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	<title>Ronald Flores</title>
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	<description>Literatura Guatemalteca</description>
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		<title>Una cabaña en Atitlán &#8211; C22</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Feb 2010 06:00:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ronald</dc:creator>
				<category><![CDATA[Atitlán]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
		<category><![CDATA[biblia]]></category>
		<category><![CDATA[nudistas]]></category>

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		<description><![CDATA[Lo despertó una voz metálica que anunciaba el fin de los tiempos. Pensó que se trataba de una pesadilla. Pero no, una voz espantosa anunciaba que llovería fuego y piedras porque El Fin estaba cerca. Quiso ver de qué se trataba aquel relajo. Había dormido en el primer nivel. Le costó abrirse paso entre las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/pressuretobear/2734892898/"><img class="aligncenter size-full wp-image-859" title="atitlan-volcanes" src="http://www.ronaldflores.com/wp-content/uploads/2010/02/atitlan-volcanes.jpg" alt="atitlan volcanes Una cabaña en Atitlán   C22" width="500" height="375" /></a></p>
<p>Lo despertó una voz metálica que anunciaba el fin de los tiempos. Pensó que se trataba de una pesadilla. Pero no, una voz espantosa anunciaba que llovería fuego y piedras porque El Fin estaba cerca. Quiso ver de qué se trataba aquel relajo. Había dormido en el primer nivel. Le costó abrirse paso entre las personas dormidas o en el rudo proceso de despertar. El ambiente apestaba a humanidad y alcohol.</p>
<p>Sintió alivio cuando corrió la puerta de cristal y salió hacia la radiante mañana de domingo. Recién amanecía. En el jardín, abundaban las latas de cerveza, servilletas y bolsas de papalinas. Por supuesto que ninguno de quienes causaron dichos estragos lo ayudarían a limpiar.</p>
<p>En la pequeña bahía, divisó tres embarcaciones. En la proa de una de ellas, un hombre, el pastor Santos, hablaba por medio de un megáfono acerca del Apocalipsis, entremezclando palabras en su idioma nativo, el inglés y el español. Una hermosa joven indígena alzaba y sacudía una Biblia. Los feligreses entonaban himnos de alabanza con las manos en alto.<span id="more-857"></span></p>
<p>Las lanchas se detuvieron frente a la playa en donde se encontraba la comuna; algunas, saliendo del lago, desnudas; algunos, poniéndose de pie. El pastor Santos, megáfono en una mano, Biblia en la otra, predicaba acerca de la inminente lluvia de fuego y piedras. Sus feligreses, indígenas todos, entonaban himnos, oraban en lenguas. Los nudistas (algunos europeos, gringos casi todos) sorprendidos en la playa.</p>
<p>Recordó a Enrique hablándole del interés de una cadena internacional de hoteles por adquirir su propiedad. Mientras el pastor clamaba, la comunidad nudista alzaba carteles que decían “Love One Another” y, tendidos en la playa, en la grama o metidos en el lago, se dedicaban a acariciarse y besarse. Era una provocación mutua. Mientras más clamaba el pastor, más se acariciaban los nudistas.</p>
<p>Marco observaba las lanchas detenidas frente a la playa nudista, escuchaba la prédica emotiva del pastor políglota, las mujeres sollozando con las manos alzadas y sus ex compañeros de la oficina padeciendo una cruda tremenda.</p>
<p>Los indígenas fervorosos a bordo de las lanchas, los extranjeros haciendo de las suyas en la playa, los mestizos citadinos observando el encuentro detrás de una cerca de piedras, como una plaga contaminando la naturaleza con sus ansiedades y violencias. Domingo por la mañana, el cielo reflejado, detenido, desfigurado en la mansa superficie de Ati.<br />
FIN</p>
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		<title>Una cabaña en Atitlán &#8211; C21</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Feb 2010 08:00:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ronald</dc:creator>
				<category><![CDATA[Atitlán]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
		<category><![CDATA[Fiesta]]></category>

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		<description><![CDATA[Mientras algunas parejas se quedaron en la playa en penumbra, la fiesta se reanudó en la cabaña. Las chicas entonaban a coro, como si tratara de un salmo religioso, una canción de Timbiriche. Se besaban entre ellas mientras se tomaban fotos. El alcohol comenzaba a hacer efecto. Marco se topó con Enrique en el balcón [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/wheatland/2978797773/"><img class="aligncenter size-full wp-image-854" title="lago-atitlan-balcon" src="http://www.ronaldflores.com/wp-content/uploads/2010/02/lago-atitlan-balcon.jpg" alt="lago atitlan balcon Una cabaña en Atitlán   C21" width="500" height="375" /></a></p>
<p>Mientras algunas parejas se quedaron en la playa en penumbra, la fiesta se reanudó en la cabaña. Las chicas entonaban a coro, como si tratara de un salmo religioso, una canción de Timbiriche. Se besaban entre ellas mientras se tomaban fotos. El alcohol comenzaba a hacer efecto. Marco se topó con Enrique en el balcón de madera, quien borracho, le hizo algunas observaciones sobre Atitlán que hubiera preferido no escuchar.</p>
<p>― Lo que hace falta es un <strong>plan de desarrollo turístico</strong> para convertir esta maravilla natural en otro <strong>Cancún</strong>. O sea, como <strong>Costa Rica</strong>, sólo que mejor, más organizado, menos pueblerino. Sí, traer un conglomerado de hoteles internacionales, un par de casinos y algunos centros nocturnos de prestigio, construir un aeropuerto cerca…</p>
<p>Enrique estaba inspirado.<span id="more-853"></span><br />
― Aquí hace falta una visión aglutinadora, establecer un cluster. Aqui podría ser la nueva meca del turismo. Sí. Te felicito, Marco. Pensé que al comprar un terreno aquí estabas retrocediendo en el tiempo, pero en realidad has hecho una tremenda inversión, porque en un futuro cercano la plusvalía se disparará. Con razón unos amigos, que representan el consorcio Santa Fe, se interesaron por esta fiesta. Quiero que hables con ellos. Creo que te podrían hacer una oferta. Imagino que tienes pensado vender a una cadena hotelera o similar. Pues, ya lo ves, Santa Fe ya muestra interés. Haces bien, Marco, muy bien. En cuestión de semanas, puedes triplicar tu inversión…</p>
<p>Lo observó esperando que emitiera algún gesto que aclarara que estaba bromando. Pero nada. Lo decía en serio.</p>
<p>― Ni lo dudes, Enrique. Por supuesto. Yo no lo hubiera expresado mejor. Cancún, Las Vegas, sólo de pensarlo me pongo contento. ¿Sabes? Deberías decirle a tus amigos que me llamen y me hagan una propuesta que no pueda rechazar. Por cierto, ¿se te ofrece algo más de beber?</p>
<p>No quería ofender a Enrique. Sólo quería alejarse de él y todo lo que representaba su estrecha y torpe visión de mundo. Para qué enfrentarlo. Cuando llegó a la cocina, se acercó a Lucrecia y le pidió, como un favor personal, que le llevara más bebidas a Enrique y sus amigos. Mientras Lucrecia salía hacia el balcón, festiva y servicial, Marco recordó los rituales nocturnos que llevaban a cabo sus vecinos y se asomó para intentar divisarlos. Nada. Acaso esta noche no encenderían la fogata.</p>
<p>Las personas bailaban, bebían y conversaban. Algunas parejas se dirigían al tercer nivel, a la habitación para visitas, en busca de intimidad. Alzando una cerveza, Marco brindó por sí mismo y se puso a bailar con Marilú. Sonaba reggae, un reggae pop, acaso música del grupo Iguanamanga. Qué bien se sentía bailar. La noche ya no era virgen pero al menos aún era larga.</p>
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		<title>Una cabaña en Atitlán &#8211; C20</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Feb 2010 14:25:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ronald</dc:creator>
				<category><![CDATA[Atitlán]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
		<category><![CDATA[san pedro]]></category>
		<category><![CDATA[Tolimán]]></category>

