ANDUVO POR EL EMPINADO SENDERO del Volcán San Pedro. Escalaba con soltura, sintiendo cómo su corazón bombeaba. Caminaba vigorosamente entre los sembradíos y los árboles. No quiso detenerse a descansar en el camino, ni en los trechos más empinados. En ocasiones, tuvo que saltar entre las piedras, como una cabra del monte.
En la cima, encontró a un anciano acurrucado entre las piedras. Dormía, o parecía dormir. Marco se entretuvo observando el hermoso paisaje que se apreciaba desde la cumbre. Atardecía. Cerró los ojos y se imaginó un ave. Era hermoso imaginarse pájaro en vuelo, inmerso en la naturaleza. De pronto, sintió que alguien lo observaba y se encontró con un simpático venado. El venado dio un par de brincos y desapareció.
Inició el retorno al atardecer. Mientras descendía, las sombras fueron alargándose y cayó la noche. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Se sentía contento de caminar. Cuando mucho, en la ciudad caminaba a la oficina o recorría un par de veces Pradera o Miraflores, vitrineando. Su vida era bastante sedentaria. No siempre fue así. Leer más































