Una cabaña en Atitlán – C18 January 6
Marco llegó a San Pedro a media mañana del viernes. Jessica era una chica encantadora, la invitó a la cabaña y ella le prometió visitarlo.
Estacionó cerca del parque y caminó por el pueblo. Siguió la pendiente de las calles, dejándose llevar hacia el lago. Aumentaban los cafés y hospedajes para turistas, todos con nombres pintorescos, bohemios o extranjeros. En el muelle, un muchacho anunció que la lancha para Santiago Atitlán estaba por salir. No conocía ese pobaldo. “Por qué no”, se preguntó y se encaramó en “Ninfa”, una frágil embarcación llena de indígenas.
Conversaban en su propio idioma. Marco entendía algunas palabras, pero no se sentía extraño. A bordo de la lancha, se creía miembro de su mismo grupo, como alguien que compartía sus circunstancias y suerte. Cruzaban las mismas agitadas aguas, el mismo viento golpeaba sus rostros, tenían el mismo destino. No sabía cómo ellos lo veían a él, pero le importaba poco. Lo conocían tanto como él a ellos. Nadie podía negar aquella sensación de fraternidad que experimentaba en silencio. Su rostro irradió tranquilidad y una reposada alegría. Acaso eso percibieron quienes lo rodeaban, porque le sonreían de vuelta.
Marco podía pensar que esa sonrisa significaba que se burlaban de él, diciéndose “un capitalino más con sus babosadas”, “otro kaxlán romántico”, pero optó por imaginar que compartían esa emoción evanescente de comunión. ¿Por qué no? ¿De qué otra forma más que actuando de buena fe se pueden romper con siglos de prejuicios entre los distintos grupos del país?, se cuestionaba mientras se bamboleaba en aquella lancha rodeado de compatriotas.
Definitivamente no quería ser indígena. Alguna vez conoció un profesor o un sacerdote en la universidad católica, con apellido alemán y ojos azules, proveniente de una de las más encumbradas familias del país, que se alucinaba indígena; borracho, lloraba por no serlo. El profesor, o sacerdote, Marco no recordaba, se arrepentía de su procedencia social, de su adscripción étnica. Con frecuencia, en vez de usar traje o sotana, vestía con camisas típicas (de esas para los turistas).
También en la universidad, Marco conoció a una señora rubia, de apellido italiano, de ojos verdes, que también se alucinaba indígena. Hasta se provocaba el llanto cada vez que tenía la oportunidad de contarle a los incautos “todo” lo que ella hacía a favor de los “pobres” indígenas. Esa inclinación le otorgó diferentes puestos burocráticos. Marco no padecía ese complejo. No quería ser como los indígenas ni tenía actitudes paternalistas con ellos ni se sentía culpable por hechos históricos que no tenían que ver con él.
Marco tampoco quería ser un criollo insoportable o un ladino advenedizo, un wannabe, como tantos de sus compañeros que trataban de imitar lo europeo, lo gringo y despreciaban lo indígena. Sólo por haber estudiado en colegios como el Germano, el París o el Nueva York, algunos hasta fingían hablar español con acento extranjero. Por ejemplo, un pobre diablo tan sólo porque su tatarabuelo paterno fue italiano, se consideraba a sí mismo italiano.
Otro decía que, aunque creció en Guatemala, nació en Nueva York y por lo tanto era estadounidense; hasta enseñaba su pasaporte, para que le creyeran, para sentirse distinto. Otro reclamaba su formación norteamericana para intentar mitigar el efecto deprimente que le causaba haber nacido en Guatemala, “por casualidad” añadía antes de relatar sus viajes por Europa. Pero Marco tampoco padecía esos complejos.
Simplemente se consideraba alguien cuya adscripción étnica inmediata, real, persistente era con los mestizos y la clase media urbana. En paz consigo mismo, viviendo en la contradicción, residiendo en la paradoja, situado en el punto medio entre esto y aquello, entre aquello y esto. Sin idealizar lo indígena ni lo occidental, sino un poco ambos y ninguno a la vez, con otra identidad, tan diferenciada y fluida como las demás.