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		<description><![CDATA[Antes del amanecer, se dirigió a la playa entre la penumbra y la niebla. Lo reconfortaba el olor a tierra húmeda, el rumor del apacible oleaje del lago de Atitlán. Trotaba como un animal, venado o jaguar. Se prometió escalar los volcanes cercanos, el San Pedro y el Tolimán, tan pronto como pudiera. Amanecía. La [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/wheatland/2978799339/"></a><a href="http://www.ronaldflores.com/wp-content/uploads/2010/02/volcan-toliman.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-848" title="volcan-toliman" src="http://www.ronaldflores.com/wp-content/uploads/2010/02/volcan-toliman.jpg" alt="volcan toliman Una cabaña en Atitlán   C20" width="500" height="375" /></a></p>
<p>Antes del amanecer, se dirigió a la playa entre la penumbra y la niebla. Lo reconfortaba el olor a tierra húmeda, el rumor del apacible oleaje del lago de Atitlán. Trotaba como un animal, venado o jaguar. Se prometió escalar los volcanes cercanos, el <strong>San Pedro</strong> y el<strong> Tolimán</strong>, tan pronto como pudiera. Amanecía. La luz del sol inundaba la cuenca de Atitlán.</p>
<p>Regresó  satisfecho y vigorizado. Pasó a la cabaña a tomar un poco de agua y a comer un pan con lechuga, tomate, queso y un poco de aceite de oliva. Trabajó la tierra, cuidó del huerto, cortó la grama y atendió el jardín. A medio día, se dio un baño en el lago. Le pareció que estaba completamente solo en el mundo. No se escuchaba el menor ruido ni divisaba lancha alguna en el lago. Se acostó desnudo sobre su ropa, hasta que quedó seco.</p>
<p>Después se vistió y se dirigió a la cabaña. Almorzó una ensalada de lechuga, tomate, aguacate y cebolla y una pechuga de pollo asado. Se recostó para leer la “Vida en el campo y el horticultor autosuficiente” de John Seymour, pero se quedó dormido…    <span id="more-846"></span></p>
<p>Lo despertó un bullicio creciente, como el de una plaga que avanza contaminándolo todo, compuesto por conversaciones y pasos sobre los tablones de madera del balcón. Su reloj marcaba las tres de la tarde. A lo mejor era Jessica, que adelantaba la visita que prometió para el domingo. Cuando se asomó al ventanal, descubrió a…no podía ser… ¡sus compañeros de trabajo! Habían dado con su refugio. Pero, ¡cómo! O, más bien, ¡quién! Abrió la puerta de vidrio mientras le gritaban: ¡Sorpresa! Fingiendo agrado, recibió los abrazos de Marilú, Lorena, Gabriela, Betty, Álvaro y Rodrigo.</p>
<p>― Enrique y sus amigos están por llegar. En una media hora vienen Ricardo y Lucrecia.<br />
― Además, como en dos horas viene otra caravana, creo que cuatro carros más que no pudieron salir antes de Guate.<br />
― ¡Tu fiesta de despedida va a estar super!<br />
― ¡Ah la sí, Marco! ¡Qué buena onda!<br />
― ¡Pero qué lindo celebrarla aquí mismo, en Ati!<br />
― ¡O sea, guau, pues!</p>
<p>Las chicas se adueñaron de su habitación, en donde desempacaron. Se pusieron a inflar y colgar globos, tiras de papel crepé y serpentinas. Los hombres desparramaron las bolsas de papalinas, manías, las botellas de ron, whisky, tequila, los abundantes six-packs de cervezas y se acomodaron en la sala y en el balcón, hablando cada vez más recio. Un radio portátil emitía, a todo volumen, la música que ponían y quitaban según el capricho de cada cual. No se escucharon dos canciones del mismo artista seguidas pero, muy a su pesar, Marco creyó descubrir, impulsados por la entropía, regresaban a Maná.</p>
<p>Cuando llegó, Lucrecia ordenó que se suspendieran los trabajos de preparación para aprovechar lo que les quedaba de sol. Se pusieron las calzonetas, se untaron de bronceador y se dirigieron hacia la playa para broncearse. Álvaro, Rodrigo, Marco y varios más se posicionaron en el muelle de madera, abrieron unas cervezas y se pusieron a charlar.</p>
<p>A Marco le sorprendió la cantidad de personas que llegaron, más de cuarenta, no conocía a más de la mitad, amigas de amigos o amigos de amigas, atraídos por “una fiesta en Ati” (“yeah, salvemos al lago, yuuhhjuu”). La tarde estaba espléndida, el cielo de azul intenso, completamente despejado. El lago cambiaba de colores según caía la tarde: celeste, turquesa, azul. Las chicas se pusieron a bailar en el muelle, en la playa. El grupo de hombres bebiendo cerveza disminuyó. El improvisado baile se suspendió para contemplar el atardecer.</p>
<p>― ¡Ya te fijaste!<br />
― ¡Ah la… qué lindo Ati!<br />
― ¡Cero que ver con la ciudad, pues!<br />
― ¡La naturaleza, muchá, qué bella! ¿Ya se dieron cuenta?<br />
― Los volcanes son como los edificios de aquí…<br />
― ¡O sea, guau, pues, guau!<br />
― Como para tener una cámara y grabarlo todo (varios toman fotografías con las cámaras de sus teléfonos celulares).<br />
― ¡No sé cómo decirlo pero… qué lindo Ati!<br />
― ¡Como para venir más seguido, pues!<br />
― ¡Salvemos el lago, muchis!<br />
― ¡Lo mejor es que con Marco aquí ya tenemos a dónde venir a parrandear todos los fines de semana!</p>
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		<title>Una cabaña en Atitlán &#8211; C19</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jan 2010 17:17:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ronald</dc:creator>
				<category><![CDATA[Atitlán]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
		<category><![CDATA[Maximón]]></category>
		<category><![CDATA[Santiago Atitlán]]></category>

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		<description><![CDATA[Llegaron al muelle de Santiago Atitlán. Cuando Marco estuvo en tierra, un niño indígena le ofreció una visita a Maximón. Marco había escuchado de San Simón, un muñeco de madera que visten con un traje oscuro y un sombrero de ala negra o con la vestimenta indígena de la localidad y un sombrero de palma. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><object width="500" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/Nk-Jw076Nlw&#038;hl=en_US&#038;fs=1&#038;"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/Nk-Jw076Nlw&#038;hl=en_US&#038;fs=1&#038;" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="500" height="344"></embed></object></p>
<p>Llegaron al muelle de Santiago Atitlán. Cuando Marco estuvo en tierra, un niño indígena le ofreció una <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Maxim%C3%B3n">visita a Maximón</a>. Marco había escuchado de <strong>San Simón</strong>, un muñeco de madera que visten con un traje oscuro y un sombrero de ala negra o con la vestimenta indígena de la localidad y un sombrero de palma. Dicen que se trata de una deidad ancestral, un ídolo híbrido, una expresión del sincretismo religioso, pero su culto siempre le pareció una farsa.</p>
<p>Sin embargo, nunca lo había visto. Por curiosidad, se dejó guiar por el niño, quien vestía una camisa tradicional, desabotonada, sobre con una playera desteñida que decía “I Love NY”, un pantalón tradicional y un par de tenis Nike, tan gastados que dejaban ver los dedos de sus pies. Portaba un walkman colgado a la cintura con sus respectivos audífonos. Otros niños se acercaban a los turistas a ofrecerles paseos.</p>
<p>Lo condujo a donde esperaban una docena de turistas y les anunció, en inglés, que lo siguieran. El niño indígena guiaba a esas personas cuyos rostros estaban cubiertos de bloqueador solar, que hablaban idiomas extranjeros y usaban una cámara al cuello. Marco sonrió cuando se percató del cambio de grupo: de los indígenas en la lancha a los extranjeros en las calles de Santiago Atitlán.<span id="more-838"></span></p>
<p>Recorrieron una distancia corta. En las afueras de una casa de paredes de adobe y tejas de barro, merodeaban algunas personas. Enfrente, una tienda vendía aguas gaseosas, veladoras, panecillos, sabritas, alcancías y pequeñas reproducciones de Maximón. Entraron a la habitación del ídolo, vestido con la vestimenta tradicional de la localidad y tenis negros. Los extranjeros observaban a un anciano (indígena o mestizo, no se distinguía) que le hablaba al ídolo, le empinaba un octavo de alcohol y se golpeaba con un manojo de hierbajos. Algo le susurró al oído del muñeco, depositó unos billetes en un cofre y se marchó.</p>
