Una cabaña en Atitlán – C22

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Lo despertó una voz metálica que anunciaba el fin de los tiempos. Pensó que se trataba de una pesadilla. Pero no, una voz espantosa anunciaba que llovería fuego y piedras porque El Fin estaba cerca. Quiso ver de qué se trataba aquel relajo. Había dormido en el primer nivel. Le costó abrirse paso entre las personas dormidas o en el rudo proceso de despertar. El ambiente apestaba a humanidad y alcohol.

Sintió alivio cuando corrió la puerta de cristal y salió hacia la radiante mañana de domingo. Recién amanecía. En el jardín, abundaban las latas de cerveza, servilletas y bolsas de papalinas. Por supuesto que ninguno de quienes causaron dichos estragos lo ayudarían a limpiar.

En la pequeña bahía, divisó tres embarcaciones. En la proa de una de ellas, un hombre, el pastor Santos, hablaba por medio de un megáfono acerca del Apocalipsis, entremezclando palabras en su idioma nativo, el inglés y el español. Una hermosa joven indígena alzaba y sacudía una Biblia. Los feligreses entonaban himnos de alabanza con las manos en alto.

Las lanchas se detuvieron frente a la playa en donde se encontraba la comuna; algunas, saliendo del lago, desnudas; algunos, poniéndose de pie. El pastor Santos, megáfono en una mano, Biblia en la otra, predicaba acerca de la inminente lluvia de fuego y piedras. Sus feligreses, indígenas todos, entonaban himnos, oraban en lenguas. Los nudistas (algunos europeos, gringos casi todos) sorprendidos en la playa.

Recordó a Enrique hablándole del interés de una cadena internacional de hoteles por adquirir su propiedad. Mientras el pastor clamaba, la comunidad nudista alzaba carteles que decían “Love One Another” y, tendidos en la playa, en la grama o metidos en el lago, se dedicaban a acariciarse y besarse. Era una provocación mutua. Mientras más clamaba el pastor, más se acariciaban los nudistas.

Marco observaba las lanchas detenidas frente a la playa nudista, escuchaba la prédica emotiva del pastor políglota, las mujeres sollozando con las manos alzadas y sus ex compañeros de la oficina padeciendo una cruda tremenda.

Los indígenas fervorosos a bordo de las lanchas, los extranjeros haciendo de las suyas en la playa, los mestizos citadinos observando el encuentro detrás de una cerca de piedras, como una plaga contaminando la naturaleza con sus ansiedades y violencias. Domingo por la mañana, el cielo reflejado, detenido, desfigurado en la mansa superficie de Ati.
FIN

2 Comentarios

  1. Publicado 24 febrero 2010 a las 19:01 | enlace permanente

    Me ha gustado mucho… tanto que aunque ya leí la historia, si estuviera en papel, no dudaría en comprarla… Es una lástima que no estará en mi estante junto a otras aventuras que he disfrutado mucho.

    Saludos Ronald

  2. Publicado 30 abril 2011 a las 13:08 | enlace permanente

    Increíble historia, aproveché todo mi viernes laboral para leerla entre órdenes de diseño y visualizaciones pirateadas de otras campañas.

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