Marco salió de la agencia a media mañana, sin despedirse. No tenía por qué hacerlo. No se mudaba al otro extremo del mundo. Sólo a una distancia suficiente para pensar que se trataba de un área remota, situada en un período histórico anterior a la modernidad. Además, sus compañeros de trabajo planificaban una fiesta de despedida en su honor.
Los rumores sobre su partida se esparcieron con normalidad. Algunos retrataban la fuga como el preludio de un suicidio, una homosexualidad reprimida o a un romance con una gringa millonaria pero anciana. Imposible contrarrestar el vendaval de chismes, en particular porque la mayoría se deleitaba especulando con la vida ajena, un aderezo a los sinsabores cotidianos. Para los compañeros, que estuviera agotado no era razón suficiente. Siempre había algo más. Algo. No importaba qué.
Marco se llevó las fotos, los libros y una pequeña bolsa con afectos personales. Su huella en la agencia se reducía a eso. De la casa, un par de maletas con ropa, libros, música y la computadora portátil. No necesitaba más.
Por comodidad o indolencia, aún vivía con sus padres, en una casa con jardín y árboles frutales, en el barrio de Ciudad Vieja. El abuelo paterno la estableció en un campo en las afueras. Con el crecimiento de la ciudad, los baldíos se convirtieron en residencias, comercios, restaurantes y hasta en el campus de la universidad más prestigiosa del país. Buscaba emanciparse. Ocupaba la habitación del fondo, frente a la pileta, donde sus abuelos guardaron enseres y cachivaches. Pero no gozaba como soltero. Vivía pendiente de regresar temprano o de avisar si pernoctaba en otro lado, tras lo cual siempre se sentía culpable. Esa situación le resultaba incómoda, forzada, sin alternativa.






