<p>El muchacho indígena relató una versión abreviada de la historia y <a href="http://www.youtube.com/watch?v=BfRbv2FlJ6E">el culto a Maximón</a>, en un inglés coloquial. Al concluir, aclaró que depositaran una ofrenda de un dólar por cada fotografía que le tomaran. Algunos turistas siguieron su indicación. Algunos sólo lo observaron. Una de las mujeres se persignó. Le pareció extraño que no hubiera lugareños y se lo preguntó al niño, quien le respondió, en inglés, que los lugareños asistían a horas distintas. Le inquietó que ya no le respondiera en voz alta. El grupo de turistas se dispersó. Algunos le dieron una propina al guía.</p>
<p>Marco se quedó unos minutos más en el oscuro recinto, observando al muñeco de madera y quienes lo fotografiaban. Se le acercó al niño y le preguntó, en inglés:</p>
<p>― ¿Qué escuchas?<br />
El niño lo observó unos segundos antes de desviar su mirada hacia la calle, la gente que pasaba, el lago al fondo. Le respondió, en inglés:<br />
― <a href="http://www.youtube.com/watch?v=sFMLARtqxCY">Californication</a>, de los Red Hot Chili Peppers.<br />
― Es uno de mis discos favoritos, le respondió Marco.<br />
― El mío también.<br />
― ¿Cómo te llamas?<br />
― Me llamo Kevin.</p>
<p>Marco, aún más confundido, añadió en español:<br />
― ¿Dónde aprendiste el inglés?</p>
<p>El niño le aclaró, en español:<br />
― Nací en Rhode Island.<br />
― Entonces, ¿sos norteamericano?<br />
― No, soy puro tzutujil.</p>
<p>Kevin vio su reloj, se rascó la cabeza y comenzó a alejarse.<br />
― I have to go back to work. Hasta pronto.</p>
<p>Marco quedó frente al volcán, la calle, las personas que lo observaban. Un hombre salió de la tienda. Parecía indígena pero lucía un traje bastante arrugado, una camisa blanca con una corbata azul y zapatos de vestir, sin lustrar. Se acercó a Marco y le extendió una revista nueva, cubierta por un plástico.</p>
<p>― Pongo en tus manos el grave mensaje del Señor. No caigas en idolatrías, hermano. Venir a estos lugares no es bueno, ni siquiera motivado por la curiosidad del turista. Acá en Santiago Atitlán, ahora mismo, aunque tú no te des cuenta, aunque tú lo ignores, se está librando una guerra santa. Sí, escuchaste bien, una guerra santa. No tengo miedo de librarla, porque para eso nos mandó el Señor, para difundir su palabra y cumplir sus mandamientos.</p>
<p>“Aquí en Santiago Atitlán hay dos grupos que andan por los caminos equivocados del maligno: los cachurecos y los idólatras. El pueblo no ha prosperado como lo merece porque abundan los adoradores de Maximón, que le rinden culto a un muñeco de madera en vez de al Dios Verdadero, al Altísimo. Igual pasa con las hermandades que sacan a pasar ídolos de madera por las calles del pueblo.</p>
<p>Una vez me pegaron un griterío tremendo ahí en la entrada del pueblo porque me puse detrasito de la procesión predicando contra los ídolos, levantando las manos, orando. Se armó un lío tremendo. Todo el pueblo se alborotó, que unos a favor y otros en contra, los ánimos se caldearon y yo pensé que se iba a armar el zafarrancho, pero que si no pasó nada, pura llamarada de tusas, hablaron de que me iban a linchar, hablaron de que me iban a prender fuego, pero no se atrevieron porque El Señor estaba conmigo”.</p>
<p>“Por eso promuevo bautizos y predico para que la gente se convierta antes de que llueva fuego y piedras y nos llegue el Fin del Mundo…Pídele a Dios… Clámale al Señor… Sólo Él podrá salvarte. Aleluya, hermano…”<br />
Alzó las manos y habló en un idioma extraño. Marco dejó que el hombre orara, intentado descifrar lo que decía. Pero se desesperó y se marchó. El hombre subió el tono de la oración. No estaba furioso, sino emocionado. Marco lo vio un par de veces mientras caminaba calle arriba. Varios indígenas pasaban cerca de él. En las alturas, se observaba un barrilete. Marco caminó hasta el parque central. Unos extranjeros tomaban fotografías y charlaban frente a la iglesia. Marco escuchó parte de la conversación que sostenían en inglés.</p>
<p>― Sí, todo es muy bonito y pintoresco, pero debes tener cuidado.<br />
― ¿Por los robos?<br />
― Ah, eso sucede en toda Guatemala.<br />
― No. De eso no te habla Brian.<br />
― No, Tim. Se trata de algo más serio.<br />
― ¿De qué hablan?<br />
― De lo que dicen que sucedió la semana pasada, en Panajachel.<br />
― No, fue en San Marcos La Laguna.<br />
― Creo que fue en San Pedro.<br />
― Más bien, aquí en Santiago.<br />
― No estoy seguro, pero dicen que pasó hace unos días.<br />
― Algo que le puede pasar a cualquiera.<br />
― A cualquiera de nosotros.<br />
― Por eso le estamos advirtiendo a Jim.<br />
― Me parece estupendo.<br />
― ¿Qué cosa?<br />
― Que le adviertan.<br />
― Sí, le puede pasar a cualquiera.<br />
― Que te confundan.<br />
― La semana pasada confundieron las intensiones de un turista, creo que era alemán. Se acercó a una niña indígena y le tomó una fotografía.</p>
<p>― Por la forma en que se le quedó viendo, tal vez con ternura, alguien pensó que quería robarla.<br />
― Comenzaron a gritar y acusarlo de viva voz.<br />
― El hombre se puso nervioso y se puso a caminar, cada vez más rápido…<br />
― Lo cual aumentó la sospecha sobre él.<br />
― Alguien lo detuvo, lo agarró del brazo.<br />
― Una turba lo cercó, no sabían qué hacer con él.<br />
― Amenazaban con lincharlo. Algunos incluso lo golpearon.<br />
― Pero lo salvó la policía.<br />
― Pasaban por ahí y se detuvieron por curiosidad.<br />
― Alguien habló y dijo que lo mejor era entregar al sospechoso a las autoridades.<br />
― Se salvó, pero casi no la cuenta.</p>
<p>Marco se marchó. Le molestaba la abundancia de extranjeros. Pretendía una experiencia de la población y sus costumbres. Regresaría un lunes o martes. Tal vez encontraría el pueblo inmerso en su ajetreo cotidiano. Pero, ¿qué tal si el turismo era parte ya de aquel poblado? ¿Qué pasaba si no importando el día en el que fuera siempre encontraría tanto extranjeros como locales recorriendo las calles de Santiago Atitlán?</p>
<p>La contradicción era incluso nominativa: Santiago, el santo patrono de los conquistadores, y Atitlán, palabra nahualt que significa “lugar del agua”. Mezcla de lo autóctono y lo foráneo, un punto de encuentro. Regresó al muelle. Los extranjeros esperaban transporte hacia Panajachel; los indígenas, a San Pedro, San Pablo, Tzununá, Jaibalito. El lago se desplegaba majestuoso. A lo lejos, los cerros y los poblados, como en los nacimientos navideños. Una lancha, con un pescador solitario, surcaba el manso oleaje.</p>
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		<title>Una cabaña en Atitlán &#8211; C18</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jan 2010 15:36:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ronald</dc:creator>
				<category><![CDATA[Atitlán]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
		<category><![CDATA[san pedro]]></category>

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		<description><![CDATA[Marco llegó a San Pedro a media mañana del viernes. Jessica era una chica encantadora, la invitó a la cabaña y ella le prometió visitarlo. Estacionó cerca del parque y caminó por el pueblo. Siguió la pendiente de las calles, dejándose llevar hacia el lago. Aumentaban los cafés y hospedajes para turistas, todos con nombres [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/bitxi/3619686691/"><img class="aligncenter size-full wp-image-835" title="santiago-atitlan" src="http://www.ronaldflores.com/wp-content/uploads/2010/01/santiago-atitlan.jpg" alt="santiago atitlan Una cabaña en Atitlán   C18" width="500" height="375" /></a></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Marco  llegó a <strong>San Pedro</strong> a media mañana del viernes. Jessica era una chica  encantadora, la invitó a la cabaña y ella le prometió visitarlo. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Estacionó  cerca del parque y caminó por el pueblo. Siguió la pendiente de las  calles, dejándose llevar hacia el lago. Aumentaban los cafés y hospedajes  para turistas, todos con nombres pintorescos, bohemios o extranjeros.  En el muelle, un muchacho anunció que la lancha para <strong>Santiago Atitlán</strong> estaba por salir. No conocía ese pobaldo. “Por qué no”, se preguntó  y se encaramó en “Ninfa”, una frágil embarcación llena de indígenas. