Una cabaña en Atitlán – C12

volcan sanpedro Una cabaña en Atitlán   C12

ANDUVO POR EL EMPINADO SENDERO del Volcán San Pedro. Escalaba con soltura, sintiendo cómo su corazón bombeaba. Caminaba vigorosamente entre los sembradíos y los árboles. No quiso detenerse a descansar en el camino, ni en los trechos más empinados. En ocasiones, tuvo que saltar entre las piedras, como una cabra del monte.

En la cima, encontró a un anciano acurrucado entre las piedras. Dormía, o parecía dormir. Marco se entretuvo observando el hermoso paisaje que se apreciaba desde la cumbre. Atardecía. Cerró los ojos y se imaginó un ave. Era hermoso imaginarse pájaro en vuelo, inmerso en la naturaleza. De pronto, sintió que alguien lo observaba y se encontró con un simpático venado. El venado dio un par de brincos y desapareció.

Inició el retorno al atardecer. Mientras descendía, las sombras fueron alargándose y cayó la noche. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Se sentía contento de caminar. Cuando mucho, en la ciudad caminaba a la oficina o recorría un par de veces Pradera o Miraflores, vitrineando. Su vida era bastante sedentaria. No siempre fue así. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C11

playa panajachel Una cabaña en Atitlán   C11

Se puso un pantalón de corduroy y una camisa de franela. Preparó un café y se sentó en el sofá de la sala, frente al ventanal, intentando leer. Al cabo de unos minutos, abandonó la lectura.

Salió a caminar a la playa del lago, a experimentar la naturaleza en vivo y a todo color. La tarde era esplendida. Había un poco de niebla, pero qué podía esperar en pleno altiplano más que un ambiente templado y melancólico.

Cuando llegó a la playa le hubiera gustado encontrar a Nelly y el resto de nudistas, pero no estaban. Tan sólo las piedras volcánicas y la arena negra.

Caminó hacia el oriente. Sin prisa, a paso lento, dejando que el paisaje se adentrara en él.

Una cabaña en Atitlán – C10

lago atitlan c10 Una cabaña en Atitlán   C10

Pasó la mañana trabajando en el huerto. Le agradó encontrar que cada planta tenía un rótulo con su nombre y que el anterior propietario elaboró un pequeño instructivo para su cuidado. Lo hizo para quien cuidó el huerto durante un viaje de tres semanas a Londres, según se leía en dicho instructivo. Además, la viuda le dejó un libro precioso: “Vida en el campo y el horticultor autosuficiente. Guía ilustrada” de John Seymour.

Se sentía feliz. Estaba ahí: labrando la tierra, erradicando la maleza, cultivando su huerto. Apegado a la naturaleza. Simple. Básico. A eso de las once de la mañana, percibió el efecto del sol en la piel y cansancio. Pensó descansar en la cabaña, pero estaba sucio de tierra y sudor, lodoso. Prefirió un chapuzón en el lago. Al aproximarse, escuchó música y risas. Hablaban en inglés. Distinguió una voz masculina y el sonido de tambores, panderetas y guitarras. Al llegar a la playa, no encontró a nadie. Caminó hasta el borde del muro y se asomó al terreno vecino.

Un grupo de gringos o europeos se relajaban acostados y desparramados en la arena, tomando el sol sobre unas toallas enormes. Estaban completamente desnudos. Algunas parejas jugaban volley-ball en el lago. Lo festivo y espontáneo de la escena lo sobrecogió. ¿De qué manera llegaron hasta esta playa? ¿Habían estado ahí el día anterior? La desnudez de los cuerpos, la naturalidad del espectáculo lo maravillaba. Nadie podía verlos. Se trataba de un lugar privado, oculto en aquel recoveco del lago. La bahía pasaba desapercibida incluso para las embarcaciones que transitaban rutinariamente por el lago. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C9

atardece panajachel Una cabaña en Atitlán   C9

Regresó a la cabaña al atardecer. Se aprovisionó de lo básico. Viajaría a la ciudad el jueves y entonces compraría lo suficiente para establecer una pequeña despensa. Al observar las tonalidades del firmamento, abandonó lo que hacía ante el espectáculo que brindaba la última claridad del atardecer. Se recostó en la mecedora del balcón para apreciar el evento trivial y portentoso. El sol se ocultaba, como todos los días. Sin embargo, cada día, se trataba de un acontecimiento único, irrepetible.

Cuando las sombras se hicieron espesas, entró a la cabaña y guardó las compras. Se preparó un café y subió al tercer nivel. Salió al pequeño balcón para contemplar el vuelo intermitente de las luciérnagas, el firmamento pardo como una tortilla morena, la noche de Atitlán.

