangeles c15 Una cabaña en Atitlán  C15

Dormitaba. Cuando se percató, una chica desnuda, ojos celestes, cabellera castaña clara, con un busto impresionante y un bronceado ejemplar lo observaba. Se sobresaltó. La chica tenía los brazos cruzados detrás de la espalda, la pierna derecha delante de la izquierda y mecía el cuerpo como una niña traviesa.

Hi!

Pensó que se trataba de una ensoñación.

― Hola.

― Ayer me diste curiosidad, casi nunca llegan extraños al grupo, y me quedé con las ganas de hablarte. Te vi aquí sentado y me dije a mí misma ¿por qué no? Y viene directo a presentarme – le comentó, en inglés.

― Me alegra que hayas venido. ¿Te puedo ofrecer algo: un café, té o soda? – le preguntó Marco poniéndose de pie.

― Sí, por supuesto. ¿Tienes vino?

― No. Pero, ¿sabes? La próxima semana estaré mejor aprovisionado y…

― Pues no importa. Yo traigo esta botella.

Cuando estaba en la puerta de la cabaña, con un gesto ceremonioso:

― Me llamo Marco.

La joven se sonrojó. Inclinó la cabeza hacia la izquierda:

― Me llamo Dorothy pero por lo que más quieras nunca me digas así. Todos me dicen Star.

― Bien, Estrella, mucho gusto – respondió Marco en español.

Ambos se rieron. Estrella se aproximó y le dio un abrazo leve. Aquel cuerpo tibio, desnudo, encajó perfectamente entre sus brazos. Mientras se besaban, Marco no pudo evitar que lo embargara una extraña sensación de irrealidad.

Tras el encuentro, bebieron vino frente a la chimenea. Estrella, simpática, desinhibida, estaba radiante.

― Parece increíble pero eres el primer latino con el que estoy desde que llegué a Guatemala – le confió Estrella: Cuando viví en Nueva York me estuvé con más latinos que durante estos meses en Latinoamérica. ¿No te parece una contradicción divertida?

Marco levantó los hombros.

― Pensé que sería diferente, ¿sabes? Escuché sobre esta comuna en Atitlán y me entusiasmé. El sueño, ¿sabes? Una comunidad libre, en pleno contacto con la naturaleza. Eso me atrajo. No como la comunidad dispersa a la que pertenecía mientras estudiaba en UCLA, un grupo de conocidos con intereses comunes que hacíamos activismo entre clases y lanzábamos fiestas demenciales todos los fines de semana pero que permanecíamos en la ciudad. ¿Por qué no romper con todo esto?, me repetía.

― Así me sentía en la ciudad de Guatemala. Pero mientras pensaba en fugarme, trabajaba arduamente a favor del sistema consumista. Le dedicaba mi mejor esfuerzo, toda mi creatividad y no me gustaba.

― ¿Por qué permanecer dentro del sistema que rechazamos? Muchos ni siquiera se lo planteaban. Me desesperaba. Miraba a mi alrededor y ahí estaban los edificios, con sus ejecutivos empeñados en ganar cada vez más dinero, obteniendo remuneraciones absurdas por despedir empleados, por recortar costos, por lograr que los empleados rindieran más y ganaran menos. ¡Por Dios, sin ir tan lejos! Muchos de mis compañeros de aula, ellos mismos, con sus pantalones de lona desgastada y sandalias, se convertirían en esos agentes del consumismo desenfrenado, al cual nos oponíamos. La educación que estaba recibiendo era parte del sistema, lo fortalecía, lo nutre de nueva energía.

“Yo quería provocar un cambio, un cambio real, un cambio fundamental, un cambio que fuera directamente a la raíz, pero no sabía cómo, no sabía por dónde, qué hacer, cómo hacerlo, en dónde hacerlo. Por supuesto que me rehusaba a andar en cualquier vehículo que fuera impulsado por energía no renovable. Tenía una aparatosa bicicleta rosada con la que me traslada a cualquier lado. Sí, un poco incómodo, siempre andas un poco sudada, pero no le haces daño al medio ambiente ni a nadie. No exudas monóxido de carbono ni gases dañinos a la capa de ozono, letales para los organismos sensibles y frágiles. Nada de petróleo, nada.

“Cuando iba al supermercado, que era lo menos posible, llevaba mis propias bolsas de tela para no recibir bolsas plásticas. Pasaba horas inspeccionando las etiquetas para no comprar producto con preservantes o aditivos químicos. Rehusaba a comprar productos enlatados o cualquier cosa comercializada por las corporaciones trasnacionales. Nunca ingerí comida rápida. Intentaba siempre comprar en los Farmer’s Markets, directamente a los productores y sólo productos orgánicos, vegetales sembrados sin fertilizantes químicos que no habían rociado con pesticidas químicos. Todo orgánico, amistoso con el medio ambiente, natural. Sí, quería vivir de la naturaleza, directamente, pero era demencial en medio de una ciudad tan endemoniadamente grande y hostil.

“De pronto, en medio del tráfico desbocado de Los Ángeles, de la contaminación ambiental rampante, del consumismo voraz, de la educación superior que te domestica para dirigir el sistema, alguien me habla, o me manda un correo electrónico, o leo algo en un cartel de un centro naturista o en la universidad, acerca de esta comuna establecida en el lago de Atitlán, en el corazón del mundo maya y comencé a delirar, a pensar en renunciar a todo eso que aborrecía para mudarme a vivir ahí, permanentemente, de una vez por todas. Era como un sueño.

Mejor… como una alucinación constante. No podía dejar de pensar en esto. En la libertad, en la búsqueda de la libertad o lo que eso signifique. En andar desnuda cuando se me antojara. En cultivar mis propios vegetales. En vivir en contacto directo con la naturaleza. En aparearme con quien se me antojara, cuando se me antojara. Pensaba en lo sensuales que son los latinos, en lo exóticos que me resultaban los indígenas. De sólo pensarlo, uhm…”

****

Cuando despertó, Estrella ya no estaba ahí. Sin embargo, el espacio de la cama que ocupó aún estaba tibio. Afuera se escuchaba el rumor distante de los tambores. Salió hacia el misterio de la noche decidido a que pasara lo que tuviera que pasar. Divisó una fogata en el bosque, del otro lado del muro, alrededor de la cual danzaban hombres y mujeres desnudos, desinhibidos, ebrios, en onda. Pensó que pronto estaría en el mismo estado.

Cuando se aproximaba a la fogata, un hombre, empuñando una metralleta, lo detuvo. Empleando un español fluido y coloquial, pero con marcado acento extranjero, le ordenó:

― Hasta aquí llegaste, hermano. Será mejor que regreses por donde viniste.

Marco se sorprendió tanto que no logró articular respuesta. Tan sólo obedeció. Con una mezcla de tristeza, miedo y enojo, escaló el muro, se alejó de la música y regresó hacia su cabaña.

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