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Conversaban  en su propio idioma. Marco entendía algunas palabras, pero no se sentía  extraño. A bordo de la lancha, se creía miembro de su mismo grupo,  como alguien que compartía sus circunstancias y suerte. Cruzaban las  mismas agitadas aguas, el mismo viento golpeaba sus rostros, tenían  el mismo destino. No sabía cómo ellos lo veían a él, pero le  importaba poco. Lo conocían tanto como él a ellos. Nadie podía negar aquella sensación de fraternidad que  experimentaba en silencio. Su rostro irradió tranquilidad y una reposada  alegría. Acaso eso percibieron quienes lo rodeaban, porque le sonreían  de vuelta.<span id="more-810"></span></span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Marco  podía pensar que esa sonrisa significaba que se burlaban de él, diciéndose  “un capitalino más con sus babosadas”, “otro kaxlán romántico”,  pero optó por imaginar que compartían esa emoción evanescente de  comunión. ¿Por qué no? ¿De qué otra forma más que actuando de  buena fe se pueden romper con siglos de prejuicios entre los distintos  grupos del país?, se cuestionaba mientras se bamboleaba en aquella  lancha rodeado de compatriotas.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Definitivamente  no quería ser indígena. Alguna vez conoció un profesor o un sacerdote  en la universidad católica, con apellido alemán y ojos azules, proveniente  de una de las más encumbradas familias del país, que se alucinaba  indígena; borracho, lloraba por no serlo. El profesor, o sacerdote,  Marco no recordaba, se arrepentía de su procedencia social, de su adscripción  étnica. Con frecuencia, en vez de usar traje o sotana, vestía con  camisas típicas (de esas para los turistas). </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">También en la universidad, Marco  conoció a una señora rubia, de apellido italiano, de ojos verdes,  que también se alucinaba indígena. Hasta se provocaba el llanto cada  vez que tenía la oportunidad de contarle a los incautos “todo”  lo que ella hacía a favor de los “pobres” indígenas. Esa inclinación  le otorgó diferentes puestos burocráticos. Marco no padecía ese complejo.  No quería ser como los indígenas ni tenía actitudes paternalistas  con ellos ni se sentía culpable por hechos históricos que no tenían  que ver con él.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Marco  tampoco quería ser un criollo insoportable o un ladino advenedizo,  un <em>wannabe</em>, como tantos de sus compañeros que trataban de imitar  lo europeo, lo gringo y despreciaban lo indígena. Sólo por haber estudiado  en colegios como el Germano, el París o el Nueva York, algunos  hasta fingían hablar español con acento extranjero. Por ejemplo, un  pobre diablo tan sólo porque su tatarabuelo paterno fue italiano, se  consideraba a sí mismo italiano. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Otro decía que, aunque creció en  Guatemala, nació en Nueva York y por lo tanto era estadounidense; hasta  enseñaba su pasaporte, para que le creyeran, para sentirse distinto.  Otro reclamaba su formación norteamericana para  intentar mitigar el efecto deprimente que le causaba haber nacido en  Guatemala, “por casualidad” añadía antes de relatar sus viajes  por Europa. Pero Marco tampoco padecía esos complejos. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Simplemente  se consideraba alguien cuya adscripción étnica inmediata, real, persistente  era con los mestizos y la clase media urbana. En paz consigo mismo,  viviendo en la contradicción, residiendo en la paradoja, situado en  el punto medio entre esto y aquello, entre aquello y esto. Sin idealizar  lo indígena ni lo occidental, sino un poco ambos y ninguno a la vez,  con otra identidad, tan diferenciada y fluida como las demás.</span></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Una cabaña en Atitlán &#8211; C17</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jan 2010 03:48:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ronald</dc:creator>
				<category><![CDATA[Atitlán]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>

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		<description><![CDATA[Durante la sobremesa, su padre lo interrogó: qué buscaba, hacia dónde iba. Le preocupaba la decisión que tomó “a la ligera”. Deshacía el camino que transitaron los abuelos, quienes migraron del campo. Sus historias eran una suerte de épica doméstica, de quien llega “sin un centavo entre la bolsa” y, después de muchos sacrificios, amasaban [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/homohominilupus/2191324740/"><img class="aligncenter size-full wp-image-831" title="roosevelt-c17" src="http://www.ronaldflores.com/wp-content/uploads/2010/01/roosevelt-c17.jpg" alt="roosevelt c17 Una cabaña en Atitlán   C17" width="500" height="375" /></a></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Durante la sobremesa,  su padre lo interrogó: qué buscaba, hacia dónde iba. Le preocupaba  la decisión que tomó “a la ligera”. Deshacía el camino que transitaron  los abuelos, quienes migraron del campo. Sus historias eran una suerte  de épica doméstica, de quien llega “sin un centavo entre la bolsa”  y, después de muchos sacrificios, amasaban una pequeña fortuna.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  No me explico cómo puedes estar renunciando a todo esto…</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">El  reclamo de su padre trasladaba más consternación que regaño. Era  un buen médico, un hombre honesto pero quien había sacrificado mucho  y gozado poco, siempre atado a la clínica, al hospital, al sufrimiento  ajeno. Su padre le pareció envejecido y confundido por la decisión  que su hijo tomaba.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Marco  le compartió su ilusión por vivir en contacto con la naturaleza. Se  dio cuenta que no podría consolarlo con eso. Su padre había identificado  que la felicidad radicaba en la estabilidad, la religión católica,  el éxito profesional y la familia integrada. Pertenecía a otra época.  Para calmarlo, le dijo:<span id="more-808"></span></span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Es cuestión de unos meses, papá. No se preocupe tanto. Necesito un  respiro. La vida es una maratón y yo la he vivido como una carrera  de cien metros planos.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Aquellas  palabras causaron el efecto deseado. Su padre, tras brindarle un cálido  abrazo, dio por concluido el asunto.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Que te vaya bien, mi’jo. No te olvides de visitarnos seguido. Me encantaría  seguir platicando, pero tengo ir al hospital. Qué Dios te bendiga.  Ahí nos vemos.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Quiso  darle otro abrazo, demorado, afectuoso. Pero su padre siempre andaba  preciso.</span></p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">― Aló, Marco, qué  bueno que al fin lo encuentro. Le habla Jessica, de PR. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Jessica, qué gusto. Dígame, en qué puedo servirla.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Gracias, Marco. Como sabrá, estamos por contratarles un circuito de  panorámicas para una campaña nueva. No sé si tendría tiempo para  repetir el patrullaje de la vez pasada. Como me dijo, prefiero ver los  lugares que nos ofrecen. ¿Tiene tiempo, Marco? Ah, la… diga que sí.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Tengo tiempo ahora mismo. ¿Paso por usted en unos quince minutos? </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Pues, no pensé que fuera hoy mismo, pero… ¿sabe qué? Como urge,  lo espero en quince. Bye.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">A  Marco se le ocurrió la idea de los patrullajes la madrugada de un sábado  mientras transitaba por las calles semi desiertas. El siguiente fin  de semana salió temprano, con un mapa y una cámara. Captó las panorámicas  en su entorno: frente a edificios, sobre otras construcciones, en relación  a otras vallas. La exploración era importante. No se trataba del mensaje  en la propuesta de la agencia, sino en su contexto. Se piensa que la  valla, entre más grande, mejor. Pero tantos mensajes juntos causan  confusión o rechazo, como sucedía en la Roosevelt, Los Próceres,  Aguilar Batres, Calle Martí, en algunas curvas del Periférico, carretera  a El Salvador, el Trébol. