Conjeturas del Engaño: The rest is silence

Javier PayerasPor Javier Payeras
Escritor guatemalteco

Los matices de un suicidio alumbrado por la precaria luz de una plaza asediada por indigentes. La periferia tan cercana al Centro. El poder marginal y periférico. La marginalidad que hace redundancia en un país marginal.

El escritor se ahorca. Se cuelga de un árbol, se mece pendiendo de una cadena. ¿Qué significa esta inmolación? ¿Hacia dónde apuntan los pies del ahorcado? La primera entrevista arroja la conjetura inicial. Se llamaba Eduardo Torres, era escritor.

Un letrado orgánico enlistado para un Premio Nóbel. Encumbrado representante aldeano en Occidente, que un día amanece asediado por moscas, picado por buitres, pudriéndose en la intemperie. Aquí el artista trabaja con su muerte. La obscena costumbre de enumerar los escenarios del dolor. Tan corriente como cursi o banal. Lo demás es silencio.

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Conjeturas del engaño (La muerte de Eduardo Torres)

Por: Eduardo Blandón
publicado en periódico impreso La Hora, diciembre de 2004.

Eduardo BlandónNo soy especialmente admirador de las novelas negras, esas en donde hay asesinatos, trama, suspenso y largas investigaciones. No me gusta buscar culpables, encontrar pistas y formularme hipótesis. Pero la novela de Ronald Flores, aunque eso parece indicar el título, es diferente.

Es evidente que se busca saber quién mató a Eduardo Torres pero esto no es lo principal de la novela, sino el pretexto para construir un mundo humano, demasiado humano, con personajes caracterizados por la perversidad y miseria. Justo como el nuestro. Eduardo Torres, dice el autor, es un intelectual. Como intelectual desea la gloria, los premios y el reconocimiento.

Pero se frustra al no encontrarlos. Ronald desvela la falsedad de muchos intelectuales que dicen vivir de “amor al arte”, más allá del bien y del mal, y de quienes dicen no importarles el dinero. Falso, nos hace pensar Flores, en el fondo, los artistas e intelectuales, como todos, son ambiciosos, pero lo ocultan con mucha erapia casi repiténdose constantemente sus propias mentiras hasta creérselas.

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El ahorcado más bello del mundo

Por: Javier Payeras
publicado en periódico impreso Siglo XXI, 28 de noviembre de 2004
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El policiaco es un género que sin dosis de humor se convierte en algo sin sustancia. Es una fórmula de la fantasía más literaria y de la más literaria fantasía. Sobre todo cuando envuelve al más sórdido de los ambientes, el medio literario de provincia.

Una historia: Eduardo Torres, bardo tropical, escritor publicado en editoriales escolásticas europeas, ninguneado en su paisito por el latifundio cultural modernista (¿modernista?); aparece ahorcado en la Plaza Central. Nada demasiado raro.

Lo extraño es que lo haya hecho en el justo momento en que su nombre está entre los propuestas para el premio Nobel. Todo ello deshila una investigación de parte de una serie de testimonios con personas del medio cultural, algunos despotricando contra el escritor aduciendo que era un logrero oportunista, otros diciendo que era un plagiario, otros que ni siquiera tenían idea de quién era… para ellos sólo era un suicidado más entre el montón.

Con sutil y efectivo sentido del humor, estilo cristalino y una brevedad que se agradece, Conjeturas del engaño, nos lleva hasta las entrañas de un medio literario que en nada tiene que envidiarle al Tribunal de la Santa Inquisición Española. Este thriller le divertirá más que cualquier partido de la selección nacional o noticiero amarillista.

Conjeturas del Engaño: me agrada la ilustración de la portada

Por: Jorge Carro L.
publicado periódico impreso Siglo XXI, 15 de julio de 2004.

Comenzaré de lo exterior a lo interior; de la forma al contenido. Me agrada la ilustración de la portada (que es de Isabel Ruiz), pero encuentro incorrecta la denominación de novela; a esta obra que por su extensión corresponde llamar Nouvelle, que como decía Cortázar es “cuando un cuento excede las 20 páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo enre el cuento y la novela propiamente dicha”.

Por suerte, Ronald no abandona su humor en este su homenaje a Monterroso, por lo que me permite recomendarle a Héctor Alonzo (uno de sus personajes) que interrogue, bajo sospecha, no a la mitad sino a todos los de esa mafia conocida como La Comunidad de Escritores, quienes deberían gozar (aprender=emular) del placer de la escritura, como lo hace el más Ronald de los Flores.

Cualquier similitud que el lector encuentre entre Eduardo Torres y no pocos farsantes seudoescritores que fungen como funcionarios del gobierno, no es pura coincidencia. Apresúrense a comprar esta nouvel. Sólo se imprimieron mil ejemplares, lamentablemente.