Le costó conciliar el sueño. La cama era cómoda, pero se sentía extraño por el profundo silencio que le rodeaba. Ningún motor aceleraba en la distancia. Ningún bocinazo. Ningún avión aterrizaba en las cercanías del vecindario. Aún no se adaptaba a la apacible melodía de la naturaleza: el persistente canto de los grillos, el discreto rumor del viento en la copa de los árboles, el latido del corazón dentro de su pecho, el latido constante de su corazón, el latido una y otra vez…

Una cabaña en Atitlán – C8

cocina guatemalteca Una cabaña en Atitlán   C8Entró al mercado de San Pedro La Laguna con una sensación de infancia: la tibieza de la mano de su padre en la suya. En los tramos, se desplegaban las frutas y verduras de temporada en canastos, los granos básicos en costales y las flores en tinajas de barro o cubetas de plástico.

Habían puestos de veladoras y estampas, música, ropa, maletines y zapatos. En el tramo de los comedores, varias muchachas se le aproximaron para ofrecerle: “pollo empanizado, tostadas, dobladas, salpicón, carnita asada, rellenitos, pase adelante joven, qué va a llevar…”

Se sentó en una banca de madera, las ollas recubiertas, frente al polletón de cemento. Se distrajo observando la similitud entre la joven que le recitaba el menú con entusiasmo, de pie, a su lado, vestida con un pantalón de mezclilla, una blusa blanca, un delantal y la anciana indígena, apacible, sentada, detrás de las ollas, luciendo un huipil tradicional, un tanto descolorido por el uso, bajo la gabacha. Las diferencias en el vestuario casual de la joven y tradicional de la anciana, expresaban un dilema cultural y una profunda distancia generacional.

Pidió huevos revueltos y plátanos fritos y se puso a tomar el atole de elote que le sirvieron de inmediato. Le agradaron las tortillas morenas, de maíz negro, para acompañar sus alimentos. Le recordaban las visitas al altiplano durante su infancia cuando comía paches, tamales, tamales de chipilín, de cambray, tamalitos y pishtones. Observó a la joven de piel morena y sonrisa agradable, quien se doblaba, a un costado de los canastos, para escribir en un cuaderno. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C7

mercado atitlan Una cabaña en Atitlán   C7Marco entró al mercado buscando un comedor. Quería evitar esos restaurantes para turistas que ofrecen hamburguesas, papas fritas, emparedados, pizzas o crepas de banano y nutela. A padre le gustaba comer en los mercados de los pueblos que visitaban.

Generalmente, no pasaban de dos o tres puestos de comida, de mesas con mantel de plástico, bancas de pino, platos, pocillos y cubiertos de peltre lavados (más bien, desaguados) en baldes de agua jabonosa y secados con una toalla raída, sartenes de peltre sobre el polletón de adobe.

Esos comedores populares, con una pequeña reproducción de San Judas Tadeo, trenza de ajos y herradura colgadas en alguna pared, ubicados en poblaciones de provincia, como Pachulum, Todos Santos, San Rafael Pie de la Cuesta, San Juan Ostuncalco, Senahú, Joyabaj, Colomba Costa Cuca y tantos otros.

En su adolescencia, le avergonzó comer en los mercados porque creía que era cuestión de shumos, como llamaban sus compañeros, sintiéndose superiores, a los indígenas que intentaban asimilar hábitos ladinos o a los mestizos de extracción humilde. Buscaba la aceptación de sus compañeros, quienes ejercían todo tipo de presión para moldear la conducta de sus pares. Existía una completa categorización de descalificaciones, que abarcaba desde los niños bien, los hijos de papi, los fresas, los wannabe, los caqueros, los chafas, los shumos, los choleros y no se agotaba ahí. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C6

san pedro laguna Una cabaña en Atitlán   C6

Aunque en los últimos días atravesó San Pedro La Laguna, a Marco le resultaba igual que Santa Clara La Laguna, San Pablo La Laguna o San Juan La Laguna, conjuntos de edificaciones, una calle por la cual transitaban autos, personas y animales. Alguien le dijo que San Pedro la habitaban personas de la etnia Tzutujil. Recientemente, el pueblo era frecuentado por los turistas que encontraban Panajachel demasiado turístico, artificial y Santiago, demasiado indígena, sin las mínimas comodidades (colchones sin pulgas, no era mucho pedir).

Para llegar a San Pedro, los turistas atravesaban el lago, pasaban al other side, experimentando el oleaje, aproximándose a los volcanes. Todo un trip. Los lugareños, en cambio, usan el camino a la carretera panamericana, que transitaba Marco. Sin mayor transición entre sembradíos y casas de adobe, la carretera se transformó en una calle que lo llevó al parque. Estacionó a un costado de la municipalidad. Caminar resultaría mejor.