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Estudiaba  las panorámicas <em>en situ</em>, deteniéndose donde el usuario la observaba.  Documentaba el contexto de la valla y la reacción que provocaba en  las personas. El cliente pautaba una panorámica para emitir un mensaje  y no para que se diluyera su impacto, perdido de la estridencia citadina.  Se realizaba en dos etapas: preparatoria, tomando fotos, registrando  ubicación y cantidad; y venta, acompañando al cliente a las panorámicas  ofrecidas. Marco realizaba la preparatoria cada dos semanas y la venta  sólo con clientes especiales. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Jessica  quería visitar dos puntos: Próceres y Roosevelt. Iniciaron en Próceres.  Frente a Pradera, se bajaron del auto para observar la panorámica,  a las personas en auto, a los peatones. Pocos miraban la valla en cuestión;  si mucho, le dedicaban un segundo. Jessica regresó al auto un tanto  molesta y habló por celular con Raúl, su jefe inmediato. Pronto estuvieron  frente a la panorámica de la Roosevelt. Se detuvieron para observar  la dinámica que generaba. Poca, en realidad. Lo increpó:</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  No entiendo cómo pueden ofrecerme estas vallas que pasan completamente  inadvertidas. ¿Qué les pasa? ¿Qué se creen? Es cierto que son una  de las agencias más importantes del medio pero eso no les da el derecho  de tratar a sus clientes de esta manera, ofreciéndoles las panorámicas  menos efectivas del circuito. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Jessica, si me permite explicarle…</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Sí. Entiendo que es prestigioso trabajar con ustedes, pero eso no significa  que eso aumente mis ventas. Mejor cotizo con otra agencia. A ver, Marco,  cuénteme, ¿qué les pasó ahora? ¿Cómo puede usted ofrecerme algo  que no funciona?</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Le  explicó que desde el lunes ya no trabajaba para la agencia. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Entonces, ¿por qué aceptó realizar esta visita conmigo?</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Porque quería compartir unos instantes con usted.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Cuando  se inclinó para besarla, Jessica cerró los ojos y entreabrió  los labios.</span></p>
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		<title>Una cabaña en Atitlán &#8211; C16</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Dec 2009 22:57:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ronald</dc:creator>
				<category><![CDATA[Atitlán]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>

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		<description><![CDATA[Durmió  poco. Se marchó aún de madrugada. Manejó medio dormido hasta la altura de Chupol. En una de las curvas, se sintió despertar. “Qué raro es todo esto”, pensó despabilándose. Se detuvo a la altura del kilómetro 90. Desayunó entretenido en la lectura de las noticias, que le parecieron de acontecimientos suscitados en otros países, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/homohominilupus/2191343798/"><img class="aligncenter size-full wp-image-823" title="Hiper Paiz, Roosevelt" src="http://www.ronaldflores.com/wp-content/uploads/2009/12/calles-guatemala-c16.jpg" alt="calles guatemala c16 Una cabaña en Atitlán   C16" width="500" height="375" /></a></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Durmió  poco. Se marchó aún de madrugada. Manejó medio dormido hasta la altura  de Chupol. En una de las curvas, se sintió despertar. “Qué raro  es todo esto”, pensó despabilándose. Se detuvo a la altura del kilómetro  90<em></em>. Desayunó entretenido en la lectura de las  noticias, que le parecieron de acontecimientos suscitados en otros países,  en un tiempo remoto. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Tras leer la entrevista con uno de los quince candidatos  presidenciales, un oportunista que prometía cambiar “la fisonomía  del país”, Marco observó a las muchachas indígenas que trabajaban  ahí, atendiendo las mesas y cuidando de la pequeña huerta del restaurante.  Le gustó la sonrisa de la más joven de ellas. Qué linda y simpática  era la fisonomía de aquella muchacha, vestida con su tradicional traje  y sus zapatillas de plástico. De ninguna manera cambiarla; en todo  caso, apreciarla.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Entró a la capital a eso de las diez de la mañana mientras escuchaba “Gotas  frías”, esa canción de La <a title="grancalabaza" href="http://www.youtube.com/watch?v=GjaBWkMLVCU">Gran Calabaza</a> que tanto le gustaba: <em> Es diferente vivir entre la gente que ves, pero no sentís/  No es accidente, esconderse a veces duele, ya me ha pasado a mí.<span id="more-802"></span></em></span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Llegaba  para abastecerse de víveres y enseres domésticos. Revisó su teléfono  móvil. Tenía una cantidad de llamadas perdidas que no le interesaba  devolver. Se detuvo en el Hiper Paiz del Periférico y Roosevelt, una  galera monstruosa y un lote hacinado de vehículos. Lo afectó la sobrepoblación  de estímulos auditivos y visuales, ocasionados por la música y los  comerciales difundidos por los altavoces, el rumor de decenas de conversaciones  simultáneas, los anuncios de descuentos, las revistas. Pensando en  los tramos en penumbra del mercado de San Pedro, empujó su carreta  con un poco de tristeza. Bajo el intenso alumbrado neón, no había  personas con quien regatear.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Apenas  saludó a una muchacha que impulsaba un menjurje para el cabello,  una sustancia gelatinosa que llamaban “Estornudo de Elefante”. Marco  pensó en una estrategia de mercadeo que alcanzara a un sector más  amplio que el de los adolescentes con un gusto por la rebeldía superficial.  Tuvo ganas de reírse. Aquello resultaba absurdo. Su forma de ver el  mundo estaba cambiando. También fue un rebelde superficial, que los  fines de semana escuchaba a Silvio Rodríguez mientras conducía un  auto del año, calzaba unas sandalias Rockport o una playera del Che  Guevara para ir a McDonald’s. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Durante  años, pensó que la rebeldía era un bien de intercambio y consumo.  La ejercía comprando productos que se mercadeaban como contraculturales,  aunque fueran <em>mainstream</em>. Se daba cuenta de que existía un universo  distinto. Esa búsqueda de algo más lo animaba ahora, algo que no sabía  exactamente qué era y que sabía no iba a encontrar en el mercado.  Al menos, no en el supermercado Hiper Paiz de la Roosevelt y el Periférico…  El periférico es una vía (no tan) rápida que conecta la Universidad  de San Carlos y el Centro Histórico. No. Lo periférico era otra realidad,  más radical, más profunda, mucho más matizada.</span></p>
