Una cabaña en Atitlán – C19 January 15
Llegaron al muelle de Santiago Atitlán. Cuando Marco estuvo en tierra, un niño indígena le ofreció una visita a Maximón. Marco había escuchado de San Simón, un muñeco de madera que visten con un traje oscuro y un sombrero de ala negra o con la vestimenta indígena de la localidad y un sombrero de palma. Dicen que se trata de una deidad ancestral, un ídolo híbrido, una expresión del sincretismo religioso, pero su culto siempre le pareció una farsa.
Sin embargo, nunca lo había visto. Por curiosidad, se dejó guiar por el niño, quien vestía una camisa tradicional, desabotonada, sobre con una playera desteñida que decía “I Love NY”, un pantalón tradicional y un par de tenis Nike, tan gastados que dejaban ver los dedos de sus pies. Portaba un walkman colgado a la cintura con sus respectivos audífonos. Otros niños se acercaban a los turistas a ofrecerles paseos.
Lo condujo a donde esperaban una docena de turistas y les anunció, en inglés, que lo siguieran. El niño indígena guiaba a esas personas cuyos rostros estaban cubiertos de bloqueador solar, que hablaban idiomas extranjeros y usaban una cámara al cuello. Marco sonrió cuando se percató del cambio de grupo: de los indígenas en la lancha a los extranjeros en las calles de Santiago Atitlán.
Recorrieron una distancia corta. En las afueras de una casa de paredes de adobe y tejas de barro, merodeaban algunas personas. Enfrente, una tienda vendía aguas gaseosas, veladoras, panecillos, sabritas, alcancías y pequeñas reproducciones de Maximón. Entraron a la habitación del ídolo, vestido con la vestimenta tradicional de la localidad y tenis negros. Los extranjeros observaban a un anciano (indígena o mestizo, no se distinguía) que le hablaba al ídolo, le empinaba un octavo de alcohol y se golpeaba con un manojo de hierbajos. Algo le susurró al oído del muñeco, depositó unos billetes en un cofre y se marchó.
El muchacho indígena relató una versión abreviada de la historia y el culto a Maximón, en un inglés coloquial. Al concluir, aclaró que depositaran una ofrenda de un dólar por cada fotografía que le tomaran. Algunos turistas siguieron su indicación. Algunos sólo lo observaron. Una de las mujeres se persignó. Le pareció extraño que no hubiera lugareños y se lo preguntó al niño, quien le respondió, en inglés, que los lugareños asistían a horas distintas. Le inquietó que ya no le respondiera en voz alta. El grupo de turistas se dispersó. Algunos le dieron una propina al guía.
Marco se quedó unos minutos más en el oscuro recinto, observando al muñeco de madera y quienes lo fotografiaban. Se le acercó al niño y le preguntó, en inglés:
― ¿Qué escuchas?
El niño lo observó unos segundos antes de desviar su mirada hacia la calle, la gente que pasaba, el lago al fondo. Le respondió, en inglés:
― Californication, de los Red Hot Chili Peppers.
― Es uno de mis discos favoritos, le respondió Marco.
― El mío también.
― ¿Cómo te llamas?
― Me llamo Kevin.
Marco, aún más confundido, añadió en español:
― ¿Dónde aprendiste el inglés?
El niño le aclaró, en español:
― Nací en Rhode Island.
― Entonces, ¿sos norteamericano?
― No, soy puro tzutujil.
Kevin vio su reloj, se rascó la cabeza y comenzó a alejarse.
― I have to go back to work. Hasta pronto.
Marco quedó frente al volcán, la calle, las personas que lo observaban. Un hombre salió de la tienda. Parecía indígena pero lucía un traje bastante arrugado, una camisa blanca con una corbata azul y zapatos de vestir, sin lustrar. Se acercó a Marco y le extendió una revista nueva, cubierta por un plástico.
― Pongo en tus manos el grave mensaje del Señor. No caigas en idolatrías, hermano. Venir a estos lugares no es bueno, ni siquiera motivado por la curiosidad del turista. Acá en Santiago Atitlán, ahora mismo, aunque tú no te des cuenta, aunque tú lo ignores, se está librando una guerra santa. Sí, escuchaste bien, una guerra santa. No tengo miedo de librarla, porque para eso nos mandó el Señor, para difundir su palabra y cumplir sus mandamientos.
