Categorías Atitlán, Novela Por Ronald | 3 comentarios 863 Lecturas

Lo despertó una voz metálica que anunciaba el fin de los tiempos. Pensó que se trataba de una pesadilla. Pero no, una voz espantosa anunciaba que llovería fuego y piedras porque El Fin estaba cerca. Quiso ver de qué se trataba aquel relajo. Había dormido en el primer nivel. Le costó abrirse paso entre las personas dormidas o en el rudo proceso de despertar. El ambiente apestaba a humanidad y alcohol.
Sintió alivio cuando corrió la puerta de cristal y salió hacia la radiante mañana de domingo. Recién amanecía. En el jardín, abundaban las latas de cerveza, servilletas y bolsas de papalinas. Por supuesto que ninguno de quienes causaron dichos estragos lo ayudarían a limpiar.
En la pequeña bahía, divisó tres embarcaciones. En la proa de una de ellas, un hombre, el pastor Santos, hablaba por medio de un megáfono acerca del Apocalipsis, entremezclando palabras en su idioma nativo, el inglés y el español. Una hermosa joven indígena alzaba y sacudía una Biblia. Los feligreses entonaban himnos de alabanza con las manos en alto. (more…)
Categorías Atitlán, Novela Por Ronald | 2 comentarios 385 Lecturas

Mientras algunas parejas se quedaron en la playa en penumbra, la fiesta se reanudó en la cabaña. Las chicas entonaban a coro, como si tratara de un salmo religioso, una canción de Timbiriche. Se besaban entre ellas mientras se tomaban fotos. El alcohol comenzaba a hacer efecto. Marco se topó con Enrique en el balcón de madera, quien borracho, le hizo algunas observaciones sobre Atitlán que hubiera preferido no escuchar.
― Lo que hace falta es un plan de desarrollo turístico para convertir esta maravilla natural en otro Cancún. O sea, como Costa Rica, sólo que mejor, más organizado, menos pueblerino. Sí, traer un conglomerado de hoteles internacionales, un par de casinos y algunos centros nocturnos de prestigio, construir un aeropuerto cerca…
Enrique estaba inspirado. (more…)
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Antes del amanecer, se dirigió a la playa entre la penumbra y la niebla. Lo reconfortaba el olor a tierra húmeda, el rumor del apacible oleaje del lago de Atitlán. Trotaba como un animal, venado o jaguar. Se prometió escalar los volcanes cercanos, el San Pedro y el Tolimán, tan pronto como pudiera. Amanecía. La luz del sol inundaba la cuenca de Atitlán.
Regresó satisfecho y vigorizado. Pasó a la cabaña a tomar un poco de agua y a comer un pan con lechuga, tomate, queso y un poco de aceite de oliva. Trabajó la tierra, cuidó del huerto, cortó la grama y atendió el jardín. A medio día, se dio un baño en el lago. Le pareció que estaba completamente solo en el mundo. No se escuchaba el menor ruido ni divisaba lancha alguna en el lago. Se acostó desnudo sobre su ropa, hasta que quedó seco.
Después se vistió y se dirigió a la cabaña. Almorzó una ensalada de lechuga, tomate, aguacate y cebolla y una pechuga de pollo asado. Se recostó para leer la “Vida en el campo y el horticultor autosuficiente” de John Seymour, pero se quedó dormido…
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