<p style="text-align: center;">****</p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Mientras avanzaba entre  el tráfico del Bulevar Liberación, sonó el celular. Lo saludaba Lucrecia,  una chica con quien trabajó una campaña publicitaria.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  ¡Marco! Al fin te encuentro. ¿Qué te habías hecho? Bueno no tienes  que contestar porque ya sé, pero no puedo creer que te hayas ido sin  decirme nada, a mí, tu amiga que te quiere tanto. ¡Marco, por Dios!  ¡Qué alegre! Y, cuéntame, ¿dónde es que queda tu nueva casa? ¿En  Pana? ¡No puedo creerlo! ¡Qué alegre!</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">“Por  si se te ofrece”, Marco le indicó cómo llegar. Le aseguró que sería  bienvenida. Lucrecia le prometió “darse una su vueltecita” pronto.  Se despidieron con afecto. La llamada lo dejó pensando en qué significaba  aquella extensa red de conocidas que labró durante años, mujeres con  quienes se reunía para platicar, bailar y aparearse. Lucrecia formaba  parte de esa red, tanto como él formaba parte de la de Lucrecia, de  la red entrecruzada de chicas, la mayoría solteras y sin compromisos,  algunas madres solteras, todas sexualmente activas, queriendo disfrutar  del sexo de la manera más intensa y frecuente posible. Una conducta  así hubiese sido imposible tan sólo hacía unos años. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Para  Marco, la liberación sexual en el país ocurrió durante las vacaciones  en que pasó de secundaria a la universidad, de 1999 a 2000. Algo sucedió,  acaso la influencia combinada del cable, <a title="britney" href="http://www.youtube.com/user/britneytv?blend=4&amp;ob=4">Britney Spears</a>, la condensación  de la experiencia de cientos de miles de <a title="divorcios" href="http://www.prensalibre.com/pl/2007/junio/25/175347.html">divorcios en el país</a>, del  rompimiento de la familia tradicional a partir de la migración de uno  de los cónyuges hacia los Estados Unidos, la perdida de la hegemonía  de la religión católica, la llegada del nuevo milenio o qué, pero,  en cuestión de meses, las chicas comenzaron a comportarse de una manera  más desinhibida. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Por ejemplo, cuando se conocieron con Lucrecia, ambos  coincidieron que serían amigos, con derechos, pero amigos nada más  y se acostaban con alguna frecuencia. Las chicas lo llamaban o él las  llamaba. A veces lo invitaban a un café, a cenar o le decían directamente  que se le antojaba acostarse con él. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">De  pronto, el aparato sonó y el nombre que apareció en pantalla fue el  de Carlos Aragón. Por reflejo condicionado, contestó. Marco y Carlos  quedaron de encontrarse en un restaurante cerca del Géminis. Aunque Aragón tan sólo trabajaba como <em>copy</em> en una pequeña empresa de  publicidad, Marco lo conoció como docente, en la universidad. Aragón  lo impresionó con su atuendo, su hablar desenfadado, la pose irreverente  que desplegaba para (esto lo descubrió después) ocultar el rotundo  fracaso de su carrera creativa. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Carlos  Aragón pasó unos años vagando por Europa y por ello decía tener buen  gusto. Adornaba su cubículo con fotografías en blanco y negro de Paris.  Aunque su vida era un auténtico caos, vestía de una forma zaparrastrosa  y vivía con una mujer horripilante, Aragón postulaba el orden y la elegancia. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Durante  algún tiempo, Marco compartió la visión que Aragón ostentaba acerca de lo que  debería ser el impacto público de la publicidad, la función de los  medios en la configuración del imaginario colectivo. Sin embargo, Marco  se dio cuenta que era un <em>quedado</em>. En sí, la propuesta publicitaria  de Carlos Aragón era anacrónica, pretenciosa y, lo peor, ineficaz y aburrida.  La publicidad debía que ser innovadora, atractiva y estimulante. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Le  costaba escuchar a Aragón. Sus alegatos le daban lástima. Eran, más  bien, la amargada expresión de sus carencias. El único anuncio televisivo que Aragón produjo en su totalidad, se difundió hacía años y era de una  calidad lamentable. Lo demás eran colaboraciones en conceptos  ideados por otros creativos; a veces le agregaba un poco de humor o  resaltaba el doble sentido. Tan sólo parasitaba las creaciones de los  demás. Pero hablaba mal de medio mundo porque, según él, carecían  de calidad. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Cuando  vio que Aragón entraba al estacionamiento del restaurante, Marco se arrepintió.  Renunció porque se cansó de la gente limitada y carente de imaginación  como Solano, Díaz, Avellaneda y el resto de <em>quedados </em>de la generación que lo precedía. No tenía  por qué seguir soportándolo. Antes intentaba quedar bien con los colegas.  Pero ahora, ¿de qué le servía fingir? ¿Acaso no era para evitar  todo aquel hipócrita juego de intrigas que se marchó de la ciudad  y se refugió en el campo? Salió del restaurante. Prefería dejar plantado  a Aragón. Si se molestaba, su problema. Qué pensara y dijera lo que  quisiera. Marco tan sólo procuraba sentirse tranquilo consigo mismo y que lo dejaran en paz. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Cuando llegó a casa, su madre se alegró y le dio un fuerte abrazo.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Llegas a tiempo para el almuerzo. Si vienes cinco minutos antes, no  me hubieras encontrado porque andaba en la tortillería. Aprovecha que  las tortillas están saliditas del comal y siéntate a comer, mi’jo.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Al  escuchar aquello, se sonrió. En la casa de sus padres, aunque luchara  por marcar distancia, siempre habría un lugar para él.</span></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Una cabaña en Atitlán -C15</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Dec 2009 15:41:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ronald</dc:creator>
				<category><![CDATA[Atitlán]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
		<category><![CDATA[Los Angeles]]></category>

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		<description><![CDATA[Dormitaba. Cuando se percató, una chica desnuda, ojos celestes, cabellera castaña clara, con un busto impresionante y un bronceado ejemplar lo observaba. Se sobresaltó. La chica tenía los brazos cruzados detrás de la espalda, la pierna derecha delante de la izquierda y mecía el cuerpo como una niña traviesa. ― Hi! Pensó que se trataba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/atwatervillage/842866223/"><img class="aligncenter size-full wp-image-818" title="trafico-losangeles-c15" src="http://www.ronaldflores.com/wp-content/uploads/2009/12/trafico-losangeles-c15.jpg" alt="trafico losangeles c15 Una cabaña en Atitlán  C15" width="500" height="333" /></a></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Dormitaba. Cuando se  percató, una chica desnuda, ojos celestes, cabellera castaña clara,  con un busto impresionante y un bronceado ejemplar lo observaba. Se  sobresaltó. La chica tenía los brazos cruzados detrás de la espalda,  la pierna derecha delante de la izquierda y mecía el cuerpo como una  niña traviesa.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">― <em>Hi!</em> </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Pensó  que se trataba de una ensoñación.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">― Hola.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Ayer me diste curiosidad, casi nunca llegan extraños al grupo, y me  quedé con las ganas de hablarte. Te vi aquí sentado y me dije a mí  misma ¿por qué no? Y viene directo a presentarme – le comentó,  en inglés. <span id="more-798"></span></span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Me alegra que hayas venido. ¿Te puedo ofrecer algo: un café, té o  soda? – le preguntó Marco poniéndose de pie.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;"> ― Sí, por  supuesto. ¿Tienes vino?</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  No. Pero, ¿sabes? La próxima semana estaré mejor aprovisionado y…</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Pues no importa. Yo traigo esta botella. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Cuando  estaba en la puerta de la cabaña, con un gesto ceremonioso:</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Me llamo Marco.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">La  joven se sonrojó. Inclinó la cabeza hacia la izquierda:</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Me llamo Dorothy pero por lo que más quieras nunca me digas así. Todos  me dicen Star. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Bien, Estrella, mucho gusto – respondió Marco en español.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Ambos  se rieron. Estrella se aproximó y le dio un abrazo leve. Aquel cuerpo  tibio, desnudo, encajó perfectamente entre sus brazos. Mientras se  besaban, Marco no pudo evitar que lo embargara una extraña sensación  de irrealidad. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Tras el encuentro,  bebieron vino frente a la chimenea. Estrella, simpática, desinhibida,  estaba radiante. