Una cabaña en Atitlán – C16

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Durmió  poco. Se marchó aún de madrugada. Manejó medio dormido hasta la altura de Chupol. En una de las curvas, se sintió despertar. “Qué raro es todo esto”, pensó despabilándose. Se detuvo a la altura del kilómetro 90. Desayunó entretenido en la lectura de las noticias, que le parecieron de acontecimientos suscitados en otros países, en un tiempo remoto.

Tras leer la entrevista con uno de los quince candidatos presidenciales, un oportunista que prometía cambiar “la fisonomía del país”, Marco observó a las muchachas indígenas que trabajaban ahí, atendiendo las mesas y cuidando de la pequeña huerta del restaurante. Le gustó la sonrisa de la más joven de ellas. Qué linda y simpática era la fisonomía de aquella muchacha, vestida con su tradicional traje y sus zapatillas de plástico. De ninguna manera cambiarla; en todo caso, apreciarla.

Entró a la capital a eso de las diez de la mañana mientras escuchaba “Gotas frías”, esa canción de La Gran Calabaza que tanto le gustaba: Es diferente vivir entre la gente que ves, pero no sentís/ No es accidente, esconderse a veces duele, ya me ha pasado a mí.

Llegaba para abastecerse de víveres y enseres domésticos. Revisó su teléfono móvil. Tenía una cantidad de llamadas perdidas que no le interesaba devolver. Se detuvo en el Hiper Paiz del Periférico y Roosevelt, una galera monstruosa y un lote hacinado de vehículos. Lo afectó la sobrepoblación de estímulos auditivos y visuales, ocasionados por la música y los comerciales difundidos por los altavoces, el rumor de decenas de conversaciones simultáneas, los anuncios de descuentos, las revistas. Pensando en los tramos en penumbra del mercado de San Pedro, empujó su carreta con un poco de tristeza. Bajo el intenso alumbrado neón, no había personas con quien regatear.

Apenas saludó a una muchacha que impulsaba un menjurje para el cabello, una sustancia gelatinosa que llamaban “Estornudo de Elefante”. Marco pensó en una estrategia de mercadeo que alcanzara a un sector más amplio que el de los adolescentes con un gusto por la rebeldía superficial. Tuvo ganas de reírse. Aquello resultaba absurdo. Su forma de ver el mundo estaba cambiando. También fue un rebelde superficial, que los fines de semana escuchaba a Silvio Rodríguez mientras conducía un auto del año, calzaba unas sandalias Rockport o una playera del Che Guevara para ir a McDonald’s.

Durante años, pensó que la rebeldía era un bien de intercambio y consumo. La ejercía comprando productos que se mercadeaban como contraculturales, aunque fueran mainstream. Se daba cuenta de que existía un universo distinto. Esa búsqueda de algo más lo animaba ahora, algo que no sabía exactamente qué era y que sabía no iba a encontrar en el mercado. Al menos, no en el supermercado Hiper Paiz de la Roosevelt y el Periférico… El periférico es una vía (no tan) rápida que conecta la Universidad de San Carlos y el Centro Histórico. No. Lo periférico era otra realidad, más radical, más profunda, mucho más matizada.

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Mientras avanzaba entre el tráfico del Bulevar Liberación, sonó el celular. Lo saludaba Lucrecia, una chica con quien trabajó una campaña publicitaria.

― ¡Marco! Al fin te encuentro. ¿Qué te habías hecho? Bueno no tienes que contestar porque ya sé, pero no puedo creer que te hayas ido sin decirme nada, a mí, tu amiga que te quiere tanto. ¡Marco, por Dios! ¡Qué alegre! Y, cuéntame, ¿dónde es que queda tu nueva casa? ¿En Pana? ¡No puedo creerlo! ¡Qué alegre!

“Por si se te ofrece”, Marco le indicó cómo llegar. Le aseguró que sería bienvenida. Lucrecia le prometió “darse una su vueltecita” pronto. Se despidieron con afecto. La llamada lo dejó pensando en qué significaba aquella extensa red de conocidas que labró durante años, mujeres con quienes se reunía para platicar, bailar y aparearse. Lucrecia formaba parte de esa red, tanto como él formaba parte de la de Lucrecia, de la red entrecruzada de chicas, la mayoría solteras y sin compromisos, algunas madres solteras, todas sexualmente activas, queriendo disfrutar del sexo de la manera más intensa y frecuente posible. Una conducta así hubiese sido imposible tan sólo hacía unos años.