“Aquí en Santiago Atitlán hay dos grupos que andan por los caminos equivocados del maligno: los cachurecos y los idólatras. El pueblo no ha prosperado como lo merece porque abundan los adoradores de Maximón, que le rinden culto a un muñeco de madera en vez de al Dios Verdadero, al Altísimo. Igual pasa con las hermandades que sacan a pasar ídolos de madera por las calles del pueblo.
Una vez me pegaron un griterío tremendo ahí en la entrada del pueblo porque me puse detrasito de la procesión predicando contra los ídolos, levantando las manos, orando. Se armó un lío tremendo. Todo el pueblo se alborotó, que unos a favor y otros en contra, los ánimos se caldearon y yo pensé que se iba a armar el zafarrancho, pero que si no pasó nada, pura llamarada de tusas, hablaron de que me iban a linchar, hablaron de que me iban a prender fuego, pero no se atrevieron porque El Señor estaba conmigo”.
“Por eso promuevo bautizos y predico para que la gente se convierta antes de que llueva fuego y piedras y nos llegue el Fin del Mundo…Pídele a Dios… Clámale al Señor… Sólo Él podrá salvarte. Aleluya, hermano…”
Alzó las manos y habló en un idioma extraño. Marco dejó que el hombre orara, intentado descifrar lo que decía. Pero se desesperó y se marchó. El hombre subió el tono de la oración. No estaba furioso, sino emocionado. Marco lo vio un par de veces mientras caminaba calle arriba. Varios indígenas pasaban cerca de él. En las alturas, se observaba un barrilete. Marco caminó hasta el parque central. Unos extranjeros tomaban fotografías y charlaban frente a la iglesia. Marco escuchó parte de la conversación que sostenían en inglés.
― Sí, todo es muy bonito y pintoresco, pero debes tener cuidado.
― ¿Por los robos?
― Ah, eso sucede en toda Guatemala.
― No. De eso no te habla Brian.
― No, Tim. Se trata de algo más serio.
― ¿De qué hablan?
― De lo que dicen que sucedió la semana pasada, en Panajachel.
― No, fue en San Marcos La Laguna.
― Creo que fue en San Pedro.
― Más bien, aquí en Santiago.
― No estoy seguro, pero dicen que pasó hace unos días.
― Algo que le puede pasar a cualquiera.
― A cualquiera de nosotros.
― Por eso le estamos advirtiendo a Jim.
― Me parece estupendo.
― ¿Qué cosa?
― Que le adviertan.
― Sí, le puede pasar a cualquiera.
― Que te confundan.
― La semana pasada confundieron las intensiones de un turista, creo que era alemán. Se acercó a una niña indígena y le tomó una fotografía.
― Por la forma en que se le quedó viendo, tal vez con ternura, alguien pensó que quería robarla.
― Comenzaron a gritar y acusarlo de viva voz.
― El hombre se puso nervioso y se puso a caminar, cada vez más rápido…
― Lo cual aumentó la sospecha sobre él.
― Alguien lo detuvo, lo agarró del brazo.
― Una turba lo cercó, no sabían qué hacer con él.
― Amenazaban con lincharlo. Algunos incluso lo golpearon.
― Pero lo salvó la policía.
― Pasaban por ahí y se detuvieron por curiosidad.
― Alguien habló y dijo que lo mejor era entregar al sospechoso a las autoridades.
― Se salvó, pero casi no la cuenta.
Marco se marchó. Le molestaba la abundancia de extranjeros. Pretendía una experiencia de la población y sus costumbres. Regresaría un lunes o martes. Tal vez encontraría el pueblo inmerso en su ajetreo cotidiano. Pero, ¿qué tal si el turismo era parte ya de aquel poblado? ¿Qué pasaba si no importando el día en el que fuera siempre encontraría tanto extranjeros como locales recorriendo las calles de Santiago Atitlán?
La contradicción era incluso nominativa: Santiago, el santo patrono de los conquistadores, y Atitlán, palabra nahualt que significa “lugar del agua”. Mezcla de lo autóctono y lo foráneo, un punto de encuentro. Regresó al muelle. Los extranjeros esperaban transporte hacia Panajachel; los indígenas, a San Pedro, San Pablo, Tzununá, Jaibalito. El lago se desplegaba majestuoso. A lo lejos, los cerros y los poblados, como en los nacimientos navideños. Una lancha, con un pescador solitario, surcaba el manso oleaje.