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Parece increíble pero eres el primer latino con el que estoy desde  que llegué a Guatemala – le confió Estrella: Cuando viví en Nueva  York me estuvé con más latinos que durante estos meses en Latinoamérica.  ¿No te parece una contradicción divertida?</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Marco  levantó los hombros. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Pensé que sería diferente, ¿sabes? Escuché sobre esta comuna en  Atitlán y me entusiasmé. El sueño, ¿sabes? Una comunidad libre,  en pleno contacto con la naturaleza. Eso me atrajo. No como la comunidad  dispersa a la que pertenecía mientras estudiaba en UCLA, un grupo de  conocidos con intereses comunes que hacíamos activismo entre clases  y lanzábamos fiestas demenciales todos los fines de semana pero que  permanecíamos en la ciudad. ¿Por qué no romper con todo esto?, me  repetía. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Así me sentía en la ciudad de Guatemala. Pero mientras pensaba en  fugarme, trabajaba arduamente a favor del sistema consumista. Le dedicaba  mi mejor esfuerzo, toda mi creatividad y no me gustaba. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  ¿Por qué permanecer dentro del sistema que rechazamos? Muchos ni siquiera  se lo planteaban. Me desesperaba. Miraba a mi alrededor y ahí estaban  los edificios, con sus ejecutivos empeñados en ganar cada vez más  dinero, obteniendo remuneraciones absurdas por despedir empleados, por  recortar costos, por lograr que los empleados rindieran más y ganaran  menos. ¡Por Dios, sin ir tan lejos! Muchos de mis compañeros de aula,  ellos mismos, con sus pantalones de lona desgastada y sandalias, se  convertirían en esos agentes del consumismo desenfrenado, al cual nos oponíamos.  La educación que estaba recibiendo era parte del sistema, lo fortalecía,  lo nutre de nueva energía. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">“Yo  quería provocar un cambio, un cambio real, un cambio fundamental, un  cambio que fuera directamente a la raíz, pero no sabía cómo, no sabía  por dónde, qué hacer, cómo hacerlo, en dónde hacerlo. Por supuesto  que me rehusaba a andar en cualquier vehículo que fuera impulsado por  energía no renovable. Tenía una aparatosa bicicleta rosada con la  que me traslada a cualquier lado. Sí, un poco incómodo, siempre andas  un poco sudada, pero no le haces daño al medio ambiente ni a nadie.  No exudas monóxido de carbono ni gases dañinos a la capa de ozono,  letales para los organismos sensibles y frágiles. Nada de petróleo, nada. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">“Cuando  iba al supermercado, que era lo menos posible, llevaba mis propias bolsas  de tela para no recibir bolsas plásticas. Pasaba horas inspeccionando  las etiquetas para no comprar producto con preservantes o aditivos químicos.  Rehusaba a comprar productos enlatados o cualquier cosa comercializada  por las corporaciones trasnacionales. Nunca ingerí comida rápida.  Intentaba siempre comprar en los <em>Farmer’s Markets</em>, directamente  a los productores y sólo productos orgánicos, vegetales sembrados  sin fertilizantes químicos que no habían rociado con pesticidas químicos.  Todo orgánico, amistoso con el medio ambiente, natural. Sí, quería  vivir de la naturaleza, directamente, pero era demencial en medio de  una ciudad tan endemoniadamente grande y hostil. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">“De  pronto, en medio del tráfico desbocado de Los Ángeles, de la contaminación  ambiental rampante, del consumismo voraz, de la educación superior  que te domestica para dirigir el sistema, alguien me habla, o me manda  un correo electrónico, o leo algo en un cartel de un centro naturista  o en la universidad, acerca de esta comuna establecida en el lago de  Atitlán, en el corazón del mundo maya y comencé a delirar, a pensar  en renunciar a todo eso que aborrecía para mudarme a vivir ahí, permanentemente,  de una vez por todas. Era como un sueño. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Mejor… como una alucinación  constante. No podía dejar de pensar en esto. En la libertad, en la  búsqueda de la libertad o lo que eso signifique. En andar desnuda cuando  se me antojara. En cultivar mis propios vegetales. En vivir en contacto  directo con la naturaleza. En aparearme con quien se me antojara, cuando  se me antojara. Pensaba en lo sensuales que son los latinos, en lo exóticos  que me resultaban los indígenas. De sólo  pensarlo, uhm&#8230;”</span></p>
<p style="text-align: center;">****</p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Cuando despertó, Estrella  ya no estaba ahí. Sin embargo, el espacio de la cama que ocupó aún  estaba tibio. Afuera se escuchaba el rumor distante de los tambores.  Salió hacia el misterio de la noche decidido a que pasara lo que tuviera  que pasar. Divisó una fogata en el bosque, del otro lado del muro,  alrededor de la cual danzaban hombres y mujeres desnudos, desinhibidos,  ebrios, en onda. Pensó que pronto estaría en el mismo estado. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Cuando  se aproximaba a la fogata, un hombre, empuñando una metralleta, lo  detuvo. Empleando un español fluido y coloquial, pero con marcado acento  extranjero, le ordenó:</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">―  Hasta aquí llegaste, hermano. Será mejor que regreses por donde viniste. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Marco  se sorprendió tanto que no logró articular respuesta. Tan sólo obedeció.  Con una mezcla de tristeza, miedo y enojo, escaló el muro, se alejó  de la música y regresó hacia su cabaña. </span></p>
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		<title>Una cabaña en Atitlán &#8211; C14</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Dec 2009 19:02:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ronald</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Novela]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/willemvanbergen/2453859091/"><img class="aligncenter size-full wp-image-805" title="lago-atitlan-c14" src="http://www.ronaldflores.com/wp-content/uploads/2009/12/lago-atitlan-c14.jpg" alt="lago atitlan c14 Una cabaña en Atitlán   C14" width="500" height="331" /></a></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Volvió, a eso de las  nueve de la mañana, extenuado y hambriento. Nunca se imaginó que le  sería tan difícil avanzar sobre la mansa superficie del lago. Remar  parecía una cosa sencilla, pero no lo era. Después de amarrar el bote  al muelle, se dio un chapuzón. El lago estaba frío, despertaba los  sentidos. Al salir, echó un vistazo hacia el predio vecino pero ni  seña de los nudistas. Los hubiera esperado, pero padecía un hambre  bárbara, descomunal. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Al  llegar a la cabaña, puso el disco de <a title="Cafetacubaesanoche" href="http://www.youtube.com/watch?v=rSlcayKgAFU">Café Tacuba</a> (<em>porque esa misma  noche encontré un amor</em>), para escuchar música mientras preparaba  un desayuno generoso y suculento (<a title="cafetacubaeres" href="http://www.youtube.com/watch?v=98Akpf1ph2o"><em>eres lo que más quiero en este  mundo eso eres</em></a>): huevos revueltos en salsa de miltomate, plátanos  fritos y frijoles volteados acompañados de café con leche. <em>Qué  más puedo decirte, /tal vez puedo mentirte sin razón</em>. Comió frente  al ventanal, contemplando el hermoso paisaje matutino de Atitlán. <em> Eres el tiempo que comparto, eso eres./Lo que la gente promete cuando  se quiere ./ Mi salvación, mi esperanza y mi fe. <span id="more-796"></span></em></span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Ponderó  dormir una siesta. Se confundía entre la responsabilidad o la culpabilidad  (<em>A veces pienso que tú nunca vendrás, pero te quiero y tengo que  esperar</em>). Pero se convenció que para librarse de ese rígido conjunto  de prejuicios y determinaciones había abandonado la ciudad (<em>Ay,  amor divino, pronto tienes que volver</em>). Su vida en el campo no se  regiría por absurdos criterios competitivos. Buscaba desprenderse de  la ciudad y no lo lograba. Aún se angustiaba por su carrera profesional;  eso lo enojaba, lo ponía tenso o apesadumbrado. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Apagó  la música, subió y se acostó. Necesitaba descansar. Durmió a pierna  suelta. Entresueños, vio a la hermosa muchacha indígena, quien derramaba  agua sobre su cabeza mientras pronunciaba una plegaria, un cántico,  algo que él no lograba comprender. Despertó después de medio día.  Tomó una larga ducha. Mientras se preparaba una comida ligera, divisó  una pareja entrando a su jardín desde la playa. No lograba distinguir  si eran dos mujeres, o  una mujer y un hombre de cabello largo.  Desaparecieron detrás de unas matas. No vio más. Mientras devoraba  sus alimentos imaginaba qué cosa hacían en su jardín. Pensarlo, lo  inquietaba.</span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">La  campanilla de su teléfono móvil lo distrajo. Sonaba con necedad. No  se levantó de la mesa. Tan sólo se rió, con alivio, un tanto incómodo.  A cada timbrazo, se liberaba de un acondicionamiento conductual que  hubiera hecho las delicias de Pavlov. Algo así nunca hubiera ocurrido  en la ciudad, pues respondía velozmente como si el celular fuera el  revólver en un duelo del Oeste. Llevaba varios días sin el molesto  pero útil aparato colgado a la cintura. Lo había abandonado en un  rincón de la cabaña. Que siguiera ahí. Cuando estuviera en la ciudad,  devolvería las llamadas que se le antojaran. </span></p>
<p><span style="font-family: Verdana; font-size: small;">Al  terminar de lavar los platos, salió por un poco de leña. Hizo el fuego,  se preparó un café y se sentó al balcón. Pasó la tarde apreciando  la belleza de Atitlán: el cielo espléndido, los cerros circundantes,  el manso oleaje del lago. Para eso estaba ahí.</span></p>
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		<title>Una cabaña en Atitlán &#8211; C13</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Dec 2009 17:29:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ronald</dc:creator>
				<category><![CDATA[Atitlán]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
		<category><![CDATA[bautismo]]></category>
		<category><![CDATA[religión]]></category>

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		<description><![CDATA[Se levantó sobresaltado, sudando. Tuvo una pesadilla. Afuera estaba oscuro. Pensó en la fogata, en unirse a la celebración pero no encontró el resplandor de la media noche. Se encaminó a la playa y no halló más que una pequeña embarcación solitaria. La desamarró, la abordó y remó con fuerza. Se adentró al Atitlán sumido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/jungle_boy/136047432/"><img class="aligncenter size-full wp-image-791" title="atitlan-barca" src="http://www.ronaldflores.com/wp-content/uploads/2009/12/atitlan-barca.jpg" alt="atitlan barca Una cabaña en Atitlán   C13" width="500" height="333" /></a></p>
<p>Se levantó sobresaltado, sudando. Tuvo una pesadilla. Afuera estaba oscuro. Pensó en la fogata, en unirse a la celebración pero no encontró el resplandor de la media noche. Se encaminó a la playa y no halló más que una pequeña embarcación solitaria. La desamarró, la abordó y remó con fuerza. Se adentró al Atitlán sumido en la neblina de la madrugada. Era como flotar suspendido en un sueño. Poco a poco llegaron las primeras.</p>
<p>Dejó de esforzarse y, debido a la niebla, no supo si la corriente lo llevaba o si permanecía en el mismo sitio. Se tendió en la barca. Parpadeó. Se quedó dormido. Despertó unos minutos, unos segundos, después. El ambiente se había despejado un poco pero no lo suficiente como para divisar las orillas del lago. Cerca, algunos indígenas, en pequeñas embarcaciones, se dedicaban a la pesca.</p>
<p>Escuchó un chapoloteo. Remó hacia aquel sonido. Seis ancianas y tres muchachas se encontraban metidas hasta la cintura en el agua. Acaso lavaban ropa, pero lo hacían sin quitarse el huipil o la falda. Una muchacha, de una larga cabellera negra sin trenzas, levantó la mirada: sus ojos eran negros, redondos, profundos y expresivos.<span id="more-788"></span></p>
<p>El tono de su piel era el de la miel dorada, el color que anhelan las mujeres que se tienden al sol para broncearse. Le pareció la mujer más bella que jamás había visto. Marco trabajó con la mayoría de modelos de prestigio en la capital, con las muchachas que representaban al país en los certámenes internacionales de belleza. Ahora <strong>descubría la belleza en una indígena de Atitlán</strong>.</p>
<p>De pronto, vio una multitud que se adentraban en el lago y ocupaba la playa. Cantaban y alzaban las manos, se sumergían en las aguas mientras un hombre leía la Biblia. De un lado del muelle, se agrupaban los hombres y, del otro, las mujeres. La joven hermosa formaba parte de aquella ceremonia religiosa. Ahora la veía en el agua, con los ojos cerrados, levantando las manos, orando por otra muchacha, que lloraba y se estremecía. Los feligreses, desde la playa y dentro del lago, cantaban himnos de alabanza.</p>
<p>Desembarcó para observar lo que sucedía. Se acercó a un niño indígena, quien presenciaba la ceremonia sentado sobre una piedra. El niño vestía unos pantalones de manta raídos y una camiseta percudida. Estaba descalzo.<br />
― ¿Qué pasa? – le preguntó.</p>
<p>El niño lo observó de pies a cabeza.<br />
― Otro evento más del pastor Santos. Le gusta bautizar a la gente, meterla con todo y ropa al lago. Pareciera ser que cada vez tiene más seguidores, pero a veces son los mismos de siempre que vuelve a bautizar. Es que hay quienes les gusta todo eso. Tal vez hasta lo necesitan: meterse al agua con todo y ropa, cantar las alabanzas, sacudirse, llorar, desahogarse. A mí me gusta venir a ver porque por lo menos me entretengo un rato.</p>
<p>Marco le preguntó a qué se dedicaba:<br />
― Pues, nada. Trabajo de lo que sea, de lo que caiga. En estos días, estoy aquí visitando una mi hermana y entonces me pongo a vender la prensa cuando la trae el bus de la mañana. En veces, subo a los Encuentros, a Godínez o bajó a Patulul, a Cocales, para ofrecer mangos verdes, naranjas o jocotes en bolsita, con pepitoria, limón y sal. También salgo a ver qué pesco, a cortar leña, a cortar café. Los fines de semana lavo carros frente al parque. Antes también lustraba, pero dejé mi caja de lustre encargada en una casa en Santa Lucía y no he tenido tiempo para ir por ella.</p>
<p>― ¿Cuántos años tenés?<br />
― Saber. Yo digo que unos diez pero quién sabe.<br />
― Y, ¿no vas a la escuela?<br />
― Ya fui y no me gustó. Saqué mi tercero primaria y ya con eso. Para qué más. Perdedera de tiempo. Estarse ahí sentado todo el tiempo, sin decir nada ni hacer nada, escuchando que la maestra lo regañe a uno, eso no me gusta. Prefiero andar viendo qué hago, cómo gano unos mis centavitos, que metido en la escuela para que me pegue la maestra. En la escuela se aprende a estarse quieto, pero eso no sirve. <strong>Uno tiene que ser chispudo</strong>. Si no es así nomás.</p>
<p>“Quedarse quieto y callado es lo que le dicen a uno pero mire al pastor Santos, cómo habla. Ni para de hablar ni se queda quieto. A medio mundo le habla de lo mismo. Sale de gira, anda de un lado para el otro, de aquí para allá. Dicen que se ha recorrido el altiplano y la boca costa y le ha ido bien. Empezó sin un centavo, igual que yo, lustrando zapatos y vendiendo prensa y ahora ya se hizo del templo, casa en el pueblo, casa en la capital, terrenos, ganado, un doble tracción del año, de puro andar hablando”.</p>
<p>Ahora fue el niño quien le preguntó:<br />
― Y vos, ¿qué? ¿También sos turista?<br />
― Más o menos.<br />
― Ah, ya sé. Sos de la capital – puntualizó el niño con desdén: Puro de la capital. Mañoso y caquero, lo más seguro.</p>
<p>El señalamiento le pareció irrefutable y simpático.<br />
― Más o menos.<br />
― No digo pues. <strong>Cabal</strong>. Puro de la capital. Ni chicha ni limonada. Mejor, sabés qué, ahí nos vemos.</p>
<p>El niño salió corriendo por una brecha que se perdía entre los maizales, moviendo los brazos como si fueran las alas de un pájaro.</p>
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