Para Marco, la liberación sexual en el país ocurrió durante las vacaciones en que pasó de secundaria a la universidad, de 1999 a 2000. Algo sucedió, acaso la influencia combinada del cable, Britney Spears, la condensación de la experiencia de cientos de miles de divorcios en el país, del rompimiento de la familia tradicional a partir de la migración de uno de los cónyuges hacia los Estados Unidos, la perdida de la hegemonía de la religión católica, la llegada del nuevo milenio o qué, pero, en cuestión de meses, las chicas comenzaron a comportarse de una manera más desinhibida.

Por ejemplo, cuando se conocieron con Lucrecia, ambos coincidieron que serían amigos, con derechos, pero amigos nada más y se acostaban con alguna frecuencia. Las chicas lo llamaban o él las llamaba. A veces lo invitaban a un café, a cenar o le decían directamente que se le antojaba acostarse con él.

De pronto, el aparato sonó y el nombre que apareció en pantalla fue el de Carlos Aragón. Por reflejo condicionado, contestó. Marco y Carlos quedaron de encontrarse en un restaurante cerca del Géminis. Aunque Aragón tan sólo trabajaba como copy en una pequeña empresa de publicidad, Marco lo conoció como docente, en la universidad. Aragón lo impresionó con su atuendo, su hablar desenfadado, la pose irreverente que desplegaba para (esto lo descubrió después) ocultar el rotundo fracaso de su carrera creativa.

Carlos Aragón pasó unos años vagando por Europa y por ello decía tener buen gusto. Adornaba su cubículo con fotografías en blanco y negro de Paris. Aunque su vida era un auténtico caos, vestía de una forma zaparrastrosa y vivía con una mujer horripilante, Aragón postulaba el orden y la elegancia.

Durante algún tiempo, Marco compartió la visión que Aragón ostentaba acerca de lo que debería ser el impacto público de la publicidad, la función de los medios en la configuración del imaginario colectivo. Sin embargo, Marco se dio cuenta que era un quedado. En sí, la propuesta publicitaria de Carlos Aragón era anacrónica, pretenciosa y, lo peor, ineficaz y aburrida. La publicidad debía que ser innovadora, atractiva y estimulante.

Le costaba escuchar a Aragón. Sus alegatos le daban lástima. Eran, más bien, la amargada expresión de sus carencias. El único anuncio televisivo que Aragón produjo en su totalidad, se difundió hacía años y era de una calidad lamentable. Lo demás eran colaboraciones en conceptos ideados por otros creativos; a veces le agregaba un poco de humor o resaltaba el doble sentido. Tan sólo parasitaba las creaciones de los demás. Pero hablaba mal de medio mundo porque, según él, carecían de calidad.

Cuando vio que Aragón entraba al estacionamiento del restaurante, Marco se arrepintió. Renunció porque se cansó de la gente limitada y carente de imaginación como Solano, Díaz, Avellaneda y el resto de quedados de la generación que lo precedía. No tenía por qué seguir soportándolo. Antes intentaba quedar bien con los colegas. Pero ahora, ¿de qué le servía fingir? ¿Acaso no era para evitar todo aquel hipócrita juego de intrigas que se marchó de la ciudad y se refugió en el campo? Salió del restaurante. Prefería dejar plantado a Aragón. Si se molestaba, su problema. Qué pensara y dijera lo que quisiera. Marco tan sólo procuraba sentirse tranquilo consigo mismo y que lo dejaran en paz.

Cuando llegó a casa, su madre se alegró y le dio un fuerte abrazo.

― Llegas a tiempo para el almuerzo. Si vienes cinco minutos antes, no me hubieras encontrado porque andaba en la tortillería. Aprovecha que las tortillas están saliditas del comal y siéntate a comer, mi’jo.

Al escuchar aquello, se sonrió. En la casa de sus padres, aunque luchara por marcar distancia, siempre habría un lugar para él.

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