Con los primeros pasos en la calle de tierra, flanqueada por casas de adobe, en la que transitaban algunos indígenas y unas bestias de carga, sintió que se había trasladado a una época anterior. Una delgada anciana, vestida con ropaje tradicional, con los pies descalzos, cargaba sobre su cabeza una tinaja de barro. Unas mujeres de cabello trenzado ofrecían verduras, arrodilladas en la banqueta. Un hombre jalaba, con un lazo de henequén, a un burro cargado de cebolla. Otro, con las manos a un costado de la frente, como si se estuviese jalando el pelo, cargaba a mecapal unos costales. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C5

La cabaña de madera era cómoda y maximizaba el paisaje. Lannie, la viuda de Michael, le dejó algunos muebles (como las camas, un sofá, una mecedora, una mesa de madera con dos bancas en el balcón del segundo nivel, el escritorio y las estanterías para los libros), trastos, las cortinas y plantas, insistiéndole en que las cuidara. Pero Lannie la dejó vacía de los adornos que la convierten en un hogar.

Las paredes fueron despojadas de cuadros, fotografías, máscaras y otros arreglos, aunque permanecía su huella. Marco colgaría sus pequeños tesoros emocionales, fotografías o artículos que le provocaran buenos recuerdos. Los objetos decorativos semejaban trofeos personales pues manifiestan la conquista de un instante de felicidad.

Dejó sus maletas en la sala, se sentó en la mecedora y, sin sentirlo, se quedó dormido. Se soñó explorando un bosque. Una leve brisa refrescaba su rostro. Los tonos verdes y ocres colorearon su deambular onírico. Despertó unas horas más tarde. Tenía tres llamadas perdidas, pero no quiso contestarlas ni escuchar los mensajes. Mientras desempacaba se percató de un pequeño error: no se abasteció de alimentos. Tendría que dirigirse al poblado más cercano para cenar y comprar lo mínimo. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C4

lago atitlan cabana Una cabaña en Atitlán   C4

La nueva cabaña de Marco fue construida por Karl, un suizo a quien los lugareños llamaron “don Carlitos”, que la habitó por siete años. Karl la vendió a Michael, un canadiense retirado, quien la habitó por casi nueve años. Mientras atendía el huerto, Michael sufrió un paro cardíaco y murió. Lannie, su viuda, prácticamente remató la propiedad. Quería mudarse lo más pronto posible a un apartamento en Costa Rica, más sencillo de cuidar, siempre en clima cálido.

Una pared de piedra, con un rústico portón de madera, marca el inicio de la granja. Del otro lado de la pared, un bosque de pinos, pinabetes y árboles frutales, en cuyas sombra florece el café. Luego de un breve terreno con un ligero declive, se alcanza el área para las hortalizas, una galera que sirvió para las bestias, una terraza para secar el café, un minúsculo campo y un cobertizo para estacionar vehículos.

La cabaña se ubica a la izquierda, aprovechando el declive del terreno, y a la derecha hay una pequeña terraza, con una mesa y una churrasquera. La cabaña, con su techo a dos aguas recubierto por tejas, cuenta con tres niveles. La puerta principal se ubica en un costado de la cabaña y abre al segundo nivel, a la sala, cocina y comedor, frente al ventanal y balcón. Leer más »

Una cabaña en Atitlán – C3

guatemala Una cabaña en Atitlán   C3

Al iniciar el ascenso hacia San Lucas, lo embargó una sensación confusa. Se desprendía de la capital, como si hasta entonces la hubiera cargado cual caparazón. La ciudad se había convertido en un descomunal laberinto en donde, cual ratón de laboratorio, corría de un lado a otro, azotado por luces de colores, esquivando obstáculos y oprimiendo botones que igual le proporcionaban una recompensa o un choque eléctrico.

Si bien algunos poblados inspiraban nostalgia o algarabía, como Antigua o Livingston, la ciudad sólo le inspiraba una sensación de encierro. Acaso la frustración era el sentimiento que vinculaba a quienes habitaban aquella aglomeración de viviendas y comercios, entre lomas y barrancos, de calles sucias y estrechas.

Entre Mixco y San Lucas en la carretera hacia el occidente comienza lo que los citadinos llaman, con autosuficiencia y cierto dejo metafísico, “el interior”. Así denominan todo el territorio del país, a excepción de la ciudad, considerada el centro en esa antojadiza segmentación del ser nacional. Si el sentimiento común en el centro es la frustración, caracterizada por la escena del tráfico o el bus aglomerado; en el campo es la inmovilidad, ejemplificada por los sembradíos o las vacas pastando. Se trataba de una dinámica extraña y no siempre dicotómica, entre la actividad frustrada de la urbe y la energía en potencia de la provincia, entre la concentración citadina y la dispersión rural. Leer más »